4 mar. 2019

Cuatro Estaciones


Asi se titula el libro de poemas de nuestro compañero Juan Galve Gilabert, ya terminado y editado. En el hay incluido una dedicatoria a nuestra unidad y un poema...


INTRODUCCIÓN 


Heme aquí nuevamente, de lo cual yo mismo me sorprendo. Parece que las musas han decidido quedarse un tiempo más a mi lado. Doy gracias por ello y espero no me abandonen.

Aprovecharé tal circunstancia, ya que así me encuentro como si estuviera flotando en una nube, una nube oronda, sin ganas de soltar lastre todavía. 

Bien es cierto que cada vez es más complicado no caer en el uso de expresiones ya utilizadas en trabajos precedentes, así como encontrar esa variedad, no sólo en el vocabulario sino, en la composición temática. 

La capacidad para escribir sobre cualquier cosa, y hacerlo bien, está reservada para unos pocos. Yo me conformo con no salirme de mi pequeña parcela y, en todo caso, realizar algún escarceo de vez en cuando, probando hasta quedar satisfecho. 

El título del libro viene dado por el hecho de que, realmente, han sido cuatro las estaciones del año las que he tardado en escribirlo, coincidiendo, también, con un poema del mismo nombre, que trata del amor y el desamor, desde que se inician las primeras pasiones, pasando por un deterioro paulatino, acabando en un punto en el que, aparentemente, ya no queda nada. Cada etapa se correspondería con cada una de las estaciones.

En esta ocasión, ya no han surgido tan a menudo esos poemas en los que predominan la veracidad y crudeza, que tanto tiempo han estado hurgando en los rincones más sensibles de los sentimientos; son aquellos que tienen que ver con el dolor, los recuerdos de los que no puedes desprenderte y que tanto pesan, y que tanto daño hacen, y que siempre están presentes; los relativos al tormento sobre la vida y la muerte, o esas espinas clavadas que quedaron, imposibles de extirpar. Sin embargo, son los que proporcionan mayor sosiego y liberación interior al compartirlos con la luz y el aire, y con el lector, si así lo decide. Aunque todavía quedan remanentes, e irrumpe alguno de vez en cuando, ya no es esa necesidad imperante que me forzaba a plasmarlos. 

Escribir sobre el universo de lo erótico se me antojaba imposible, pero estar integrado en un grupo de personas, poetas llenos de ilusión por sembrar la semilla de la poesía en este mundo falto de su esencia, ha sido clave. Sólo con que uno de ellos proponga el tema, la imaginación vuela en busca de las herramientas necesarias para intentarlo. Y da resultado; algo que ni tan siquiera te planteabas pasa a ser un reto que necesitas culminar. 

Una de las novedades de este poemario ha sido, pues, la inclusión de la poesía erótica. No sé si he conseguido el propósito, ya que no he leído nada en lo relativo a esa parcela pero, sabiéndome falto en ese aspecto, ciertamente, es muy interesante. También es arriesgado ya que, al final, una parte de lo que se refleja tiene mucho que ver con tus propias experiencias, yeso te conduce hasta el grueso y amplio muro Ca veces bendito, otras no tanto) del pudor, a la hora de relatarlo. Cuesta deshacerse de él para definir, desmenuzar el contenido y, a la vez, sintetizarlo para trasladar de manera clara y abierta, o sugerente e insinuante, las emociones de lo que quieres transmitir. 

Algunas de las páginas contienen duras críticas al poder e igualmente sobre la política actual, algo que hubiera preferido evitar incluir en un libro pero, viendo cómo evolucionan los acontecimientos, he creído que debía hacerlo, intentando ser coherente con mis ideas, principios y valores que he adquirido y conservado hasta ahora, aun a riesgo de recibir duras críticas si se perciben aviesas intenciones. Simplemente, me siento en la obligación de escribir lo que realmente pienso, tratando de no herir sensibilidades, no es lo que he pretendido, pido disculpas de antemano si alguien se siente ofendido. 

