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9 may 2020

Supervivencia en la Selva de Irati . III



CAPÍTULO III

EL CAMPAMENTO


SENSACIONES

Tras varias horas de marcha sin novedad, llegamos a un descampado.

Se ordenó formar. Los responsables pasaron novedades al superior, en este caso el Capitán y mandó descanso.

Entonces tomó la palabra el Teniente Gil.

-Señores, pueden quitarse la mochila y déjenla delante. Deben vaciarla y volcar todo lo que se pueda comer dentro de una bolsa de plástico, tabaco y dinero incluido. Luego pondrán el nombre en una etiqueta para que se lo devuelvan. Espabilen, que no tenemos todo el día.

-¡JODER!- pensé. Y no fui el único, por el rictus que veía en el resto de la tropa.
-¿después de cargar por medio Pirineo una mochila hasta los cojones, nos van a quitar la comida?…¡¡CABRONES! -


Mientras, y seguro que debido a su popularidad, desplumaban a César el médico, de los primeros. Tenía una personalidad arrolladora, no pasaba desapercibido por su tamaño, y calidad humana. Imposible no quererle cuando le conocías. No es que fuera de los gallitos, pero era un líder natural y a los Mandos les parecía desafiante su actitud ante situaciones de ese tipo.


-¿Y qué es lo que voy a comer?, se lamentaba -¡Moriré de hambre!

-No te preocupes, en el monte tienes lo que necesitas, contestó el Teniente Gil,  con esa sonrisa que helaba la sangre.

Vi a otros intentado ocultar tabletas de chocolate en los calzoncillos y latas en el saco de dormir.

-¡ROMANOS, no intentéis esconder cosas,  vais a acabar en pelotas y se os requisará todo, y cuando he dicho todo quiero decir:  ¡TODO!, sentenciaba el Teniente Gil.

Mandos subalternos comenzaron a volcar mochilas, mostrando una bolsa de plástico para que metiéramos la comida. Según acababan, entregaban un rotulador para nominarla.

Si no lo hacías delante de sus narices, hacían la vista gorda a los sospechosos bultos de nuestros calzoncillos, donde había aumentado la virilidad hasta tallas insospechadas.

Fue retirado todo, excepto el armamento y la munición real, saco de dormir, esterilla, la cantimplora con el recurrido cazo y mochila. Además se hicieron grupos de trabajo. Fuimos informados que cada pelotón debía de realizar una serie de tareas orientadas a sobrevivir.

También retiraron las tiendas de campaña, dejándonos sólo el sobre techo, lo que añadido al terrible clima, aumenta la incomodidad hasta límites insospechados.  Cuando no puedes descansar bien, la noche es infinita, y el día siguiente un infierno.

Como Cabo era responsable de pelotón, con Rojo, Benja, Salas y Tajes. Otros Cabos eran Rekalde, "Markina" para nosotros, Montero, Motilva, y Martinez de Eulate. Como soldados estaban Koldo (de Lodio) y Aitor "Gilputxi", en el pelotón de Markina, el primero tuvo que marchar en unos días a consecuencia de la muerte de su abuelo. Y alguno más que no ubico ahora.

El Teniente Gil parecía disfrutar -no debo recordarles, ROMANOS,  EL ENEMIGO NO DESCANSA, por lo que pueden ser víctimas de sorpresas inesperadas en cualquier momento, contra las que confío, sabrán responder como soldados que son.

-Encima sorpresitas- la idea cruzó mi mente. El enfado era crónico, casi desde que entré en el cuartel. Había perdido mi trabajo, y no estaba acostumbrado a semejante trato, aunque visto desde la distancia que te da el tiempo y la experiencia, igual era una forma de resiliencia buscada. Imagino que para la guerra no existe mejor preparación. En ello estaban. ¡Y a fe que lo bordaban!


Montamos el refugio e instalamos material en su interior. Cada tienda era hogar de dos, más las mochilas y demás. Los nuevos acamparon en inmediaciones, aunque sin mezclarlos con nosotros. Echamos un vistazo a los alrededores y sus posibilidades: era un claro del bosque, en la enmarañada y húmeda selva de Irati, el segundo hayedo más grande de Europa. A orilla de su rio, junto a un puente de piedra.

En otra coyuntura un paraíso…

Atravesándolo desaparecieron los Mandos en sus vehículos. Pernoctarían en una casona de piedra en cercanías. Estaríamos solos. Por la mañana retornarían encargando labores. Al día siguiente, verían lo que habíamos hecho.

Llenamos cantimploras y pudimos ver en el lecho del rio, varias truchas de nada despreciable tamaño, aunque el agua era de deshielo, y no había ser humano que metiera algo más que las manos. El puente cruzaba el rio y debajo quedada un nada despreciable ojo a cubierto, más tarde nos vendría de perlas.

Iniciamos la búsqueda de leña. Había toda la que quisiéramos, pero el entorno era hostil, y la madera estaba empapada. Intentaríamos secarla de alguna manera.

Conseguimos  hacer fuego y nos acomodamos alrededor, cada pelotón en el suyo. Sacamos lo que habíamos conseguido sustraer a la codicia de nuestros Mandos y lo repartimos, intentando racionar para prolongar su duración.

Anochece. El frio y la humedad invitan a arrimarse al fuego. Estábamos agotados y sorprendidos, por lo que conseguimos dormir unas horas, despertándonos de vez en cuando, sin llegar a descansar demasiado.


UNA DE INDIOS.

Al amanecer  desayunamos sobras del día anterior. Por supuesto, en frío, el fuego se había consumido debido a la humedad de la madera.

