Mostrando entradas con la etiqueta Nosotros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nosotros. Mostrar todas las entradas

15 ene 2022

La Patrona 2021

 


El pasado 8 de Diciembre de 2021, 
Dia de la Patrona de Infantería, 
algunos de nuestros compañeros
acudieron a la invitación
que cursó el RICZM América 66
a los Veteranos de la Cia. EE. EE. 





Lapida en recuerdo a los veteranos de la Cia. EE. EE.



El antiguo edificio de la Cia. EE. EE.















23 may 2020

Supervivencia en la Selva de Irati - V




CAPÍTULO V :


LA ERMITA.

La selva de Irati es un lugar especial. Precioso, sobre todo de día y en otoño. Hojas de imprevistos colores hacen que parezca imposible que sea algo natural. La paleta del Artista Supremo escala colores deslumbrantes. Verdes perennes y marrones, beiges, hasta ocres y rojos de los castaños.

Pero de noche y para sufrirlo, es muy hostil. Se trata de una concentración de masa arbórea inmensa y tupida. Robles, hayas, castaños, etc. hacen que la humedad y  oscuridad sean imperantes. En horas nocturnas baja bastante la temperatura, y si no tienes refugio, puedes ir buscándolo.

Por ahí anduvimos toda la noche y parte del día siguiente hasta que localizamos la ermita. A nuestra llegada, ya había algunos pelotones tirados en el suelo, buenas perspectivas. Nos presentamos al Sargento Callado y dimos novedades.

-Podéis descansar, por ahora parece que no hay actividad enemiga.

-¡A la orden, mi Sargento!- dicho y hecho. Sin deshacer las mochilas ni sacar nada, nos recostamos en la hierba. Tal y como se estaban desarrollando las circunstancias, no veíamos necesario hacerlo. Experiencias anteriores obligaban a ser cautos.


Estábamos tan agotados que casi de manera instantánea Tajes empezó a roncar. Su nariz torcida en alguna olvidada pelea, no le dejaba respirar bien.  Cuando quise compartir sonrisa cómplice, no había con quien hacerlo: los demás estaban con los ojos cerrados y en fase rem.

Vi que llegaban otros compañeros y fui relajando hasta precipitarme en un insondable abismo de sueño.


¡AL MONTE!

-¡¡¡PPPIIIIIII!!!...¡¡¡PPPIIIIIIII!!!...¡¡¡PPPIIIII!-

-¡Ehh, qué pasa? ¡No, otra vez ¡¡NO!! ¿Pero se puede ser más hijo de puta?- Tajes, ¡venga,levanta, ostia! Todos arriba, nos vamos volando. Mis compañeros colaboraron como mejor pudieron  y en breves instantes estábamos preparados para lo que hiciera falta.

El Sargento Segura me dio un sobre, contenía otras coordenadas.

Esta vez nuestro destino era el embalse de Irabia, hacia allí escapamos.


-Pero estos cabrones, ¿qué cojones se piensan? ¿Están locos o qué?- esa pregunta viniendo de cualquier otro no tenía relevancia, pero enunciada por Tajes, tenía su telita...

-Vamos a donde digan, en algún momento acabará esta puta mierda-contesté lo mejor que pude-¡callad de una puta vez, silencio!- Alguno doblará y veremos...

Caminamos en la oscuridad y fuimos bordeando el embalse. No vimos a ningún otro compañero, eso nos preocupaba.

La ruta llevaba hacia la presa. 

De lejos vimos las instalaciones de mantenimiento. Levanté el puño dando el alto.

-Voy a echar un vistazo- hay situaciones en las que no puedes pedir a nadie que haga cosas que tú no quieres. Como dijo no sé quién: "el ejemplo no es una forma de persuadir a alguien a que haga algo; es la única manera". ¡Y qué razón tiene!

Me acerqué con precaución y no vi nada que me alertara. -Vamos.

Salimos de la espesura y vimos unas rodadas en el barro. Un vehículo había pasado por encima de unas manzanas silvestres. 

Los tronchos pisados y alguna que pudimos recolectar del árbol fueron lo primero que comimos en días

Llegamos al destino. Vimos a otros pelotones que se acercaban. Quitamos las mochilas adheridas a la espalda y nos sentamos a tomar resuello.



Esa noche pernoctaríamos alli. Instalamos el vivac extendiendo los ponchos y atándolos para protegernos. Hizo un frio terrible.  Durante toda la noche estuvieron llegando grupos deslavazados y se acomodaron junto a nosotros.

Aprovechamos a descansar, mañana ya veremos...


RETORNO

Escuchamos un familiar ruido de motores. Es curioso cómo se agudizan los sentidos, percepciones que nunca pensabas haber desarrollado y que las circunstancias habían hecho brotar y afilarse.

Esta vez también venían un par de camiones, uno conducido por Jordi y el Land Rover. El Teniente Gil tomó la palabra:

-Esperaremos a todos e iremos montando en los vehículos. Esto se ha acabado y volveremos a casa, a Pamplona.

Cruzamos miradas estupefactos -¡Por Dios, ya ha acabado esta tortura!- pensamos.

-Id recogiendo todo y embarcaremos.