Son una constante para mí hablar sobre el amor y el desamor, el romanticismo, la ironía, referencias a mi tierra y su entorno; no dejo de lado la fantasía, los sueños, la amistad, la esperanza, la naturaleza y algún que otro guiño para los más jovencitos, sin olvidarme de mi nieto. Sutilmente, aparecen mis "compañeros de rimas", grandes poetas, con los que me encuentro muy a gusto. Igualmente, hay una particular dedicatoria para el grupo de la Compañía Especial de Esquiadores/Escaladores de Alta Montaña, a la cual pertenecí hace ya unos cuantos años, y de lo que me siento muy orgulloso. Y, cómo no, un regalo para mi esposa y, otro, que me provoca montañas de añoranza, para mis dos hijos, que son las notas que completan mi pentagrama. 

Sigo usando el verso libre, tal como he hecho en los anteriores trabajos, con un estilo propio y reconocible, en el que pongo toda mi pasión, la experiencia, que poco a poco voy acumulando, y la mayor de las ilusiones. 

Dentro de mi limitada capacidad lingüística, trato de que, harto difícil, cada uno de los poemas sea diferente y especial, por lo menos para mí, por eso, no es mi intención primaria que gusten al lector, soy muy exigente conmigo mismo y, ante todo y, sobre todo, tienen que dejarme plenamente satisfecho con el resultado, de otra manera no soy capaz de incluirlos en el poemario. A partir de ahí, mi anhelo es que provoquen sensaciones a quien los lea, ser capaz de transmitir algo de lo que yo he experimentado conforme iban brotando. 

A veces es difícil lograr comprender lo que alguien relata desde lo más profundo de su ser, lo que ha querido decir en unos pocos versos, pero tampoco es necesario que sea así, simplemente es suficiente con disfrutar del contenido, de la musicalidad, del juego de palabras y, en fin, de algunos de los muchos matices que posee y transmite el poder de la poesía como, soñar, imaginar, evadirse de la rutina y de los problemas ... , emocionar, sentir. 

Lo cierto es que, en cada uno de mis libros, desnudo mi alma y mi corazón, dejando en ellos una buena parte de mí y del color de mis sentimientos a la vista de todo aquel que se adentre a descubrirlos. 

Éste, ha sido un trayecto emocionante y adictivo, del que no sé si podré prescindir en adelante. Si no se me ocurre algo interesante para seguir escribiendo, tendré que buscarlo en alguno de mis viajes interestelares, en los que suelo perderme a menudo. 



Poema para unos valientes



Compañía especial,
cazadores cuando atacan. 
 Nacieron en Estella
y hoy, en Pamplona y Viella,
 y en Jaca destacan.

Nacidos para luchar,
 sobrevivir en las montañas,
 escalando verticales
 grandes rocas encrespadas.

Del frío y calor compañeros;
 la lluvia, niebla y el barro
 son siempre los aliados
de estos bravos montañeros.

Lo difícil es rutina,
lo imposible son sus retos
 que consiguen con esfuerzo
 trepando hasta los cielos.

Caminos accidentados no existen,
 ni ríos profundos o helados
que no puedan vadear
y les impidan cruzarlos.

Se deslizan por los hielos
sobre lenguas de glaciares,
 ascienden duras paredes
con unos viejos crampones
y un simple piolet desgastado.

Su Medio Ambiente es la nieve, 
 su hogar, entre bloques helados,
 desconocen la sed y el hambre,
 el dolor, la derrota y los miedos.

Cuando caminan, no paran.
Salen al alba y sólo, 
cuando termina el ocaso
 y brillan luciérnagas en lo alto,
hecho el trabajo ... ,
descansan.

Valientes Esquiadores,
 intrépidos Escaladores,
 les protege una Estrella,
 una preciosa insignia
 que portan con orgullo
 en su casaca guerrera.

Protegiéndonos tras un velo,
y más amigos que compañeros,
velando están por nosotros
nuestros luceros del Cielo,
nuestros valientes y Nobles Guerreros.