A eso de las ocho de la mañana vinieron los Mandos. Explicaron cómo hacer un horno cherokee.  De manera básica se trata una estructura cónica de base triangular, con los palos atados en extremo superior, similar a un tipi, usado como vivienda por los indios de las praderas norteamericanas. Salvo que ellos las cubrían con cuero de animales y en esta ocasión estaban hechas de tepes de hierba. Se recortaban de la campa piezas del suelo y se iban ciñendo al entramado de ramas hasta quedar cubierto todo su perímetro.

La diferencia de manufactura era por servir para ahumar carnes o pescados. En su interior se encendía un fuego bajo. Cuando ardía intentabas que no lo hiciera de forma completa, para ello se alimentaba, de manera pobre y con algún material húmedo. En el medio, y por el que se accedía desde una pequeña ventanilla, se tejía una especie de trama con otras ramas, usado como parrilla. Ese trenzado, a  modo de bandeja,  debía ser denso, con la finalidad de que el fuego no llegara a avivarse y consumir la rejilla ni quemara el alimento a ahumar. La incompleta combustión garantizaba la producción de una gran humareda en el interior, que gracias al agujero dejado en la parte superior, hacía un efecto chimenea después de haber ahumado la comida. Era una antigua y efectiva tarea de conservación alimentaria. El humo en su trayecto por la chimenea, transporta ciertas sustancias que impiden la proliferación de bacterias culpables de la descomposición. La temperatura  alcanzada produce un calor que favorece la evaporación del agua de los alimentos,  facilitando mejor conservación.

-Tenéis  que construir los hornos, uno cada pelotón.  Y mañana cuando regresemos veremos cómo funcionan. El Teniente nos dio instrucciones. Tras recibir novedades de los Cabos, los superiores nos dejaron abandonando el  lugar.

Por equipos, comenzamos a realizar la labor.

Palos adecuados para su uso, había de sobra. Colocamos el armazón y lo atamos con fibras vegetales. Luego, usando machetes, recortamos piezas del suelo de hierba y fuimos colocándolas apoyadas en las estacas. - Parece que va yendo- pensaba. Fue un trabajo sencillo en el que colaboramos el equipo completo

Antes del mediodía ya se levantaban varias estructuras que, con un poco de imaginación, podían asemejarse a lo que nos habían pedido.

En cuanto quedamos, más o menos,  conformes,  intentamos de nuevo encender el fuego. Hacía frío y empezaba a bajar la temperatura del  cuerpo.

Sacamos algunas pequeñas ramas que habían compartido nuestro saco de dormir, con la esperanza de que estuvieran secas y poder iniciar la fogata. Así hacíamos semidesnudos, con la ropa mojada en el  interior y al día siguiente aparecía seca por el calor humano desprendido.

En un breve espacio de tiempo se consumieron, cuando añadíamos palos más gruesos su grado de humedad no les  permitía arder de manera limpia. Aunque las habíamos resguardado en el interior de los refugios, no se habían secado.

Era la hora de comer. Sacamos los restos y compartimos lo que pudimos.

“El libretas” y Tajes, dormían juntos. A ambos les unía una importante adicción al tabaco.  Fumaban de manera insaciable y empezaban a escasearles  los suministros. Eran dos compañeros singulares. Compartían su tremenda adicción con Rosiña.


Rosiña era gilputxi, de Donostia. Un chaval reservado, aunque buena persona. Algo tímido, lo que le valió alguna mofa por parte de alguno de los "machitos", pero se integraba y colaboraba. Luego, el hecho de que no le entrara en la cabeza el casco de escalada, vamos que no tenían de su talla, tampoco ayudaba mucho…

Fueron pasando las horas y no pudimos encontrar madera apropiada para encender una hoguera.

En la cena ya no quedaba nada que echarse a la boca. Otro trago de agua y a descansar en la tienda,  aquí anochece rápido.

Esa noche comenzamos a no poder dormir por los quejidos de la barriga. Vuelta a un lado y a otro, embutidos en el saco hasta las orejas -a ver si amanece de una puta vez.

Al alba salimos de las tiendas como almas en pena, auténticos zombis.-me cagüen mi puta vida, y eso que acabamos de empezar- murmuraba  cabreado.

Oímos los vehículos que regresaban. Formamos como cada día, y se dieron novedades.

-Señores, hoy tendrán algo que comer, comentó el Teniente Gil. Mientras veíamos como Jordi iba acercándonos dos conejos.
-Deberán matarlos y  despellejarlos, luego pasaremos revista a lo encargado para hoy, se refería a los hornos.

-Si los han hecho bien los probaremos y procederán a ahumar la carne, -no sé si esperaremos…- reflexionaba.

-¿Alguno es cazador o tiene experiencia en estas lides?, preguntó el Teniente. Benjamín levantó la mano y le dieron el conejo.


-échame una mano, Salas, le dijo al Salas el "Depor", compañero de Santurce.

Antes de traspasarlo, Benja le arreó un golpe experto y seco en la nuca del animal. Se debatió  unos segundos antes de quedarse quieto y morir. Luego lo pasó a Salas que agarró de las orejas para pelarlo. Cazador, acostumbrado a esa labor, lo peló con movimientos hábiles, de forma rápida y limpia.

Mientras otros encendían fuego en un horno, los Mandos se dieron cuenta que no teníamos combustible adecuado para prender la hoguera, por lo que cogieron un bote de gasolina de mechero que llevaban en el vehículo e impregnaron algunas ramas que comenzaron a arder, secando otras que añadimos.