Otros pelotones iban llegando. Los Sargentos daban instrucciones y no se oía exclamación de felicidad alguna. Estábamos demasiado cansados, en cuerpo y espíritu. Si te ponías demasiado cómodo en el suelo, corrías el riesgo de quedarte dormido. ¡Cómo estábamos!…

Ayudamos unos a otros a subir y cargar el equipaje. Los bancos de hierro del camión debieron de parecerles a más de uno un colchón de plumas.

Los soldados fueron repartiéndose entre los camiones. A nuestro pelotón nos cogió el Brigada Rey-montad aquí, os llevo yo. Subí al asiento del copiloto. Mientras conducía, los compañeros sentados en el asiento trasero, en silencio, yo mudo.

-¿Un cigarro?- mostraba el paquete de Winston. Cogí uno y le consulté sin palabras. Hizo un gesto afirmativo y siguió conduciendo por la pista.

-¿Qué tal, qué os ha parecido esto? Ahora bien que ha acabado, no?- parecía el único con ganas de hablar. Giré la  cabeza y miré a los compañeros que viajaban en la parte de atrás. Se pasaron el tabaco y me cogieron el mechero del Brigada.

Daban pena, tanta como yo, seguro. Uniformes ajados, rostros descompuestos y sucios. Almas rotas y mirada de alimaña. Ya lo dijo Jordi en una ocasión:

-cuando íbamos a veros, dabais miedo. Teníais pinta de locos, mirada de enajenados.

-¿Qué ha acabado? Cuando esté en mi casa, sabré que ha acabado.- no pude decirlo más alto, ni más claro. Ninguno teníamos ganas de hablar y el Brigada se dio por enterado; y con la mirada fija en el camino, continuó por la senda.


DESAFIO

Anochecía y el traqueteo del vehículo mecía la miserable carga.

¡¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!- "joder, su puta madre".

De imprevisto surgieron fuertes pitidos. Mi conductor se giró-parece que tenías razón.-sentenció sosteniéndome la mirada y tirando del freno.

El Teniente Ortiz y varios Mandos más salieron de la espesura y cortaron el itinerario del convoy.

-¡VENGA, FUERA TODOS, EL ENEMIGO OS HA LOCALIZADO Y OS VA A FREIR.

-¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!!- arremolinados alrededor no paraban de ametrallarnos con el silbato.

-¡Coged lo vuestro y al monte, vamos!- bajamos del coche eyectados, y uno detrás de otro desaparecimos en la oscuridad.

-¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!

"Poco ha durado la felicidad, pero de una forma u otra, esto debe  acabar. No veo a la gente, sobre todo a los reclutas en condiciones de que dure mucho más".

-¡¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!

Se oían gritos en la oscuridad, soldados bajaron como pudieron de los camiones. Cada cual iba cargando sus miserias y seguía a los pocos responsables todavía cuerdos, en su afán de aguantar. Daban órdenes y grupos inconexos partían entre los árboles, se tropezaban unos con otros en la sombra, pero no había fuerzas para jurar.

Los vehículos continuaron la ruta y nos abandonaron. Otra vez tirados de nuevo, maldiciendo nuestro destino.

-¡¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!
-¡¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!
-¡¡¡PPPIIIIII!...¡PPPIIIIII!....¡PPPIIIIII!

Tras una serie final de silbidos, se hizo la quietud, sólo se oía el silencio. El viento nos rastreaba, nos sentía pero no nos ubicaba.

Una voz se impuso en la negrura:

-¡VAMOS, YA PUEDEN SALIR! ¡Y formen en la explanada!- el Teniente Ortiz sonaba indignado, como si hubiéramos hecho algo mal.

Esperamos a que se acercaran algunos para hacer caso. No nos fiábamos, nos lo habían inculcado a fuego.

Comenzaron a salir unos pocos y el resto no tardamos. Nos hicieron formar por pelotones, los encargados dimos novedades a los Sargentos y luego, todos firmes las transmitieron al máximo responsable de la Compañía en esa ocasión. El Capitán Solabre estaba en un curso de ascenso y había delegado el mando.

El Teniente Ortiz las recogió del Teniente Gil y se dirigió a nosotros.

Nos miraba, sin que supiéramos si era a alguno en particular, dado que tenía un defecto visual: era bizco. Entre la irredenta tropa, nombrado como el "Vizconde". Dio un par de pasos en mi dirección.

-¿Y usted Cabo, ¡UN PASO AL FRENTE!- elevó la voz en la noche.

-¿QUIÉN LE DIJO QUE NO HABÍA ACABADO?, ¿CÓMO LO SABÍA?,  ¿QUIÉN SE LO HA DICHO?- ¡"el Brigada Rey se había chivado!, bueno, no sé de qué me extraño. No tienen piedad y menos en estas movidas. Ya estamos con jugarretas..."

En la Compañía habíamos aprendido a respetar a cualquiera; a no fiarte de nada ni de nadie.
 
A admirar, con su ejemplo, a nuestros Mandos. Padecer vivencias como la relatada, te da un terrible golpe de humildad en la cara: todos somos iguales y cualquiera puede ayudarte, por muy miserable que creas a alguien, y sobre todo a valorar el honor y la palabra dada.

Cualquiera por pequeño que sea, está en posesión de una dignidad infinita, y si es un Veterano de la Compañía de Esquiadores, ni te cuento.

Si pensaba que me iba a acojonar, era un mal día. Su intento de amedrentarme no caló.