Quiero dedicar este sentido poema a la Compañía Especial de Alta Montaña de Esquiadores Escaladores de Estella/Jaca/Viella/Pamplona. A todos aquellos que pertenecen, a los que un día pertenecieron, a quienes en un futuro lo hagan, a Juan Florencio Domínguez y Kepa San Blas. A mis Veteranos, de los que tengo muy buenos y entrañables recuerdos.

Con todo mi cariño, a mis admirables "Conejos", un abrazo a Roberto Fernández García, que todavía se acuerda de mí. A todos los Mandos, particularmente a los de mi quinta. A quienes, lamentablemente, se nos han ido, pero sé que están ahí, velando por nosotros. Y, muy especialmente, a mis grandes amigos "Bisagrones" y "Grandes Buitres", con los que compartí tantas alegrías como penurias: José Miguel Bitrián, Manuel López García, José Díaz Linares, Ulpiano López Moreno y José Malina Gisbert. 



Si alguien quiere adquirir los libros de Juan Galve
 puede contactar con el a través de su e-mail:







24 ene. 2019

Revista Tropas de Montaña Nº 2


Ya esta disponible el nº 2 de la revista Tropas de Montaña,
si quieres descargarla










11 ene. 2019

Golpe de mano : EL PUENTE


Hace mucho tiempo, tanto que casi no recuerdo los detalles.

Durante el servicio militar, alguna noche, hacíamos instrucción de combate.

Creo que era una vez semanal, aunque puedo equivocarme; además esas cosas no se regían por ninguna norma inflexible.

Hacía una eternidad que habíamos asumido la capacidad de adecuarnos a cualquier circunstancia, por grave, extrema o rara que fuese. Debía ser algo innato y natural, en una compañía como la nuestra, la Compañía de Esquiadores Escaladores LI/51.

No logro ubicar el día, pero no podía ser ni jueves ni viernes.

El primero, porque era cuando acostumbrábamos a salir a Pamplona a relajarnos y cambiar el  “chip” cuartelero por la vida civil, con sus bares, discotecas, amigos, chicas...

Conllevaba a la vuelta, un estado psicofísico que no reunía las condiciones necesarias para semejante práctica.

El alcohol, y no hablo de otras sustancias con mayores capacidades evasoras, hacía olvidar la situación, fuera del entorno familiar y en el que habíamos permanecido, la mayoría de nosotros, bajo las alas protectoras de nuestros progenitores.

Permitía ver las cosas desde otro punto de vista, algo más positivo, y sobre todo más llevadero. Vamos, no como en “Apocalypse now” pero camino llevaba...

El viernes, imposible.

Sobra decir que abandonábamos la rutina militar para reintegrarnos de manera completa en la vida civil. A mediodía, recogidos los pases, volvíamos a casa a recuperarnos de lo sufrido a lo largo de esa semana. Las anheladas patatas fritas y cocidos de las amatxus, (no existe mejor tortilla que la de ella); la reconfortante cama...


ZAFARRANCHO

Pero como para todo hay excepciones, y con el fin de que fuéramos reconociendo el carácter extraordinario de esta unidad, una vez — me acaba de venir a la cabeza — fuimos retenidos en el cuartel.

Sí, ¡sorpresa!

El motivo oculto: unas maniobras que requerían nuestra presencia y para las que había que salir el domingo a la mañana.

El método fue de lo más pintoresco y, porqué no decirlo: guarro.

Cuando lo conozcáis, me daréis la razón, espero.

Ese viernes por la mañana antes de marchar se nos ordenó hacer zafarrancho de limpieza en todas las dependencias.

Ni que decir tiene que conocíamos infinidad de trucos, trampas y artimañas para evitar ser castigados y poder acercarnos a nuestros hogares un fin de semana más. Dentro de nuestra seguridad, estábamos confiados en la libranza, basados en una amplia experiencia y la norma no escrita de que los fines de semana...¡a casa!

¡Ingenuos!

El Cabo Cuartel, encargado por estricto turno, supervisaba las operaciones y pasaba el dedo por cualquier superficie susceptible de ser incriminatoria. Había que ser exigente si queríamos obtener el esperado resultado.