El humo comenzó a salir por el agujero de la cumbre, y el conejo troceado por Benja fue colocado en la parrilla.

-Tápenlo, colocamos la cubierta de la entrada a la parrilla. -Ahora les toca esperar a que se seque. Así les durará sin estropearse unos días; no sé qué esperaba que hiciéramos con el puto conejo, pero en cuanto se  diera la vuelta iba a desaparecer, y no en el fuego.

Trajeron dos animales, los suficientes para que repartiéramos entre todos y nos tocara algo, aunque con lo que fuimos agraciados era a todas luces insuficiente. Agonizábamos unos veinte soldados…una calculada miseria.

-Tengan en cuenta que no sabemos cuándo podrán tener algo más, yo guardaría algo para otro día, por si acaso. -¿Para otro día? ¿Pero qué cojones se piensa que va a sobrar?-

Tras inspeccionar los hornos de cada uno de los pelotones, dieron su visto bueno, implementando algún consejo al que lo necesitaba.

-Bueno, señores, ya hemos visto lo que han hecho. Marchamos, mañana volveremos, y no olviden: el enemigo no descansa.

Al Teniente Gil le gustaba esa expresión, y aprovechaba cualquier resquicio para colárnosla -siempre con la misma canción, ¿qué ostias querrá decir?

Todavía no será el momento, pero seguro que nos la prepara, más pronto que tarde la expresión nos estremecía, por haberlo comprobado en la prueba de la boina.

En cuanto atravesaron el puente comenzó el reparto de los trozos de roedor. Tocó una minúscula pieza a cada uno. Casi cruda, retirada de los hornos  fuimos comiéndola, saboreando cada molécula de la carne.

La  habíamos cortado a tiras, lo suficientemente estrechas y finas que casi se derretían en la boca.  Así se hubieran ahumado, y aunque aceleramos el proceso, se podían comer casi crudas como estaban.

Una vez más compartimos las escasas viandas. Alguno acercó unas castañas y varios compañeros mostraron a setas y hongos que habían recolectado en los alrededores. El Sgto. Lara se las clasificó, enseñando cuales eran comestibles.

Rojo cocinó unos níscalos en la tapa de una lata de conserva usada como plancha, y no creo que pruebe mejores en la vida.

Poco a poco fuimos buscando refugio en los sacos de dormir, y esta vez lo que nos despertaba era el concierto digestivo del compañero de alcoba. El ruido era tal que no permitía dormir con provecho.

El día era largo, aunque anochecía rápido.


EL JABALÍ

Esa noche un animal se acercó a nuestro refugio y comenzó a revolver. Zarandeo la tienda y cuando casi se iba a meter por debajo cogí el arma de fuego y la monté.  Eso hizo que cesara el ruido  y al salir con claras intenciones de pegarle un tiro, el bicho, tan hambriento como los ocupantes, huyó previendo un incierto futuro.

No tuvimos tiempo a verlo, le iba la vida en ello y no se la jugó. Llegamos a la conclusión que era un jabalí y al día siguiente vimos las marcas de hozar en la tierra que había dejado.

Debíamos ir acostumbrándonos a este tipo de situaciones puesto que podían repetirse, como de hecho sucedió, aunque no logramos abatir a ninguno.


LA OVEJA Y EL HORNO.

El resplandor del  amanecer clareaba, sin poder iluminar nuestra apesadumbrada  moral.  La temperatura no invitaba abandonar el saco de dormir, y para el  desayuno que había…

Aguantamos un poco más, dormitando e intentando no gastar calorías de manera innecesaria.

Aparecieron como siempre, dentro del Land Rover conducido por Jordi. Nos hicieron formar y se pasaron novedades.

-Hoy se encargarán de fabricar un horno de pan. Aunque les servirá para asar cualquier cosa que consigan, comentó el Teniente Gil.

Señaló unas lajas de piedra que llevaban en el coche y nos dieron instrucciones de construcción. Bajo sus explicaciones, cavamos un hueco en un talud, retirando tierra. Luego, el vano (medio metro cuadrado a ojo) fue forrado con lastras de piedra, con el fin de concentrar el calor. Similar a un pequeño nicho. Hicimos una separación para poner el hogar bajo, y por la parte de atrás la chimenea. Todo ello lo cubrimos con tierra y barro para sellar las juntas. El fuego ardió durante un rato y selló las uniones, creando una cierta estanqueidad.

Usamos otra piedra a modo de puerta, que el calor cerraría con légamo. Las características de la arcilla eran las adecuadas, aunque improvisábamos.
La idea era cojonuda, y ya teníamos la cocina, aunque como siempre, los ingredientes escasos.

-Señores, ya tienen tarea para mañana. Cuando volvamos, inspeccionaremos sus trabajos y los que merezcan la pena, serán recompensados.

Teníamos el cuerpo para cachondeos, estábamos hambrientos y cansados. Quemados ante la imposibilidad de calentarnos, -no sé cómo quieren que hagamos fuego, a ver lo que traen mañana…- 

Los Mandos se marcharon del desolado vivac.

Sin nada que comer, el cerebro empieza a responsabilizarse más de la supervivencia de sus órganos vitales, que malgastar energías necesarias para otros menesteres menos apremiantes. Además el tiempo empeoró. Comenzó a nevar, aunque sin llegar a cuajar.


La luz plomiza,  acorde con la moral,  incitaba a refugiarnos en los sacos;  no teníamos fuerzas para llevarle la contraria.

-Hasta mañana, me despedí de mi vecino. El me susurró lo mismo.

Una niebla baja cubría al alba el campamento desolación, mientras jirones brumosos ceñían las tiendas.