Estaba muerto de hambre, enfermo, con fiebre y lo que era mucho peor: indignado por el trato que habíamos recibido. Mi percepción de la realidad era acorde con lo cargado sobre nuestros huesos. No podía decir que "me la sudaba todo", pero casi nadie me había anticipado semejante coyuntura.

-Nadie, mi Teniente.

-¿Y qué me está diciendo, que lo supo usted sólo? ¿QUIERE QUE ME LO CREA?- alzó su vozarrón.

Lo solté sin pensarlo, no recapacité y de manera instintiva, tras explotar en mi torturado cerebro, fue vertido por mis labios:

-Me parecía que se preocupaban demasiado de nosotros, viniendo a buscarnos con los camiones, que nos tenían en demasiada consideración, cuando podían habernos mandado, como en otras ocasiones, volver por nuestra cuenta, mientras ustedes seguían en su refugio

-¿CÓMO QUÉ NOS PREOCUPAMOS DEMASIADO?- sorprendido del argumento.

-Bueno, no me ha entendido, además- y aquí vino lo gordo -todavía no soy capaz de comprender como nos han tratado y han permitido que tuviéramos munición real. Creo que se la están jugando.

-¿No cree que se está pasando, Cabo?-  esta vez bajó su tono de voz, como si fuera algo sólo para mis oídos. Aquí se encendieron las alertas de mi cabeza y reculé.

-¡A la orden, mi Teniente!

Hay que entender la situación, en medio de un bosque, a oscuras y en unas condiciones físicas y mentales deplorables. Intentando emular un conflicto armado de la manera, más real. Ese mérito no se lo voy a restar.

La fiebre y el hartazgo pusieron en mi boca palabras que en otras circunstancias no hubiera elegido; pero allí y en ese lugar me parecieron pertinentes.

El Teniente Ortiz pasó de mí y se dirigió a los demás:

-Deben seguir este camino hasta nuestro refugio. Allí podrán asearse y celebraremos el fin de estas maniobras. Los Veteranos harán entrega de la boina a los nuevos esquiadores, que se la han ganado. Espero que esta vez se den más prisa, si quieren que esto termine…



NUEVOS ESQUIATAS

Y con esto acabó la pesadilla.

Fuimos llegando a la casona de piedra. Tras asearnos un poco, nos convocaron en el último piso. Allí, en una habitación abuhardillada que ocupaba toda la superficie de la planta, vimos una larga mesa de madera con multitud de platos de comida. Y en lugar preferente, un recipiente con el brebaje de la Compañía, preparado por el Brigada según ancestrales y arcanas instrucciones, asistido por el Sargento Armero Olivares.

Los más veteranos conocíamos el rito. Nos fueron repartiendo: los nuevos en un extremo de la sala, nosotros en el otro.

El Brigada Rey fue sirviendo ponche en unos vasos repartidos por Jordi y alguno de los nuevos que había cogido ya el destino en Plana Mayor, de hecho me sorprendió verlo con la boina. Jordi me contó después que se la había entregado a otro antes.

El Teniente Ortiz levanto su vaso y se hizo el silencio:

-¡POR LA FINALIZACION DE ESTAS MANIOBRAS, POR LA BOINA, Y POR NUESTRA QUERIDA COMPAÑIA!- al unísono levantamos las copas y brindamos.

-¡POR LA COMPAÑÍA!

-Ahora los Veteranos os harán entrega de la Boina. Os la habéis ganado y siempre recordad lo que os ha costado-dirigiéndose a los caducos reclutas

Cada uno de nosotros fuimos hasta la mitad del salón con una boina, en ella prendido el "cangrejo"  de la unidad, y se la le dimos a un compañero nuevo que se acercaba desde el otro lado. Estrechamos las manos orgullosos de nuestros nuevos camaradas.

Los Sargentos Segura, Callado, Pascual, Herranz y Ruiz, junto con los Cabo 1º Cortés y  Crispín se mezclaban entre nosotros advirtiéndonos:

-No comáis demasiado. Hay que acostumbrar el estómago. Si no lo `pasareis mal. Los mirábamos y nos reíamos entre nosotros: esa era una orden de imposible cumplimiento.

Alzamos nuestros vasos y bebimos disfrutando el momento. Jordi se acercó y me dio una palmada en el hombro.

-¿Ha sido duro, eh?- le miro y casi se le borra la sonrisa, cuando le fulmino con la mirada; hasta que le abrazo y cogidos del hombro brindamos de nuevo.

-¡POR LA COMPAÑíA, POR NUESTROS NUEVOS ESQUIATAS Y POR TODOS LOS QUE LO HAN SIDO Y SERÁN!- gritó de nuevo el Teniente Ortiz.

-¡POR LA COMPAÑíA!- gritamos henchidos.


EPÍLOGO.

Hace tiempo que tenía en mente contar las experiencias vividas en Irati. Tras hablar con compañeros pude recabar algo más de información.

Para empezar pude ubicar temporalmente el relato a principios de noviembre de 1987, dado que Koldo tuvo que marchar en esas fechas. Nos recordó que tuvo que abandonar el campamento un par de días antes de acabar, porque su Aitite (Abuelo) había fallecido por entonces.

Hablé con Rojo, mi compañero de tienda consiguiendo más información. También ,logré  nuevas fotos de entonces, "Markina" las guardaba.