Todos los demás colaborábamos con ingentes cantidades de lejía e inquietas  fregonas, así como con delatores trapos blancos, intentando eliminar u ocultar al menos la roña, suciedad o polvo culpable de un posible castigo. Hasta ese momento no lo habíamos vivido, así que era algo inesperado, aunque no imposible —  bueno, improbable, por que en la Compañía no existía esa palabra.

Dimos por finalizado el ritual semanal, dentro de los límites establecidos por nuestros superiores como suficientes y nos preparamos para la inspección.

El Teniente Gil  de guardia — creo recordar que fue él — entró en el dormitorio de tropa.

El Cuartelero gritó:

¡COMPAÑÍA, EL TENIENTE!

Nos pusimos todos en posición de firmes y el Cabo Cuartel dio novedades:

¡A la orden, mi Teniente sin novedad y preparados para la revista del zafarrancho!

El Teniente Gil, antiguo mando legionario, comenzó la revisión por todos los recovecos del inmueble.

Su cara reflejaba satisfacción, a nuestro entender. Miraba debajo de las camas y no veía nada que pudiera ser objeto de recriminación. Pasó un pañuelo por encima de las taquillas y ni mota de polvo.

Accedió a los servicios y pudo comprobar la pulcritud de las duchas y lavabos.

El Cabo Cuartel  miraba al Oficial en espera de un mínimo gesto, intentando satisfacer cualquier duda. Los demás, ufanos, dábamos por superado el ritual.

En estas, el Teniente entra en el recinto de un sanitario, y observa los reflejos de la luz en la loza blanca del mismo. Síntoma inequívoco de la dedicación y escrupulosa limpieza a la que había sido sometido.

Le indica al Cabo Cuartel que coja un trozo de papel higiénico, cosa que hace. Y le ordena:

Cabo, pase el papel por el inodoro.

Disfrutábamos de unos cagaderos “a pulso”,  no había taza sanitaria, ni podíamos sentarnos y evacuábamos los excrementos en cuclillas, como podéis imaginar.

El Cabo repasa la porcelana por la que el papel se desliza como si fuera hielo virgen. Lo muestra.

Entonces, el Mando dice:

Agáchese de nuevo y repase otra vez.

Se agacha y lo rehace. Y cuando comienza a levantarse para mostrarlo al Teniente, este le indica:

 No se levante, meta el papel y repase por el interior del agujero.

— “¿POR EL INTERIOR DEL CAGADERO???” — pensamos todos...

El Cabo cumple la orden y sin palabras, con gestos es ordenado que se incorpore con el papel que porta.

qué es eso?  Le pregunta el Oficial

El papel, mi Teniente.

Ya lo veo... y que tiene?

El Cabo mira el papel delator, la chivata celulosa teñida de marrón. Su mirada se cruza con la del Teniente. Sí, dígame que tiene el papel.

El Cabo empieza a darse cuenta de la trampa en la que ha caído, mientras sus ojos intentan evitar los del Mando. Este, impenitente vuelve a preguntarle.

¿Qué es eso que tiene el papel?

¡Pues mierda, mi Teniente!

De esa manera fuimos invitados a pasar el fin de semana en situación de arresto, con “todos los gastos pagados”, y a la espera de partir hacia las inesperadas maniobras.

¡Casi no tenía “mili” el Teniente Gil! Comentaban que fue el de mayor edad de su promoción, aunque ello no fue óbice para quedar el primero. Guardo un grato recuerdo de él, ya que fue de los que dejan huella; y sus lapidarias frases: “cualquier situación es susceptible de empeorar”, (uff, se me pone la piel de gallina de recordar alguna vez en la que brotó de sus labios); “romanos, el enemigo no descansa”. Y vaya si no descansa...


GOLPE DE MANO

Pongamos que fuera miércoles, cualquier miércoles. Aunque con preferencia a una fecha más cercana al verano que al invierno. Y lo digo por vivencias poco gratas.

Por la tarde, a última hora nos comunicaban — a veces — porque en otras ocasiones era sorpresivo: esa noche haríamos instrucción nocturna.