Otros días se escuchaba a madrugadores levantarse, eso se pasó con el tiempo.  Las expectativas no eran nada halagüeñas y la motivación inexistente.

Oímos un familiar ruido de motor y acudimos al lugar donde, de manera habitual, formábamos para pasar novedades.
Se bajaron del vehículo.

-Vamos a ver lo que hicieron ayer, comentó el Teniente Gil mientras nos preguntaba a cada uno de los responsables de pelotón por su horno.

Tras pasar el control de calidad parece que se dieron por satisfechos.

-Jordi, trae el regalo, espetó el Teniente Gil. Y el susodicho se acercó a la parte trasera del vehículo. Pateos y balidos se adelantaron a la presentación. Bajó tirando de la cuerda, y al otro extremo una nada colaboradora oveja. Nos quedamos mirando el animal que balaba con desesperación. Parecía haber intuido nuestras intenciones con seguridad, al escuchar el coro de tripas. No recuerdo quién fue el responsable de matar al animal, pero pienso que comentaron a César, el médico.

-¡Brujo, ahí tienes, para que comáis, éste palpándole el cuello, localizó la pulsante arteria.
-Ayúdame, le comentó a Benja, que la sujetó
-espera, necesitamos un cubo o una lata, algo para la sangre.


El Sargento Segura hizo un gesto al conductor que fue a recoger un cubo en la parte trasera del Land Rover.

El animal intentaba en vano deshacerse del mortal abrazo de Benja, mientras César sajaba su cuello. En segundos dejo de quejarse y comenzó a manar abundante sangre llenando el cubo. Dio sus últimos estertores mientras agonizaba y murió. La colgaron de un árbol para terminar de desangrarla y comenzaron a hacerle los cortes en las extremidades para quitarle la piel.

En primer lugar sacó las vísceras y demás -cojan esos intestinos y límpienlos bien.
-¿morcillas, vamos a hacer morcillas?, en pueblos de Gipuzkoa hay costumbre, de hacer morcillas de sangre de cordero con verduras, llamadas mondeju. No tienen más que un par de semanas al año, y son de verdad exquisitas.

Varios compañeros volvieron de limpiar las tripas en el rio.
-esto señores es para ustedes, alargó los intestinos hacia nosotros.
Después ordenó a Jordi con una seña,  y este acercó una bolsa plástico donde metió el cuerpo y lo retiró al coche.

-Bueno, mañana volveremos a ver qué tal les ha sentado el banquete, y con esas montaron en el vehículo y se alejaron hacia su refugio.

En una pequeña fogata, con la última leña seca, comenzamos a hacer las tripas pinchadas en un palo. Después, se repartieron entre los responsables de pelotón y estos entre sus hombres. Hubo alguno que las rechazó, lo que otros aprovechamos.

Comenzó a caer esa agua nieve tan molesta. A la tarde no hubo mucho más porque el tiempo no acompañaba y nosotros tampoco.

-Hasta mañana, susurró mi compañero de alcoba.

El sol trata de abrirse paso entre las densas nubes, apenas lo consigue. Poco a poco vamos levantándonos. Olemos peor que mulas, pero meter las manos en el rio es una temeridad. El agua está demasiado fría.

Meadita de rigor y a abrigarse. Estamos bastante flojos y sólo esperamos que cada día sea el último en este infierno.

En el camino se escucha el ruido de un vehículo. Son ellos de nuevo.

Una vez finalizadas las formalidades de rigor, Jordi por orden del Teniente, empezó a repartir una lata a cada Cabo, -aquí tienen, esto es para encender fuego: cera. Ya vemos que no hay posibilidad de encontrar leña seca y no queremos que se nos congelen,  esta vez  parece que les queda algo de piedad, además la vamos a necesitar
.
En esto aparecieron los Sargentos Segura y Lara, y el Cabo 1º Cortés con unas bolsas de plástico. Llevaban piezas de carne que repartieron entre los pelotones, -deben probar los hornos que hicieron ayer.  Tendrán que racionarla, no podemos saber cuándo podrán tener algo más, nos informó el Teniente Gil.

Con la cera que nos habían dado, impregnando ramas empezamos a hacer fuego en los hogares de los hornos. La cera servía para que la humedad de la madera no sofocara la hoguera. Luego, metimos la mitad de la pieza de carne que nos había tocado, cerramos con una losa el hueco y tapamos las juntas con barro.

Esperamos un rato largo, demasiado largo para nuestros estómagos que se lamentaban cada vez que detectaban el olor a carne asada.

Abrimos y extrajimos de su interior el ternasco. Como era de esperar quemaba y había mermado, pero daba gusto, no creo que coma algo más sabroso en mi vida. Estaba un poco correosa, hay que tener en cuenta que se trataba de una oveja, pero a nosotros nos supo a cordero lechal.

Los Mandos se despidieron de nosotros, pero por lo menos algo había cambiado. Cocinar en tu horno y comer tu propia comida guisada, en estas circunstancias, es algo especial. Me pareció retornar al principio de la civilización, algo difícil de explicar. Cuando tienes algo en la barriga las cosas se ven de otra manera.

Todavía nos quedaba otro pedazo para mañana, -debemos guardarlo, pero dentro de la tienda esta jodido. Con la cantidad de animales que hay por aquí, seguro que alguno entra en la tienda, elucubramos, -podemos subirlo a un árbol y no creo que lo pueda coger nadie

Y eso decidimos. Envolvimos el pedazo de carne en plástico de forma cuidadosa y lo subimos al árbol más cercano a la tienda, colgado de una cuerda. Cada uno intentó guardar el suyo de manera similar.  Decidimos que era mejor repartirlo por binomios y así quedó.