Fueron dos reemplazos de la Compañía de Esquiadores Escaladores de Pamplona los protagonistas.

Practicaron supervivencia con medios limitados. Una Sección de Reclutas consiguió hacerse con la boina, una dura prueba que demostraba el paso de novato a “esquiata” curtido, En aquel momento comenzaron a darse cuenta de la exigencia de la Unidad y  que desde entonces se les podía encomendar cualquier misión. 

La otra, la Segunda Sección/87 era de Veteranos, la mía. Lo que en un principio eran unas maniobras rutinarias se fueron complicando. No lo pasamos mucho mejor, aunque el umbral de sufrimiento al que habíamos sido sometidos en alguna otra ocasión, nos hacía soportar lo que nos echaran.

A la dureza del entorno, las estribaciones del Pirineo Navarro, se sumaron las inclemencias de un tiempo inusualmente malo. Era bastante anormal ver nieve en esas fechas, aunque a esas alturas nada es predecible. Al clima húmedo de Irati debíamos añadir unas temperaturas bajas para la época del año. Parecía que el invierno tenía prisa por adelantar la estación, por campar a sus anchas y enseñorearse de la zona.

Por otro lado, había recuerdos que quizás no fueran agradables de recordar para algunos, (entre los que me incluyo) por ello me hacía el remolón a la hora de expresarlo.

He intentado no faltar al respeto, y espero que no se sienta ofendido nadie. Lo que vivimos no tiene parangón en la vida normal, por ello debe de ser observado desde el prisma de un ejercicio militar extremo.

Aquellos momentos se quedaron grabados a fuego en la mente de los que los sufrimos. Tanto es así que después de más de treinta años todavía recordamos con una mezcla de orgullo y temor. Orgullo por haber sido capaces de superar semejante desafío, bajo las riendas de unos Mandos preparados que nos adiestraron como se lo habían hecho a ellos.

Tiempo después, hablando con el Sgto. Segura, explicaba que para que funcionara la tortura psicológica, (“puteo psicológico” lo llamaba) la víctima debía de estar destrozada físicamente.
Y así fue. A nuestro lema habría que añadirle algo más:

“En el límite entre la tierra y el cielo…y la cordura” dado que progresamos atravesando las tres fronteras.

Una vez finalizado el servicio militar, retorné a la vida civil. Siempre había hecho deporte. Jugaba al fútbol federado y me gustaba, así que continué.

El primer día, al escuchar el insistente pitido del árbitro señalando alguna infracción, algo prendió mi subconsciente. Ni siquiera se dirigía a mí, pero diseccionó mi cerebro como un rayo. Levanté la cabeza,  y fijé mi objetivo con mirada  intimidatoria.

Inspiré de manera profunda varias veces.

El colegiado ni siquiera debió de advertir lo que se le venía encima.

Un aporte extra de oxígeno, me hizo descartar los negros nubarrones que oscurecían el sentido común. Descarté la víctima, y el árbitro conservó su cabeza sobre los hombros sin saber que había rozado el desastre.

Desde entonces, tuve que acostumbrarme de nuevo al estridente ruido, y desasociarlo de aviesas  intenciones a las que me empujaba, el animal irracional que trataba de imponerse.

El ritmo de abastecimiento, hizo que en ningún momento olvidáramos porqué estábamos allí, y que como le gustaba decir al Teniente Gil.: "cualquier situación es susceptible de empeorar". Se mantuvo un estricto y minúsculo aporte calórico calculado para aumentar el sufrimiento. 

Dicen que las lágrimas en los entrenamientos evitan la sangre en la realidad. Nada más cierto.

Aquellas maniobras marcaron la vida de todos las que las vivimos y sufrimos, con nuestros “queridos” Mandos empeñados en mostrarnos la realidad de un conflicto bélico.

Uno es la suma de las experiencias vividas, y en aquella ocasión adquirimos un bagaje más que importante.

De aquello renacimos preparados para una vida civil más dura que la disciplina militar.

¿Y porqué recordamos aquello con temor?.

Si habéis llegado hasta aquí,  ya  sabéis el porqué.

Sólo he intentado trasladar lo que de alguna manera percibimos entonces, y si he conseguido que alguien se reconozca en el acre olor del uniforme mimetizado tras quince días de maniobras, en el aroma a ahumado de la hoguera,  o en la frescura de la escarcha helada en las ramas de las hayas y robles al alba, me sentiré honrado.

Agradecer a todos los que compartieron aquellos momentos, de una forma u otra.

No puedo acabar esto sin referirme a estos duros días de confinamiento.  Fue uno de los motivos que me empujó a emplear parte de mi tiempo en escribir algo que, durante su lectura, fuera capaz de hacer olvidar la triste situación en la que nos encontramos.

Dar las gracias a  todos por su lucha en primera linea contra el maldito virus, a los que se han quedado en casa, a los que han colaborado haciendo de este mundo un lugar mejor,  y sobre todo recordar a los que se han ido sin poder despedirnos. Nunca los olvidemos.

Descansen en paz.


Y os dejo que debo salir al balcón a aplaudir.

Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 25 de Abril de 2020

Kepa San Blas,  veterano de la Cía. EE.EE 51/LI.

“Abriendo huella”






16 may 2020

Supervivencia en la Selva de Irati - IV



CAPITULO IV

LA FUGA

La situación era terrible, e iba empeorando.