Se nos citaba a retreta, a las diez,  preparados para salir con los elementos necesarios.

Una vez cenados, reuníamos el equipo. Ya teníamos experiencia en ese tipo de situaciones y no tenían que recordarnos lo que meter en la mochila, salvo alguna vez que modificaron los ejercicios, y avisaban,  si teníamos suerte, o no.

Algunos compañeros habían comprado pinturas para camuflaje del rostro: verde, caqui, marrón, negro… en una verdadera obra de arte se convertían algunos.

Otros, confiábamos en la capacidad tiznante del socorrido corcho quemado. Con el mechero lo calentábamos hasta que se quemaba en parte y una vez ennegrecido, frotábamos cualquier atisbo de piel que resaltara de entre las prendas.

Aprendimos que un buen camuflaje podía salvarte la vida y que pintar toda la cara de negro no servía de nada, podía resaltar más. Era mejor distorsionar la figura con diferentes trazos irregulares y asimétricos. En un cuidadoso descuido, como ciertos peinados actuales.

Las botas limpias, nunca brillantes para esos ejercicios, pantalón de faena con polo cuello de cisne y encima el jersey de lana y la “braga” tubular al cuello. En la cabeza el gorro de lana, caqui por un lado y blanco por el otro, para camuflarse en la nieve en caso necesario.

A la espalda la mochila de combate, más pequeña y funcional que la “Altus”, pensada para portar mayor peso. En su interior SIEMPRE, y siempre es siempre , el poncho impermeable por si las inclemencias meteorológicas lo exigían, para hacer un refugio provisional, o ser utilizado como camuflaje; la cantimplora llena con su cacillo, y varias cosas más necesarias en una inesperada situación de necesidad, como navaja multiusos, mechero, cerillas, corcho, cuerda, pastillas potabilizadoras, algún fruto seco...


A la cintura el machete y en la mano el fusil CETME inutilizado de una serie antigua; reservado para dar “barrigazos”, pasar la pista americana o cualquier otra necesidad en la que el armamento de dotación pudiera ser dañado.

Una vez formados y dadas novedades a los superiores, estos explicaban los ejercicios a  completar esa noche.



Esta vez, tocaba dar un “golpe de mano”: volar un puente situado en un pueblo cercano.

No recuerdo si era Berriosuso, al lado de Aizoaín

Cruzaba, a unos quince metros de altura, un pequeño regato y era una vía de comunicación de inestimable valor para los intereses del enemigo.

Como potencial objetivo y dada su importancia, era custodiado por un destacamento de guardia permanente.

Nuestra misión: ¡destruirlo!

Los Mandos dividieron los papeles de la operación. Una parte de nuestra sección se encargaría de la custodia y vigilancia del objetivo.

Otros dos pelotones intentarían burlar el cerco y llevar a buen término la operación. Colocarían el bote de humo revelador, simulando el explosivo.

Como Cabo, me responsabilizaron de esto último.

También repartieron munición de fogueo, varios cargadores a cada uno.

Señalados los roles, cada uno puso manos a la obra.

El enemigo a bordo de un todo terreno abandonó el cuartel camino de su lugar de ubicación.

Los demás salimos a paso ligero de allí, como acostumbramos.

Ya fuera del recinto militar, hicimos una reunión para determinar posibles alternativas y alcanzar el fin deseado.

Lo más obvio parecía infiltrarse desde el río, para nosotros y — ¡claro! —  para los guardianes.

Por parte de nuestros veteranos, ya habíamos oído diferentes versiones de un mismo hecho: la destrucción de ese puente. Hablaban de un pequeño riachuelo que pasaba por debajo de una arcada.

Cuando le tocó a ellos el mismo ejercicio, dispusieron un fino cordel que atravesaba el rio de una orilla a otra y enhebradas latas de bebida con piedrecillas en su interior, de tal manera que al variar la tensión de la casi imperceptible cuerda, por pisarla, arrastrarla o cualquier otra forma de contacto,  las latas sonarían avisando a los defensores de visitantes inesperados.