Nos acostamos otro día más, pero un poco más optimistas, esperando que el siguiente fuera el último.

Por la mañana, despertamos con el ruido de una discusión:


-¡Ya te dije yo que no estaba bien ahí puesta, JODER!, decía “el Libretas”, -¿no la habréis cogido alguno? 
La verdad es que no se nos ocurriría a ninguno en esta tesitura, aunque no se puede poner la mano en el fuego por nadie. 
-No, nosotros no hemos cogido nada. ¡Estoy hasta la polla, de esta mierda!, se quejaba.
-¡Comiendo mierda, cuando la hay, y fumando otra  puta mierda!.

La verdad es que Tajes y Diego fumaban de manera compulsiva, cuando disponían de tabaco. Imaginaos cuando no tuvieran. Recolectaron todas las colillas que pudieron encontrar en el campamento y se fumaron hasta las negras uñas. Eso les duró un par de días. Cuando no quedó nada más comenzaron a recolectar hojas y dejarlas secar en el interior de sus sacos mientras dormían, para al día siguiente liarlas entre sí y tener algo que fumar.

Llegamos a la conclusión de que el responsable de que desapareciera la carne fue Ory, el mastín del Pirineo. Puesto sobre sus patas traseras alcanzaba una altura considerable y era muy capaz de conseguirlo. Le llegamos a ver de pies en el suelo, apoyado en una rama intentando repetir la proeza. 

Las otras mascotas de la Compañía, eran Tuca, Kisy y el macho cabrío Akerra, el cual por cierto no volvimos a ver en una larga temporada, y se rumoreaba que había caído en el puchero de alguno…


No obstante, como cabrón que era, apareció al tiempo.


...Continuara la próxima semana.


Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 25 de Abril de 2020

Kepa San Blas,  veterano de la Cía. EE.EE 51/LI.


Abriendo Huella














2 may 2020

Supervivencia en la Selva de Irati - II




LARRAU


LAS MARCHAS

Al día siguiente temprano, después de desayunar vinieron a buscarnos los camiones. En varias horas de interminable traqueteo, llegamos a las estribaciones del Pirineo Navarro y salimos de la carretera convencional.  Circulábamos por pistas y caminos de pastores, en los que a duras penas entraba un "URO", nuestro transporte colectivo. El conductor metió la reductora, la tracción todo terreno, para agarrarse al suelo. Empezaba a ser un camino exigente.

El paisaje cambió, dejando paso a la infinita gama de colores de las hojas en otoño, desplegadas por ese privilegiado paraíso. Grandes bosques e insondables precipicios traían a la mente el mortal accidente que tuvo un compañero. En el piso de arriba de la Compañía dormían conductores de camiones del Regimiento América 66, el inquilino de Aizoain. Uno de ellos falleció en accidente al despeñarse con un aljibe montaña abajo en fechas coetáneas.

Cuando transitas por sitios como ese te das cuenta de lo que en realidad somos. La majestuosidad del entorno nos hace diminutos y muestra que puede cambiar la vida en décimas de segundo, sin consultarnos. De una forma u otra nos pone en nuestro lugar.

A duras penas aguantábamos sentados en el banco de hierro de la caja. Cada poco salíamos despedidos del asiento y debíamos agarrarnos a la barra metálica del toldo para no volar. Las mascotas, ni te cuento. Akerra atado con una cuerda ni se movía y los perros parecía que disfrutaban. Por fin paramos.


-¡TODO EL MUNDO ABAJO!- 

Gritaban los sargentos.



-¡ID DESCARGANDO LAS CAJAS! ¡NO TENEMOS TODO EL DÍA!

Desembarcamos embalajes con raciones de previsión, a continuación los transportes se fueron.  Metimos las cajas en la mochila y aseguramos el equipo. Cada paquete eran las provisiones de un soldado en un día completo: desayuno, comida y cena. Leche en polvo, cacao, chocolate, pan-galleta, latas de atún, caballa, patés, y algunos otros tesoros como un par de pliegos de papel higiénico, cerillas, pastillas para hacer potable el agua, y de caldo de carne, un hornillo fabricado con una hoja de lata plegable para calentar la carne argentina enlatada, y otras cosas de las que te acordabas cuando las necesitabas. La mayoría de los soldados no usaban ni la mitad, a nosotros se nos hacían imprescindibles.
Bueno, por lo menos llevábamos comida para un día.

Divididos por secciones, iniciamos la marcha. A la cabeza de la Segunda Sección, la nuestra, se encontraba el Teniente Gil, luego los Sargentos Segura y Callado. El Cabo 1º Cortes y los Cabos de reemplazo, y demás tropa.

Los grupos progresaban por diferentes itinerarios, los nuevos iban por otro lado, no recuerdo bien, creo que iban con el Teniente Ortiz, y los Sargentos Pascual, Lara, y Herranz.

Cada equipo portaba una radio de campaña, modelo PRC, de unos doce kgrs. de peso, sumado a lo que tuvieras que cargar. Era un extra que nadie quería, e ingrato.



Se marchaba a buen paso, aunque el tiempo comenzó a empeorar. Lo que en la zona baja era una lluvia intermitente, a 1500 m. de altura se convirtió en una cellisca impresionante. 

Ya llevábamos unas horas monte arriba y le hice el relevo a un compañero llevando la radio. Nunca se esperaba a que otro lo pidiera, e intentábamos repartirla, Cabos incluidos. De esa manera debía de caminar cerca del Teniente por si necesitara comunicarse. 