En esas estábamos cuando Tajes empezó a desesperar -¡me piro, me piro de aquí,  que aguante su puta madre!- de una forma u otra, entre varios logramos que no se marchara.

Hablando entre nosotros se ofreció a marchar a ver si encontraba algo en un pueblo que estaba a 15 o 20 kms de allí, y traer lo que pudiera. Diego, como buscavidas, dijo que le acompañaba. Esperaríamos a que vinieran los Mandos. Después de que nos inspeccionaran, partirían. Prepararon mochilas, metiendo  lo indispensable: mapa, brújula y cantimplora llena.

El dinero lo adelantó Rojo que lo había ocultado cuando nos quitaron todo... ¿Dónde? bueno dejemos que imagineis el perfumado lugar...

Si querían que no se percataran de su falta, deberían volver antes del alba. Y con premura, se fueron atravesando la fronda.

Aquí empieza su historia.

Marcharon guiados por la pista, hacia el pueblo. Bordeando la senda, con los cinco sentidos alerta, prestos a desaparecer en la espesura. Tras unas horas localizaron algo. Una tienda de campaña. Estaba oculta bajo la espesura de un haya centenaria de bajo y denso ramaje. El familiar tejido de camuflaje la disimulaba. Ojos normales lo hubieran tenido difícil para localizarla, pero el hambre y el estado de vigilia con el que transitaban por la foresta, los había transformado en depredadores.

Sin ruido, Tajes la señaló. Se encamaron en unos jaros, a la espera. En silencio, aguantaron vigilándola durante un tiempo prudencial.

Intercambiaron gestos, y decidieron aproximarse cuando tuvieron la certeza de que no había nadie. Tajes se acercó con precaución. Cuando quería era un felino, tanto por su habilidad para escalar (como había quedado comprobado en el Carrascal, en el curso de escalada) como para acercarse sin ser advertido.

En el monte los candados no sirven de mucho y se encontraba cerrada con cremallera. Tiró de ella y accedió al interior. No había grandes cosas, y el propietario parece que había salido hacía rato. El calor humano del que carecía el habitáculo así lo adelantaba. Agarró un tesoro: tabaco. También una bolsa con restos de comida, algo de chorizo y pan duro.

Se dio prisa, con seguridad el dueño volvería a su hogar provisional en breve, la luz perdía fuerza y rondar el bosque por la noche no es prudente.

Tiempo después, nos enteraríamos que era de un Alférez.  Se ejercitaba en maniobras similares a las nuestras, y pagó el error.

Continuaron su periplo y oyeron una furgoneta a la que pararon. El conductor se ofreció a llevarlos a Orbaizeta. En esta zona los lugareños conocen de las maniobras que se cuecen y compadecen al quinto.

Una vez allí, no querían ser vistos. Bajaron del vehículo antes de la entrada al casco urbano y entraron en la primera tienda que vieron. Compraron varios quesos, sartas de chorizo y botellas de vino. Y por supuesto algo imprescindible para ellos: tabaco.

El dependiente, un hombre de edad no hizo preguntas, no hacían falta

Tras llenar las mochilas a tope, retornaron.

De vuelta, como buenos esquiatas, se buscaron la vida, parando otro transporte que desvió su trayectoria y les acercó al campamento.

Para cuando llegaron, ya estábamos dormidos y no nos dimos cuenta de su regreso.


Amanece y como siempre aguantamos un poco más en nuestros sacos. La desgana, provocada por la falta de calorías y expectativas no ayuda demasiado.

Oímos el sonido del todo terreno y nos levantamos.

Dan un breve tiempo para formar. Las ordenanzas establecen que las novedades deben darse en correcta y silenciosa formación. Como Cabo, encabezaba la mía.

Presuponiendo que se iba a hacer todo de manera correcta, como siempre, vi a mis compañeros en su lugar, aunque faltaban los fugados. Miré en dirección a la tienda que ocupaban, y vi que salían sin demasiada prisa. Podía considerarse una falta de respeto, hacia los superiores y hacia sus compañeros. Les eché una mirada de esas que activan y se pusieron en su lugar. Entonces me llevé la mano a la boina en posición de saludo frente al Sargento Segura y vi que este miraba hacia detrás mío, sin hacerme caso.

Entonces me giré y vi a Tajes descojonándose. Aguantando a duras penas en la posición, arrascándose los huevos; y a su compañero de aventuras conteniendo la risa.

No me lo podía creer: ¡estaba borracho! Al parecer habían tenido éxito en su devenir y habían encontrado algo más que comida.

Analicé la situación en nanosegundos -"este cabronazo ha conseguido pillar, y está poniendo en riesgo todo que ha traído, nos va a joder. Si sospechan lo que han hecho, nos lo quitarán".

No me dio tiempo a pensarlo: me giré completamente y di los dos pasos que me distanciaban de él. Me miró, continuaba con su sonrisa balbuceante, contorsionándose en el lugar para evitar caerse.

Lo mismo que, de manera acostumbrada, la mano recta con todos sus dedos juntos, había subido como un cohete a la boina para saludar al Sargento, salió disparada hacia la cara de Tajes. Le metí un bofetón que se cayó al suelo y no sé si rebotó, pero antes de que me hubiera dado la vuelta para continuar con el protocolo militar establecido, estaba en su lugar, bordando la posición de firmes y desaparecida la risa.