Y así se lo hice saber a la mitad de mis compañeros que iban a intentar burlar la vigilancia desde la zona del rio. Un pelotón compuesto por cuatro soldados y un Cabo lo harían.

Siguiendo las coordenadas proporcionadas por nuestros superiores, alcanzamos el lugar indicado.

En un lugar a cubierto, desde el que pasábamos inadvertidos, pudimos observar un vehículo con personal armado circulando por la senda que cruzaba el viaducto.  Recorría como un par de kilómetros más y volvía a pasar por el mismo sitio de manera insistente. Iluminaba el  trayecto con los focos delanteros y circulaba a velocidad reducida para poder apreciar cualquier anomalía.

Otros cuatro soldados y yo probaríamos por el otro lado del río o cualquier paso que pudiéramos forzar.

Nos ajustamos los ceñidores, y cualquier objeto que pudiera revelar nuestra presencia de manera ruidosa y nos deseamos suerte.

Entramos en la oscuridad más absoluta y nos dispersamos con rapidez.

Apartados, dentro de un frondoso bosque, nos juntamos — mi pelotón —  para estudiar las posibilidades. La división de efectivos facilitará a nuestro entender la consecución de la misión.

Dos grupos uno de dos soldados y otro de dos conmigo. Intentaremos penetrar tras las lineas enemigas, por ambos lados del camino y volar el punto estratégico.
A partir de ahora  silencio total, todo el mundo sabe que esto no es un juego.

Apago la radio.

La progresión debe ser lenta, para garantizar el éxito. Cuerpo a tierra vamos desplazándonos como hemos aprendido. Mi pelotón se lanza a la cuneta más próxima y desparece.

En eso oímos ruido de disparos y ráfagas. Gritos y órdenes. Parece que vienen del regato.

El grupo que iba a entrar por el río ha sido neutralizado, esta vez han funcionado las alarmas establecidas. ¡Los viejos trucos,  los mejores!

En nuestra zona aprovechamos la  atención desviada para avanzar muy poco a poco.

Cuando hagan recuento de prisioneros les faltarán algunos...

Los  dos soldados que intentaron cruzar el camino para situarse en la profunda zanja, no advirtieron que una “antena” — un enemigo camuflado —  les había visto y transmitido a su centro de  comunicaciones;  este movilizó el coche con varios soldados más para detenerlos.

Una vez controlados e inmovilizados, registraron la otra cuneta y allí localizaron a mis dos camaradas.

Todavía no sé como no me vieron, pero estuve quieto, — ”congelado” como decimos nosotros —  un largo rato.

Parecían satisfechos y al parecer las cuentas les salían, aunque visto lo visto, seguro que habría más “escuchas” camuflados.

Mis movimientos y respiración se redujeron a lo imprescindible.

El arma entre mis brazos, clavo codos y me impulso con las punteras de las botas. La cabeza embutida sobre los hombros, como una tortuga.

Parada, toma de aire e impulso, sin prisa, parada de nuevo, pasa el vehículo buscando.

Seguro que habrán sacado información a los prisioneros y me estarán buscando —  ¡CABRONES!

Sigo invisible, no se por cuanto, pero lo intentaré.

El barro es mi amigo, la oscuridad me arropa.

Estoy tan cerca de mis adversarios que puedo escuchar sus conversaciones por la radio.

La nuestra, la portátil que llevo en el pecho está apagada y no podemos arriesgarnos a que nos oigan  como yo a ellos.

Casi he perdido la noción del  tiempo, pero no me atrevo a mirar el reloj. Cualquier movimiento en falso me delatará.

La cuneta se acaba y comienza el camino en el puente.

Paciencia.

Veo que el todo terreno me rebasa y desaparece en la lejanía. Espero un poco y me siento más seguro al no escuchar ningún ruido. Enciendo la radio y le doy un ápice de volumen.

¡Pato cuatro, pato cuatro, ¿dónde se encuentra? , ¿se puede saber dónde está?
¡Pues en el puente, mi Sargento!
¿En el puente, cómo que en el puente?
Pues encima del puente,  susurro, apretando entre dientes.
¿Encima del puente? Incredulidad. Silencio en las ondas.