Comenzó a cerrarse la niebla, y daba la impresión de que algo no iba bien. El Teniente Gil paraba y consultaba con los Sargentos, sobre todo con Lara, que se había acercado. 

Parecía conocer la zona mejor, pero la ausencia de referentes no presagiaba salida. Y aquellas latitudes eran conocidas por sus numerosas y profundas simas.

En la montaña, el tiempo es en cierto modo imprevisible, y se debe de tomar con todo el respeto que merece. Puedes encontrarte en una situación de la que debas tomar decisiones en las que apuestes demasiado.


PERDIDOS

Arreció el viento y mutó ventisca.

A duras penas podíamos respirar, la nieve racheada laceraba el rostro, obligaba a bajar la cabeza. El Teniente Gil hizo el gesto que me acercara. Cogió el telefonillo de la radio e intentó contactar. Aunque repitió la operación en varias ocasiones, fue en vano, nadie contestaba sus requerimientos.



Se apartó para consultar el mapa. Entonces se acercó el Sargento Segura.

La nieve cubría el destacamento. Embozados en la "braga”, la bufanda tubular, y el gorro de lana protegíamos parte del rostro.

-Estamos perdidos- y se llevó el dedo índice a los labios.

Ya me había dado cuenta, aunque le hice un gesto afirmativo.

Bueno, somos una presunta unidad de élite y si alguien está preparado para esto somos nosotros. La verdad, no me sentía en peligro, tampoco me faltaban fuerzas. Aunque no podía olvidar que en nuestro acuartelamiento, encima de la puerta del salón, hubiera un cuadro con fotografías de compañeros fallecidos de nuestra unidad, en una marcha similar.

Fue el 24 de Octubre de 1964.  Un destacamento de nuestra Compañía perdió cuatro componentes en una brutal tempestad. Las terribles condiciones atmosféricas  acabaron con la vida de aquellos compañeros. Descansad en paz, montañeros. Entre la Tierra y el Cielo.



Coincidían la fecha aproximada, y la zona: inmediaciones del monte Ori;  además el tiempo empezaba a tomar un cariz parecido.

Había que tomar decisiones ya; antes de que nos lo impidiera la tormenta. Si no lo hacíamos, la oscuridad se encargaría de hacerlo. 

La noche se cernía cerrando el abanico de posibilidades. El Teniente Gil optó por lo idóneo en esas circunstancias: comenzamos a bajar, a perder altura hasta que pudieron tomar alguna referencia. Aparecimos en zona francesa, en la misma muga. Nos separaban unos cientos de metros, aunque con ese tiempo fue bastante penoso. Desde allí accedimos al túnel de Larrau, justo al lado del monolito que recuerda a los compañeros fallecidos. 


-Id quitando el equipo, haremos noche aquí- dijo el Teniente Gil.

Lo pasamos bastante mal, sufrimos las inclemencias de un tiempo atroz, pero pudimos sobreponernos y superar las dificultades. Si nosotros ibamos jodidos, imaginad los nuevos.

Consultamos por si fuera necesario ir a buscarlos.

-Mi Teniente, ¿vamos a echarles un cable?

Se quedó mirando al monte y algo debió de ver.

-no es necesario- descartando el ofrecimiento con un gesto.

Si lo hubiéramos hecho, podría haberse considerado casi una ofensa. Sabíamos del orgullo de cada Sección, y del celo en su custodia.

La Montaña, con mayúsculas, impone cura de humildad;  en ella no caben excepciones, ni dudas. Hay ocasiones en las que hay que dar un paso adelante, y lo habíamos aprendido, a fuerza de experiencia y coraje.

Según iban llegando les ayudábamos a quitarse las mochilas. Para ese momento ya habíamos calentado Cola-Cao que fuimos repartiendo para reconfortarles. Palmadas de ánimo en la espalda de los recién llegados. Caras descompuestas. Intentamos quitarle hierro al asunto, a la manera esquiata:

-¿Un día jodido, eh?- le dije a Alfonso "Melly", un chaval de Reinosa, que enamorado del esquí se enroló en la Compañía. Fue Cabo, e incluso en su vida posterior monitor de esquí en las pistas de Alto Campoo.

Le alargué el cacillo caliente. Tras un sorbo, esbozó una sonrisa.

-Si llegamos tener que ir a buscaros... ¡os capan, fijo! - marcando con la mirada al Sargento Pascual.

Esta vez la risa fue clara.

Luego, cada cual cenó lo que quiso de su ración. Procuré prolongar las provisiones y cene de manera frugal, nunca se sabe.

Extendimos la esterilla y nos metimos en el saco de dormir. Otros montañeros no entendían por qué llevábamos dentro de la mochila la estera, rodeando el saco, ocupaba demasiado. Ese día quedó comprobado que sus propiedades aislantes e impermeables, mantuvieron el interior seco.

Uno pegado a otro, al modo de un triste reloj en el que cada desdichado era una aguja, las cabezas juntas en el centro y los pies marcando las horas. Nos protegimos con las mochilas. Latas de unos tres kilos volaban en el túnel por el descomunal vendaval. Los perros y el cabrón se tumbaron entre nosotros, cosa que agradecimos, compartiendo un caro calor.



El viento aulló toda la noche y dormimos lo que pudimos. Agotados, descansamos unas horas hasta el amanecer. La nieve había cegado parte de las entradas del túnel. Oímos ruido de motocicletas. Era la Guardia Civil. Una pareja en moto se habían acercado hasta la frontera, patrullando y buscando contrabandistas.  Nos habían encontrado. 

