2 ene. 2018

2017, UN AÑO CON ALTIBAJOS



Pasa un año, 2017, entra uno nuevo, 2018, y nosotros continuamos al pie del cañón.

2017 ha sido un año que ha tenido para nosotros cosas buenas y sinsabores. La muerte prematura del que fue nuestro último Capitán, D. Ángel Atarés, nos ha dejado tristes y huérfanos, ha sido una perdida muy dura. Descanse en Paz.



También falleció otro de nuestros capitanes, el General D. José Herrera Altamirano, quien marco toda una época en el acuartelamiento de Estella. Era de los más conocidos pues es quien manda la Compañía en la famosa del desfile de Burgos, y que en el acuartelamiento de Aizoain, estaba en la entrada. Estuvo con nosotros en Larrau y Aizoain cuando el primer encuentro en 2014. Descanse en Paz.



Celebramos nuestro cuarto encuentro en Jaca, mítica ciudad muy vinculada a las tropas de montaña. Allí conocimos más la ciudad, sus bellos rincones, la ciudadela, los lugares secretos y, sobre todo, los desvelos y hospitalidad de nuestro “Teniente” Jarne para con nosotros. Muchas gracias.



Acudimos con un regalo para la Compañía de Esquiadores-Escaladores 1/64 y para nosotros fue un gran honor que fuera colgado en su banderín y lucido en los acontecimientos que ha participado. Gracias, nuevamente, al Regimiento Galicia y a la Compañía de Esquiadores.



Pico de Orhi y Larrau se están convirtiendo en referentes esenciales para nosotros. De verdad que podemos estar muy contentos y agradecidos al Ejército por recuperar una tradición, y a los compañeros, que año tras año, acuden. Confieso que siento mucha envidia y, cada vez que veo las fotos, quisiera poder estar allí.


Gracias de nuevo a nuestros hermanos del Regimiento América por el alto honor que, este año, nos ofrecieron en el acto de homenaje a los caídos el Día de la Patrona. Ha sido grandioso. Al mismo tiempo debemos felicitarlos porque va a seguir siendo una unidad de montaña, lo cual nos congratula a todos.








¡¡¡Abriendo Huella!!!



22 dic. 2017

Frío es cuando te duelen las orejas


Yo digo que hace frío, cuando te duelen las orejas.

Mi paso por la Compañía de Esquiadores fue una espiral en la cual, el omnipresente frío se volvió cada vez más soportable.

De forma curiosa, puedo afirmar que no fue en la alta montaña donde “disfrute´” de mis mayores y más profundas sensaciones.

Cerca,  muy cerca de Pamplona, perdido por el monte; en el corazón del  bosque, mi compañero y yo a la fuga,  huíamos. Nos habíamos escapado del trato de prisionero, durante la prueba de la boina.

Siendo noche cerrada, no se ve nada. Oscuridad plena, robles y hayas tejen una tupida fronda, el denso follaje  impide caminar. Tropezábamos, pero el miedo cerval a nuestros perseguidores no nos permitía sentir mucho más. Caíamos rodando en la oscuridad cuando perdíamos pie, y todo el surtido posible de elementos vegetales espinosos, nos dedicaban su rubrica sobre la enmugrecida piel. 

Atravesamos una cerrada foresta, con idea de atajar hacia donde suponíamos que estaba el camino… y la libertad. Perdimos pie en un empinado terraplén y paramos de golpe. No hacía falta ser un águila para ver que no era seguro continuar. Nos dispusimos a pasar el resto de la noche;  siguiendo cuando empezara a clarear y pudiéramos ver algo.

¿Equipo? No teníamos nada, escapamos con lo puesto, excepto el chaquetón dos cuartos y poncho, que cada uno llevábamos en la mochila de combate. Carecíamos de lo mínimo esencial para pasar la noche en esa selva.

Por más que nos abrazábamos para darnos calor mutuo, no lo conseguíamos. Imposible. Ni siquiera logramos frenar la pérdida de calor de nuestros maltrechos cuerpos; y a la vez, de manera sorda, pero inexorable, la humedad roía los huesos. Pasamos una noche de frío terrible, no pudimos dormir, sólo aguantar y pasar el mal rato hasta que amaneciera.