Ni hay que decir que al “Libretas” no hubo que recordarle nada.

Esa vez sí,  la jerarquía militar siguió su cauce y el Sargento recogió mis novedades sin un mal gesto, de la misma forma, y tras comprobar que no había nada anormal en la formación, se las pasó al Teniente Gil.

Después continuaron dando vueltas por el campamento observando por si hubiera algo fuera de la rutina.

Cogimos del brazo a Tajes y a Diego entre el Cabo Montero y yo y los apartamos tras unos árboles.

-¿Qué cojones hacéis?- les dije. ¿Dónde tenéis lo que habéis traído?

-En la tienda- dijo Diego

-¿En la puta tienda? ¿Pero no os dais cuenta que será el primer sitio donde buscarán? Además con el espectáculo que habéis dado... Vamos a repartirlo y que cada uno guarde lo suyo.

Distribuimos a partes iguales la comida, y, por supuesto, la cuenta la pagamos más tarde a Rojo y a alguno más que pudo adelantar lo que pudo hurtar a las aviesas intenciones superiores.

Cada cual ocultó lo que le tocó (un pedazo pan y chocolate, queso y chorizo, además de unas galletas) donde lo consideró oportuno, intentando sustraerlo de las garras insaciables de nuestros jefes.

El vino, del que poco había quedado, se lo dejamos a ellos, y gran parte del tabaco. Fueron los que lo consiguieron y lo merecían.

Durante la noche, después de haber llegado, lo habían estado celebrando, y en esos estómagos vacíos, sin ingesta de nada sólido en días, una botella por barba, tuvo efectos devastadores.

Muchas veces he intentado plantearme la reacción que tuve. Si fue adecuada o quizás desproporcionada. En ocasiones, juzgamos las situaciones desde puntos de vista privilegiados fuera de las circunstancias que influyen en esa decisión. A día de hoy, reconozco que, aunque me da cierta vergüenza haberlo hecho, creo que fue una decisión acertada.

Tajes era una persona especial, llevaba mal la disciplina militar y pensábamos que no estaba muy bien de la cabeza. Los Mandos, de manera consciente,  lo situaban en mi pelotón o el de Rekalde, el otro Cabo vasco. Solo se encontraba a gusto con nosotros. Desde el principio y hasta el final, estuvimos juntos y eso hacía que tampoco frecuentara otros fuegos. Por otra parte, debo decir que era un buen chaval, un poco raro, pero para comprenderlo había que tener una dosis extrema de paciencia. Como quedó demostrado a lo largo del tiempo, donde pudimos ver que tampoco fue su único incidente, ni el último.

Jamás me reprochó nada, ni mucho menos nadie. Ello me lleva a pensar que quizás, con la intención de salvaguardar el interés de todos, hice lo correcto.

El día continuó sin mayores sobresaltos, ya había habido suficientes. Oscureció y volvimos a los sacos, esta vez, con algo reconocible en el estómago, y animados por la evolución de los acontecimientos. Hoy no habría "concierto" de tripas. Pero antes fumamos  un cigarrito, por supuesto a la salud del incauto Alférez.

Esa  noche, no creo que se atreviera a acercarse ningún animal, por hambriento que estuviera.  Amedrentadores ronquidos ahuyentarían a cualquier bicho...



 ¡ALARMA!

 Pero no pensábamos en otro tipo de "bichos".

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!- ¿Pero qué cojones es eso?

-¡OSTIA, es el toque de alarma- decía Rojo echado junto a mí.

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!

-¡ROMANOS, EL ENEMIGO NO DESCANSA!!- ¡Cómo disfrutaba el Teniente Gil! -¡VENGA, ESPABILEN, COÑO, QUE NO SE ESPERA A NADIE!!

Y entre toque y toque de silbato nos arengaba para que saliéramos nosotros también "pitando".

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!-¡¡ A LA PUTA CARRERA!!- Acompañaba el Sargento Callado con otro chiflo de "destrucción masiva".

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!

Desde el principio, cuando adelantó el Teniente Gil que podríamos encontrarnos en similar tesitura, dormimos vestidos, con calcetines incluidos. Sólo quitamos las botas y las dejamos "adheridas" a nosotros, como nuestra novia, el CETME.

-¡No olvides el "chopo"!- agarramos las mochilas de combate

-¡COGE EL SACO!- tenía razón Rojo, con estos sabes cuando sales, pero es imposible saber si volverás ni cuándo.

Nos fundimos en la negra espesura y activamos el modo "hay una ostia volando, a ver a quien le cae".

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!-" Joder, no se cansa".

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!

-¡¡¡PPPIIIIIII, PPPIIIIIII, PPPIIIII!!!- "¡Ostia puta!"

Pasamos media hora en silencio, congelados, (casi de manera literal) como se nos había enseñado. ¡Más nos valía que no nos localizaran...! Vimos luces de linternas, bueno, los intuimos entrando en las tiendas y sacando cosas.

Al poco rato, los Sargentos nos llamaron a formar, al parecer el ejercicio había finalizado. El Teniente nos informó:

-Todo lo que dejéis en la tienda podrá ser usado contra vosotros, y se os retirará; sea lo que sea.- Miramos a nuestro alrededor y aún no éramos conscientes de lo olvidado. Aunque alguno ya se lamentaba gritando en silencio -¡me caguen la .....!