-¿Pero, quienes sois vosotros y qué hacéis aquí?- se acercó el Sargento Lara, les informó. 

El Guardia se quedó mirando, compadeciéndonos. Tal como llegaron desaparecieron.

Desayunamos y fuimos recuperando del día anterior.

-En quince minutos salimos con todo el equipo. Prepárense- indicó el Teniente Gil.

Nos despedimos del acogedor túnel de Larrau con agradecimiento, por la confortable estancia que nos había deparado.

Tampoco sería la última vez que cobijaría nuestro maltrecho pellejo.




...Continuara la próxima semana.


Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 25 de Abril de 2020

Kepa San Blas,  veterano de la Cía. EE.EE 51/LI.



26 abr 2020

Supervivencia en la Selva de Irati - I

                                          
   
I. CUARTEL DE AIZOAIN


INTRODUCCIÓN

Hace mucho tiempo,  treinta años o más. Tampoco recuerdo con exactitud si era finales de octubre o principios de noviembre. Habíamos finalizado maniobras y  aguardábamos. Lo normal era dormir fuera de la litera.  Éramos soldados de reemplazo, voluntarios en destino. Nuestro hábitat era la montaña y lo asumíamos.

Los Mandos informaron que esta vez patrullaríamos las estribaciones del Pirineo Navarro, y aprovecharíamos a realizar prácticas. Solían incluir ejercicios de orientación e interpretación de mapas, progresión en entornos hostiles y adaptación al medio.

Empezamos a preparar el material. En la Compañía de Esquiadores, cualquier momento es bueno para meterte en un fregado y estábamos acostumbrados a hacer la mochila de manera rápida y eficiente. La previsión era un lujo del que había que aprovecharse.

Sabías cuando salías, pero no tenías ni idea de cuando, (ni cómo) volverías.

Hacía poco que habían llegado los nuevos reclutas y había que echarles una mano en la preparación del material personal, ya que un pequeño error, un olvido junto a tu taquilla, se puede convertir en algo muy grave dependiendo de las circunstancias.

Nuestros veteranos no nos habían puteado, y por supuesto, nosotros íbamos a tratar a nuestros nuevos, (conejos en el argot de la Cia.) de la misma manera. Hubo algún conato, pero lo atajamos rápido y de raíz.

Las situaciones vividas, algunas extremas, enseñaban que a veces, todo el mundo necesita ayuda.

Dentro de la unidad existían diferentes secciones, y una de ellas era  Plana Mayor, dedicada a la logística y tareas administrativas necesitadas por una entidad como la nuestra. En ella estaban varios compañeros con carnet de conducir y algún conocimiento que se pudiera aprovechar.

Esta sección contaba con personal suficiente para cumplir esa misión. Éramos independientes del Batallón, y casi autosuficientes, lo que a veces les daba bastante trabajo.

Jordi era uno de ellos.


CAMUFLAJE

Comenzaron a repartir los uniformes mimetizados en el almacén. Disponíamos de varios patrones, desde el blanco integral para desaparecer en la nieve, o ser confundido entre las hojas, con el boscoso. Todavía no había nieve, ya sabíamos el que tocaba.



Las prendas evocaban nuestra prueba de la boina ya que sólo eran distribuidas en raras ocasiones. Se activaron alarmas internas.

Jordi es catalán, su padre fue de los primeros en conducir un camión de aluminio, portento de la tecnología alemana  y orgullo de la familia Casa. Este vehículo era desplegable y se transformaba en tienda. Con él recorrían las playas de Tarragona vendiendo pastelitos y dulces a los veraneantes, turistas y usuarios de las bellas calas catalanas. Fue una suerte, y le conseguimos una taquilla más; utilizada para llenarla de esos deliciosos productos, que jamás, repito jamás, nos cobró, y siempre compartió de manera generosa. Un gran chaval y sobre todo una buena persona.

Como Cabo de la Plana y ayudado por Sindy, también catalán (mote que le pusimos por faltarle una paleta), Jordi nos fue entregando el traje y luego un machete, en su funda. Siempre bajo la supervisión del Brigada Rey, responsable de aquello.

Lo del cuchillo, era algo verdaderamente excepcional. En muy pocas ocasiones nos lo dieron, y tenía la misma consideración que el CETME, nuestra arma larga.



-¿Nombre?-preguntaba Jordi mientras daba los objetos.

-Kepa.

-Espero que lo cuidéis, y luego lo traigáis de vuelta. Porque al que le falte le cortaremos los huevos.

Al quite amenazaba el Brigada. No sé lo que harían al que perdiera alguno, pero lo que sí sé es que el Brigada se encargaría de cobrarle en metálico y en sangre; y no de manera necesaria en ese orden.

Para ello disponía además del Sargento Pascual, segundo responsable del almacén de material, y con el que nadie quería vérselas debido a su fortaleza física e instantánea  capacidad de cabreo.  En cero coma, era capaz de ponerse como una furia. Dada su experiencia como legionario contaba con un repertorio de castigos imaginativo e ilimitado; y a fe que imponía.  Aunque luego, en los pocos momentos privados que compartimos, comprobamos que era un buen hombre, eso sí, con la mecha corta, muy corta..


CONFIDENCIAS

Los Mandos hicieron formar a los Veteranos. Mientras,  los conejillos a paso ligero (lo acostumbrado), con la mochila de combate y el CETME de entrenamiento en tercien iniciaban el trayecto hacia la pista americana. Todavía se escuchaban pasos discordantes. El perfecto, unísono y monocorde tren que interpretábamos los veteranos estaba lejos de sus posibilidades. Les costaría, pero lo conseguirían, porque eran de los nuestros. 