Una eternidad después: ¡pato cuatro, pato cuatro : coloque el artefacto y finalice el ejercicio!

Tumbado sobre el viaducto, me inclino hacia un hueco que veo entre sus piedras y antes de colocarlo abro el bote de humo verde. Imagino las miradas de mis contrincantes hacia el cielo.

¡Es su final y nuestra victoria!

Sucio, lleno de barro, yerba y ramas me alzo en “mi” puente, levantando el cetme y dando un alarido de satisfacción!

Bajo y me salen al encuentro los compañeros felicitándome.

En esto se acercan varios Sargentos sonrientes — Pascual, Lara, Segura, Callado —  y me suelta el Sgto. Segura ¿cuándo has visto tú que se vuele un puente desde arriba?, mi cara imagino que reflejaría sorpresa, ya que pensaba haber concluido la misión.

Tendrías que haber puesto el explosivo en la base, en uno de sus pilares, dando un afectuoso pescozón en mi nuca.

¡Menuda cara que se me quedó!, ¡cualquiera diría que suelo dinamitar puentes todas las semanas!.

La próxima vez que vuele algo, lo tendré en cuenta.

Luego, después de regresar, con suerte nos ducharíamos. Aunque a veces tuvimos que dormir con la cara pintada, y al despertar nos encontraríamos la almohada como podéis imaginar...

Hasta aquí, la historia, más allá de la anécdota quiero comentar alguna otra cosa.

Esta práctica nos permitió comprobar la capacidad de camuflaje e infiltración. Cualquiera que hubiéramos participado en ejercicios similares, nos sentíamos capaces de intentar — al menos — la más osada de las misiones.

Chavales  normales, entrenados con dureza, con el rigor con el que fueron adiestrados nuestros Mandos directos y que repujaron en nuestras almas la capacidad de sufrimiento, lealtad y osadía emanadas de su saber hacer.

Espero que los compañeros que servimos en la Compañía de Esquiadores Escaladores LI/51 mantengamos ese esfuerzo y esa actitud, en las circunstancias que nos depare la vida.



En sentido homenaje a nuestro compañero Roberto, que alcanzó la más alta cumbre este  26 de diciembre de 2019.

"Descansa en paz, montañero; entre el Cielo y la Tierra"

Un fuerte abrazo.

En Bilbao, a 10 de enero de 2019

Kepa San Blas, veterano de la CÍA EE. EE. LI/51, reemplazo 2º/87.

Abriendo huella...








7 ene. 2019

RCZM América 66, mas de 250 años de Historia.

Empezamos el año publicando un acto importante que tuvo lugar hace unos años.


En 16 de Junio de 2014 se celebro en Pamplona el
250 aniversario del Regimiento América 66
con una Jura de Bandera para personal civil.


Miembros del RCZM Galicia 64 (Jaca) estuvieron presentes en el acto.




Las banderas de los tres regimientos de cazadores de montaña del Ejercito de Tierra,
RCZM Arapiles 62, RCZM Garlicia 64 y RCZM América 66,
 fuero las utilizadas para este importante acto.

Numeroso personal civil quiso ser protagonista de este acto realizando la jura.
Algunos de nuestros compañeros, veteranos de la Compañía de Esquiadores-Escaladores,
acudieron para renovar su juramento.

Se dieron cita hasta los mas viejos.














Fotos de nuestro compañero Martín Iraburu.
Vídeo de nuestro compañero Chus Estrada.






30 dic. 2018

Fallecimiento de Roberto Lopez


Roberto López, nuestro compañero, 
veterano soldado esquiador-escalador del 2º/83,
ha fallecido durante la Navidad de 2018.

Desde aquí queremos expresar nuestra tristeza
y dar las condolencias a familiares y allegados.

Estarás en nuestro recuerdo.
 Tu llegaste a lo mas alto, entre la tierra y el cielo.

Descansa en Paz.





Tus compañeros.