Al alba, los primeros rayos de sol, aunque no calentaban,  mostraron un halagüeño futuro, estábamos muy cerca de un extremo del bosque. Nos miramos y extremando las medidas de precaución, en lo posible, salimos de nuestro particular “infierno”.

Cosas como esas, tan nimias en otras circunstancias, son capaces de hacerte llorar de la emoción al pensarte libre de tantas penalidades.


En esa línea,  recuerdo el tiro nocturno.

Era horrible si soplaba algo de viento. Mientras una línea de compañeros ejecutaba el ejercicio, los demás aguardábamos nuestro turno, más o menos, en formación: "Apretujados" los unos contra los otros, como hacen las ovejas en los rebaños, tratando de estar en el centro y huyendo del lado que soplaba el viento, evitando sus gélidos cuchillos. El chaquetón y el poncho en la mochila; solo el traje de faena, el de algodón, nos “protegía” de la inclemencia. Y por supuesto sin guantes… ¡Qué frío!

En Pamplona llovía todos los días, era casi una máxima. Ello no era impedimento para que hiciéramos la instrucción. Poco a poco nos íbamos acostumbrando al frío, la lluvia, y sobre todo al barro, mucho barro, por todos lados; incluso dentro del maltrecho uniforme. ¡Y pensar que hay gente que paga por que los embadurnen!

De repente el mes de Julio y el calor. Y lo bueno pasa como siempre…rápido.


En Septiembre iniciamos las maniobras de vida y movimiento en montaña estival, en BelaguaSe suponía que todo nuestro entrenamiento estaba encaminado hacia esos ejercicios.

Practicaríamos lo aprendido para poder evolucionar en alta montaña por primera vez. Pensábamos que sería muy duro, ...y así fue.

Aunque hay días peores que otros, algunos superaron todas nuestras expectativas y dejaron huella en la memoria desde entonces.

El momento cumbre, el de mayor frío que sufrimos fue cuando estuvimos encerrados en las tiendas de campaña, por casi 24 horas, a causa de torrenciales aguaceros. Las tiendas se calaron, todo estaba mojado, y solo podíamos hacer una cosa, meterte dentro del saco de dormir y comer.

Por fin llego la mañana. Si esperábamos una tregua de los elementos fue una vana ilusión.

Rozábamos los 2.000 metros, y a las 7 de las mañana, hacia frío, un frío de "cojones", y lo único que estaba seco eran nuestros calzoncillos y camisetas, lo demás, empapado. De esta guisa tuvimos que ponernos los uniformes, totalmente mojados.

Fue una sensación de frío similar a la que ocurre en el mar, cuando quieres meterte en él, pero el agua está helada. Entre temblores y tiritonas nos pusimos los uniformes, y levantamos las tiendas. Rehicimos mochilas, nos ajustamos el equipo e iniciamos la marcha. “Milagrosamente”, a los 30 minutos, ya estábamos secos. El calor de nuestro cuerpo, debido al esfuerzo, hizo de secadora.


Arrancó el invierno. Seguía lloviendo a diario, pero al menos ya podíamos vestir el uniforme hidrófugo, de lana, muy cálido, pero que picaba una barbaridad. ¡Ojo, si no te ponías la ropa interior de invierno, la siguiente ocasión no se te olvidaba,...seguro!.

Contábamos con unos calzoncillos largos y camiseta, también de manga larga, ambos recios. Además teníamos un chaleco acolchado, que era muy socorrido y útil. Aunque ya estábamos extraordinariamente aclimatados al frío, la ropa interior de invierno, en mi caso, no me la quitaba nunca, sólo cuando hacia la instrucción. Tampoco la lavaba, para que cogiera “solera” y abrigara más. Igual es ser un poco guarro, pero en Pamplona hace mucho frío en invierno y cualquier truco vale para conservar el calor.


En Enero cayeron las primeras nevadas y el frío de verdad, el que hace que te duelan las orejas.

Las formaciones de diana llegamos a realizarlas a temperaturas de menos 13 y menos 19 grados y, según el oficial de guardia, no podíamos ponernos el abrigo dos cuartos, ni los guantes, ni la braga tubular que podía cubrir nuestra boca y orejas.