Pasarían la pista americana, alguna tabla de orden de combate, embarrados y sudando como pollos; cubriendo al compañero en la toma del bunker, sin su  gorrita… enfundados en el casco de combate.

Ante nuestro cangrejo anclado a la pared, a la entrada del edificio el Teniente Gil nos puso al corriente de las próximas maniobras. Serían aprovechadas como prueba de la boina de nuestros conejos, los esquiatas del reemplazo siguiente. 



Comentaron que recorreríamos el Pirineo Navarro, subiríamos a varios montes y desarrollaríamos el ejercicio de forma similar a la que nos tocó vivir en la nuestra. Imaginamos que los adiestraríamos en trato al prisionero como tuvimos la gran suerte de  sufrir de nuestros veteranos; y otras rigurosas prácticas dirigidas a endurecerlos y  lograr el ansiado trofeo.

Hasta ese momento, seguirían siendo pistolosPara cualquier esquiador, portar como prenda de cabeza la gorra, era casi un insulto. 

La palabra pistolo procede de tiempos de los Tercios, cuando empezaban a desarrollarse las armas de fuego. El valor y la honra se forjaban hiriendo al rival con tu acero y sintiendo su último aliento junto a tu pecho. Disparar suponía no arriesgarse a ser herido, ni capaz de mostrar el arrojo presupuesto a un soldado de España. En aquella época, en la que las normas del enfrentamiento respetaban algunos conceptos como el honor, la valentía, y lealtad, el no arrimarse al enemigo era considerado como una bajeza por el resto de la tropa. Portar un pistolón, arcabuz o similar, evitaba el cuerpo a cuerpo ansiado por la caballerosa y romántica soldadesca.

Semejante aseveración era mamada de los Veteranos y Mandos nada más incorporarte a la Compañía.  Para nosotros no existía mayor certeza que, todo aquel que no tuviera boina, era un pistolo y nuestra obligación, la de conseguir que abandonara la despreciada prenda mediante un áspero rito de iniciación: la prueba de la boina.

Estábamos hechos unos machitos, henchidos y orgullosos de nuestro estatus frente a los nuevos. Sobre todo algunos como Diego Macías, el libretas, apodado así porque siempre portaba una libreta y un lápiz con el que apuntaba todo lo que creía relevante de lo que nos enseñaban. Nos parecía excesivo a los demás, ya que a veces preguntaba o apuntaba cosas sin importancia, en nuestra opinión.

Era de Salamanca, de un pueblo llamado Aldeadávila, y cuando le vimos las grandes y largas manos que tenía le preguntamos por su trabajo, y para sorpresa dijo que marinero. Imaginamos semejantes racimos de plátanos tirando de redes repletas de peces. Y sobre todo sorprendía el que un tío de Salamanca fuera marino, ni se nos ocurría que pudiera ser mercante.

Receloso y desconfiado, buscavidas se veía que había tenido una vida difícil, y a veces trasladaba su frustración a los reclutas, que iban  comprendiendo  poco a poco y a trompicones, su situación en la escala jerárquica.

En una ocasión, en la cantina, hablando con compañeros de Plana Mayor, empezamos a mosquearnos. Parecía que estaban ocultando algo sobre las maniobras que nos esperaban. No coincidían cuando les preguntábamos por separado y al final cogí aparte a Jordi.

-De qué va esto, qué es lo que haremos? ¿Por qué este secretismo? Suena raro, mosqueo… ¿Has oído algo?

-Dicen que igual hacéis supervivencia.

-Supervivencia,  nosotros? ¿Pero no iba a ser la prueba de la boina para los "conejos"?

-No sé, es lo que se comenta, no tengo más información. Si me entero de algo, ya te diré.
‹‹Menuda noticia. No creo que Jordi lo haya dicho por que sí››

El día antes de la partida, mientras hacíamos la mochila y conversábamos, se acercaron los Sargentos Segura y Callado.

-¿Qué hacéis, que habláis?-Los Sargentos tienen mucha mili, no dan puntada sin hilo.

-Aquí andamos, preparando para mañana.

-¿Pero algo comentáis, no?

-Bueno, es que…

-Es que ¿qué?

-Hemos oído que igual vamos de supervivencia.

-Mirad, os voy a decir algo, pero no lo divulguéis, por favor-abrimos nuestros ojos con asombro, ‹‹a ver lo que nos cuenta››

-Vamos a hacer varios días de marcha de manera intensa, para machacar a los nuevos y luego, más o menos como se hizo con vosotros, desarrollaremos diferentes actividades para darles la boina.

No es una maniobra de supervivencia, se trata de subsistir con medios limitados. Quiero decir que dispondréis de todo aquello que podáis portar. No podemos decir nada más.
Intercambiamos miradas en sorprendida connivencia. La frase anterior lo confirmó, parecía algo lógico y bastante realista. Además confiábamos en nuestra capacidad de llevar importantes cargas en mochila como habíamos tenido oportunidad de demostrar en otras ocasiones.

-¡Estos conejos van a flipar!

Sonreímos, ufanos. Y los Sargentos, de la misma manera, nos dejaron elucubrando, terminando de organizar el equipo.

Debíamos llenar la mochila con chocolate, galletas y latas, con las que aguantar cuando no hubiera nada.

Nos pusimos manos a la obra.

...Continuara la próxima semana.


Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 25 de Abril de 2020

Kepa San Blas,  veterano de la Cía. EE.EE 51/LI.

Abriendo Huella