Los Sargentos Segura y Callado, y el Cabo 1º Cortés, como los hombres del saco portaban a la espalda varias bolsas de plástico negras con al parecer, nuestros yerros.

Esa noche alguno de los nuevos durmió sin saco, a una temperatura estimada de unos cuatro o cinco grados en el interior del sobre techo de la tienda . A otros les desapareció el chaquetón tres cuartos, alguna mochila con lo de emergencia y cantimplora, el anhelado tabaco. Los restos de comida que quedaban y parecían haber brotado colgados de las ramas fuera del alcance de los animales, fueron recolectados  No puedo comprender como sale uno corriendo sin las botas, ahora me rio, pero aquel pobre debió de andar al día siguiente en calcetines... ¡por el barro! Incluso se comentaba que un conejazo (no se le puede llamar de otra manera) había salido zumbando y no se acordó del armamento. Ese pecado mortal no puede ser concebido por un esquiador.

Imagino el tamaño de la piedra que le invitó a llevar al incauto, nuestro Teniente. Estoy seguro que ninguno de ellos volvió a olvidar nada relevante cuando escapó. Los Mandos eran capaces de abrirte la mente y como te descuidaras alguna otra cosa...

Esa alarma, no sabremos nunca si había estado programada, aunque SIEMPRE estuviera PREVISTA para el día, y ellos lo sabían, que alguno de nosotros volara hacia el pueblo a traer algo.

Así era la Compañía.




DESESPERANZA.

El tiempo empeoró los días sucesivos. El agua nieve y la quietud, se adueñaron del campamento. El frio hacía que la actividad fuera casi inexistente.  Sólo Ory, Tuca y Kisy, los mastines, deambulaban perezosos. Se habían acabado las provisiones,  y sólo salíamos a intentar encender fuego bajo el puente. Allí nos juntábamos los que todavía teníamos fuerzas para maldecir a los Mandos.

De manera inusual, una tarde se acercaron. Comunicaron a Koldo que había fallecido su Aitite (Abuelo). Recogió sus cosas y lo sacaron del lugar. Fue a despedirle a su pueblo.

Otro día acercaron un par de gallinas. Tuvimos que sacrificarlas y las asamos en la hoguera.
Ese goteo de alimentos era algo premeditado. Cuando no tienes nada que llevarte a la boca, el cuerpo acaba acostumbrándose.

El primer día tienes hambre. El segundo la empiezas a padecer. El tercero la sufres. Luego ya, el estómago al ver que sus reclamos no surten efecto deja de pedir y  se pone en estado de bajo consumo de energía. No es que no tengas hambre, se te va un  poco la cabeza, pero empieza a ser algo llevadero.

Si en ese momento le proporcionas una ínfima esperanza, en forma de un minúsculo trozo de pollo, o carne o cualquier alimento, eclosionas la bestia y comienza a exigir su ración.
La tortura renace y el dolor se convierte en algo continuo.

Otro condicionante más que añadir al cúmulo de, llamémoslo, incomodidades. Un terrible cálculo.

Sólo se aproximaban para recibir novedades a primera hora de la mañana, y por supuesto no volvieron a traernos vianda alguna.

Empezaba la verdadera supervivencia.


Alrededor de un bidón con brasas en su interior, anhelábamos nuestras mesas. El desdichado que  haya vivido una situación parecida puede coincidir hasta en los sueños, porque a  nosotros nos pasaba. Soñábamos con comida, sobre todo con alimentos de fuerte sabor, y elevado aporte energético, como el chocolate, los pasteles, las patatas fritas y los huevos. Son algo instintivo, como sueños que son, y muestran al subconsciente intentando comunicarse y transmitir apremiantes necesidades. Parecía que estuviéramos sintonizados.

El cerebro es el órgano que más energía consume y empezamos a relativizar las cosas, a pensar de manera más lenta de lo normal. Así, las decisiones no son todo lo correctas ni adecuadas que podrían ser. Los que sufren esa falta de calorías comienzan a embrutecerse y primar los intereses no particulares, sino básicos.

Los días eran oscuros y apenas vimos el sol. Algunos enfermamos. La bajada de defensas por el régimen severo y el clima aberrante provocaron que me doliera, de manera atroz, la garganta. Me costaba respirar, y apenas podía tragar.

Menos mal que teníamos al Druida con nosotros. A él acudí tras no poder descansar esa noche y sufrirla enfebrecido.

-¿Qué tal estás?- dijo César nada más verme.

-Jodido, me duele la garganta y no puedo dormir.

-¿Fiebre? Ven y abre la boca-esto bajo el puente, nuestro “esterilizado” dispensario médico. Los dos llenos de mierda, porque él compartió como uno más, el lamentable estado que padecíamos, aunque con diferente uniforme, al no tener mimetizado de su talla.

-Tienes placas en la garganta, es normal- me recetó unas pastillas. Tomé varias, aunque hubiera preferido el remedio que impartía en el botiquín del cuartel, y con el que obsequiaba a sus compañeros de reemplazo nada más llegar: dulce caldo navarro.

-Bien nos tomaríamos un pacharancito de esos que tenías en Pamplona...