Para ir a Pamplona de paseo, recuerdo que me llevaba las botas, pero la salida y entrada al cuartel había que hacerla con zapatos. Vestía el abrigo tres cuartos, pero no permitían llevarlo con las solapas subidas, y tampoco llevar la braga para protegernos la cara. Un suplicio. Sobre todo cuando volvías por la noche al cuartel, con viento y nieve espabilándote.

Las guardias.

El cuerpo de guardia contaba de dotación con manoplas para el frío y unos gruesos capotes. El periodo  en las garitas se reducía de dos a una hora. Como era Cabo, no tenía que hacer puesto, pero si recorrerme el cuartel infinidad de veces, para hacer el relevo.

Lo mejor de esas guardias, “el carajillo”. Todas las noches, la guardia era reforzada con tan poderosa bebida.  ¡Cómo nos arremolinábamos frente al tanque de carajillo, cuando era traído al cuerpo de guardia! Algunos cumplían el servicio con un pelotazo de aúpa. Si hubiéramos sido atacados en esas noches, no sé qué habría pasado…


Otro de los momentos gélidos,  era cuando te tocaba la patrulla. Recuerdo recorrer el pueblo de Ezcaray  de madrugada, sin gente. En silencio absoluto, solo roto por el crujido de nuestros pasos sobre la nieve. ¡Qué sensación!


Llegaron las maniobras de vida y movimiento en montaña invernal, Belagua otra vez.


¿Pase frío?

¡NO!

Gracias a Dios, no sufrimos ninguna tormenta y pudimos finalizarlas sin mayores contratiempos. 

Dormir en un iglú, o una zanja en la nieve, es una gran experiencia, un poco húmeda, pero no se pasa frío. El viento provoca que la sensación térmica sea de desplome del mercurio en el exterior, pero dentro del iglú, la temperatura no baja de cero grados, "ni frío ni calor".

El refugio de Belagua estaba muy bien acondicionado y fue nuestra salvación. Poder ducharte con agua caliente, o hacer tus necesidades cómodamente, después de una dura marcha, no tiene precio.

Mucho peor lo tuvieron los reemplazos anteriores, cuando aún no estaba terminado el refugio y tenían que alojarse en las cuadras, o bajo unas lonas; y debían hacer las necesidades en un cortado de la montaña, a la intemperie.

Tuve suerte después de todo.


Recuerdo una terrible marcha por inmediaciones del monte Orhi:

Empeoró el tiempo, como sólo es capaz de hacerlo en la montaña: de manera rápida y drástica. La ventisca azotaba nuestro rostro. Nieve y  niebla impedían un veloz desplazamiento. No nos perdimos, pero las condiciones meteorológicas reinantes obligaban a tomar decisiones rápidas y efectivas. En la alta montaña, los errores se pagan caros. El Teniente al mando de nuestra sección optó por lo más sensato y perdimos altura poco a poco. Aparecimos al otro lado de la frontera, en Francia. 

La noche se nos echaba encima y no nos quedó otra que refugiarnos en el túnel de Larrau, paso entre los dos países y antesala del monolito a nuestros veteranos, fallecidos en similar marcha hace muchos años.



Vestidos y tras haber ingerido algún alimento, helado,  nos arropamos empapados. En los sacos,  haciendo círculo con las cabezas en el centro y las mochilas en el perímetro, para  protegernos del viento helado que hendía el túnel. Éramos como las porciones de quesitos  en su envase, uno pegado al otro sin un solo hueco en el que pudiera entrar el gélido soplo. Culo con culo encajados los sacos de dormir de unos con otros, sintiendo el aliento en tu nuca. Si uno se movía provocaba la bronca de todos los demás.


Las condiciones exteriores habían mejorado con el alba, pero la temperatura no se había alzado demasiado. Además el aullante viento no nos había abandonado en toda la noche, impidiendo descansar a algunos, por supuesto yo, ni me enteré del agotamiento que llevaba.  Menos mal que Ori, Tuca y  Kisy, nuestros perros, mantuvieron el tipo arremolinados entre nosotros, pero como "esquiatas" de pura cepa, con un ojo siempre abierto, los mastines siempre en guardia.