-Calla, calla. A veces me viene a la boca, y me doy cuenta que estoy traspuesto. Bueno, tómate una cada ocho horas y ya me dirás como te va.

-Gracias, César- siempre con mirada traviesa, ojos de un azul inmenso, te despedía con un gesto, una palmada en la espalda, un pellizco en la oreja, un pescozón... Creo que era alguien para quien tenía gran importancia el contacto. Siendo médico, y uno de los de mayor edad, asumía su rol, y se preocupaba de nosotros en cuerpo y alma. Y eso que los esquiatas, aún expuestos a mayores riesgos que otros, no frecuentábamos el médico. Procurábamos no hacerlo, porque podía costarnos pasar el fin de semana sin permiso.

Grandísima persona, tanto en su talla física, como moral. Con su más de metro noventa y cien kgrs pasaditos, casi era el doble que cualquiera de nosotros.

Descansa en paz, Compañero, entre la Tierra y el Cielo.

Me aparecieron manchas oscuras en el dorso de las manos y parte del cuerpo. La cabeza también empezaba a irse, a causa de la fiebre y la deficiente alimentación.

Esa noche tampoco pude descansar.

Al día siguiente nadie acudió al campamento. Se ahorraron la penosa imagen de una formación con la mitad de efectivos, por un profundo hastío. Hubo algunos que no se llegaron a levantar. No era un conato de sedición, pero esos soldados no tenían fuerzas ni ganas para seguir el "juego". De haber venido, las represalias pudieron haber sido diferentes.

Otra vez, pasé consulta bajo el puente.

-Mira- le enseñé a César las manchas. Se puso serio al verlas-es una reacción alérgica. Espera que te voy a poner una inyección.

Me pincho. Fue hacerlo y empezar a sudar a mares.

Antes incluso de que oscureciera, me fui exhausto a dormir.

 


¡ENEMIGO!

La penumbra atenazó tenue el vivac. Transcurrieron quedas horas, tentando a arroparse en la yacija.

 La medicación hizo reaccionar mi cuerpo que se activó y comenzó a combatir la enfermedad.
Atravesé sueños turbios y extenuantes.

Al pronto, en duermevela, escuché ruido. Ni siquiera le di importancia, hasta que me taladró los tímpanos:

-¡¡¡PPPIIIIIIIII, PIIIIIIII, PPIIIIII!- Estridentes pitidos advertían de la presencia enemiga en la zona.

-¡¡¡PPPIIIIIIIII, PIIIIIIII, PPIIIIII!- Debíamos abandonar a toda velocidad el campamento, primer objetivo de nuestros rivales. No era la primera vez que nos lo hacían, pero nunca te acostumbras.

-¡¡¡PPPIIIIIIIII, PIIIIIIII, PPIIIIII!

Saltamos de los sacos de dormir como impulsados por un resorte, calzamos las botas Kamet.  Armamento, munición y  mochila conteniendo como siempre para emergencias la cantimplora, recipientes estancos para cerillas (en mi caso, usaba pequeños botes de plástico para guardar carretes de fotos), un poco de cuerda, alguna pastilla potabilizadora, y el poncho. Todo preparado y en orden. Cargamos con el saco y nos echamos al monte.

Sí, nos echamos al monte. Raudos y en la mayor oscuridad nos perdimos entre la penumbra y la foresta. Encamados y a distancia segura, aguardamos acontecimientos.

-¡¡¡PPPIIIIIIIII, PIIIIIIII, PPIIIIII!-

Las últimas veces que habíamos estado sometidos a ese estado, había finalizado cuando los Mandos, encabezados por el Teniente Gil lo dieron por hecho. Pero esta vez se escuchaba el estridente vozarrón del Teniente Ortiz.

-¡¡¡RÁPIDOS, AL MONTE, ESCONDEOS, AL QUE LE PILLE, SE LAS VERÁ CONMIGO!! ¡¡ME LA PELA Y ME FUMO UN PURO!!!¡¡¡VEENGAA, OSTIA!!- enarbolando su moderado acento maño.

Según fuimos desapareciendo del lugar de acampada, un perímetro compuesto por los Sargentos y Cabos 1º nos guiaban hacia una claro donde fuimos rehaciéndonos.

-Id mirando a ver quiénes faltan. Y cuando acabéis os vais poniendo en condiciones de pasar revista- comentaban el Sargento Segura y Callado.

¿"pasar revista? ¿Pero…qué mierda es esto? ¿Cómo cojones quieren que estemos?"-pensaba cabreado.

Una vez en formación, el Teniente Gil habló.-Señores, ahora vuelvan al campamento y recojan lo que les quede.  Pero antes se les hará entrega a cada Cabo de un mapa y una brújula. Se facilitarán coordenadas de un punto de reunión donde, es posible que sean recogidos o abastecidos; si llegan a tiempo, y el enemigo lo permite.

Los Sargentos repartieron lo dicho y nos conminaron a seguir las instrucciones.

-¿Dónde vamos?- preguntó Rosiña.

-Nos han dado unas coordenadas. Parece que vamos hacia la ermita de la Virgen de las Nieves.

Recogimos la cubierta de la tienda y comenzamos a andar. Estuvimos toda la noche sin apenas parar y alerta.

...Continuara la próxima semana.



Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 25 de Abril de 2020

Kepa San Blas,  veterano de la Cía. EE.EE 51/LI.


Abriendo Huella