Al día siguiente, temprano, apareció una patrulla de la Guardia Civil que nos preguntó:

Pero, ¿Quiénes son ustedes?

Imagino que estaban alucinando con semejante grupo vivaqueando en medio del túnel. 


Aquellas duras maniobras nos enseñaron que el frío no era la única de nuestras penalidades.

La mochila, pesaba tanto, que no podías ponértela tu solo;
y los regresos al refugio…¡Cuánto llorábamos al hacerlo!

Con la licencia volví a mi tierra, donde la menor temperatura son los 14 o 15 grados de un invierno suave. Recuerdo en Semana Santa, donde todo el mundo iba muy abrigado y yo, en manga corta. Me miraban asombrados y decían:

“Pero quillo, abrígate que te vas a quedar helado””¿Dónde has dejado el abrigo”

Entonces me cogía la oreja e intentaba buscar algún jirón de pellejo, y  con una sonrisa les decía:

“El abrigo…el abrigo lo he dejado con la piel de mis orejas, en Pamplona, en la Compañía de Esquiadores Escaladores”.

Definitivamente, ¡hace frío cuando te duelen las orejas!


J. Florencio, 2º/84

Kepa San Blas, 2º/87


















18 dic. 2017

Día de la Patrona 2017


La celebración del Día de la Patrona, la Inmaculada Concepción, el 8 de Diciembre, ha estado marcada por la repentina e inesperada muerte de D. Ángel Atarés, General de Brigada y nuestro último Capitán.

Como veteranos de la Compañía de Esquiadores Escaladores de Pamplona, fuimos invitados a los actos que se celebraron en el Cuartel de Aizoain, Navarra, por el Regimiento América 66, del que D. Ángel Atarés fue su Coronel Jefe.

Poco antes de las once acudimos al cuartel,  y tras identificarnos en el cuerpo de guardia accedimos al interior. 

Allí nos reunimos según íbamos llegando. Desde diferentes puntos de la geografía española convergen los compañeros. Abrazos y palmadas en la espalda corroboran nuestra camaradería fuera del tiempo, (cada uno pertenecemos a distintos años y reemplazos), y el espacio, ( venimos de distantes  lugares de España). No existen diferencias entre nosotros,  somos camaradas de la Compañía, sin importarnos ningún otro detalle. Algunos han acudido con sus parejas, incluso con sus hijos.


En un momento, localizo a nuestro antiguo "Sargento" Lara. Le agradezco en nombre de todos las gestiones y facilidades que nos ha dado para estar allí. Anda en labores de organización del evento,  y le solicito pida permiso para hacer entrega de un ramo de flores en memoria de nuestro último Capitán, al Mando pertinente.

Con él, tengo el siguiente  diálogo:

Nos gustaría poder poner un ramo de flores en algún momento de la  misa en homenaje a los Caídos, o en el acto castrense. 

No te preocupes, tu colocarás la corona.

No, me refiero al ramo que hemos comprado para el General Atarés, no hemos comprado ninguna corona.

Sí,  sí...no hay problema, pero tú portarás la corona.

Se me quedó una cara de poker...

Imposible desobedecer a un antiguo Sargento de Esquiadores. Ni antes, ni ahora. Al que además, casi reverenciamos, así como a la muchos de los que nos tutelaron en el servicio militar obligatorio. Es imposible  rechazar, de ninguna de las maneras, semejante honor en tan importante acto.

Coincidimos con el "Sargento" Pascual al que de manera afectuosa saludamos también.

La gente entra en el recinto y pedimos al "Pater" depositar el ramo de flores delante del altar. Accede  a ello y varios niños, hijos de veteranos, con la ilusión de los inocentes, lo ponen. 

Días antes, algunos compañeros, subordinados del General con el que coincidieron en la "mili", pidieron poder entregar el ramo, pero pensamos que era más apropiado y tierno que lo hicieran unos niños, hijos de los que en su época disfrutaron de su presencia, y mando.

A las once en punto, en la capilla del cuartel, da comienzo la misa. 

En ella recuerdan al General Ángel Atarés, así como al resto de Caídos. Y es en ese momento,  cuando el "Pater" tiene el grandísimo detalle de nombrar a los Veteranos y el ramo.


La ceremonia transcurre tranquila y cuando, acaba salimos al patio de armas "Subteniente Casanova". Ahí se celebrará el acto castrense.

Nos colocan en las zonas acordonadas al efecto y un Mando, encargado del protocolo nos informa del mismo. Aparecen las diferentes compañías del Regimiento América 66 y forman tras sus banderines.


Un Teniente General pasa revista a las tropas, saluda a la Bandera del Regimiento y cede la palabra, al encargado del discurso. En él se ponen en evidencia los valores y características del sacrificio que implica el cumplimiento del deber, en estas inciertas fechas. 

A continuación, entonamos " la muerte no es el final" para recordar a todos nuestros compañeros ausentes. 

Luego se realiza la entrega de condecoraciones a los profesionales acreedores de ellas, por diferentes motivos. La Subdelegada del Gobierno en Navarra y varias personas más, se encargan de fijar en esos henchidos pechos, los alfileres de las medallas.


Después llega la colocación de la ofrenda en el monolito a los Caídos. Me indican que acompañe al Coronel y a otra persona, con la que pondré la corona. Atravesamos el patio de armas hasta recogerla de manos de un soldado esquiador escalador y de un cazador de montaña que la sostenían. Una vez recogida, la colocamos delante, en el lugar indicado y nos mantenemos en firmes delante, escuchando el himno y saludando.





Un piquete de honor dispara una salva en el momento álgido.



Al rato, las unidades que han participado en la parada desfilan delante del cuerpo de guardia, rindiendo honores a la Bandera y saludando a las autoridades presentes. 



Finaliza la celebración formal y vamos a hacernos unas fotografías al lado de la cafetería, delante de la placa que colocó nuestro último Capitán en recuerdo de todos los que servimos en la Compañía de Esquiadores Escaladores en cualquiera de sus nomenclaturas. 

Es allí, donde sentimos un  mayor recogimiento. Es allí donde unos antiguos soldados de la Compañía agradecen de corazón el que nuestro amigo Ángel, nos recordara a todos los que pasamos por dicha unidad. 



Mientras disfrutaba de salud, incluso cuando ya estaba enfermo de gravedad, veló por nuestro colectivo. Facilitó,  cada vez que estuvo en su mano, nuestra relación con el estamento militar, y logró favores que todavía estamos preguntando cómo los consiguió.

En nuestro primer encuentro, posibilitó la visita, a la que fue nuestra casa durante un año. Allí pasamos el día, e incluso pudimos dormir tal y como lo hicimos antaño. Nos pasó revista delante del cuerpo de guardia, en la que dijo ser una de su más especial formación, al amanecer; y compartió con nosotros ilusión , e imagino sorpresa por el interés y compromiso, pasados tantos años.



Luego, en un emocionante acto, en presencia de Veteranos de los Veteranos, al que acudió incluso el General Palacios y compañeros coetáneos suyos, víctimas de la infausta marcha de Larrau, se impuso un ramo de flores en recuerdo de tantos, y tan esforzados soldados. Como consecuencia de su fallecimiento  un sentimiento de soledad, una cierta orfandad se  ha instalado en nuestros corazones.

No me extiendo más en recordar lo que ya, contamos sobre aquel encuentro en su momento, pero necesito reafirmar la solemnidad y cariño con el que recordamos al que fue nuestro último Capitán, y nuestros veteranos.

Más tarde entramos en el comedor para degustar un vino y unos canapés, en compañía de todo aquel que quiso abonar los cinco euros preceptivos para ello. Todo hay que decirlo,  abundante y apetitoso en aquellas horas lejanas de los desayunos de algunos. 

Departimos con militares profesionales,  civiles, policías nacionales,  guardias civiles y familiares. Nos hicimos fotografías entre nosotros, y de manera sorpresiva, con diferentes personas muchas de ellas a las que no conocíamos, pero que se interesaron por nuestra identidad.




Al vestir el forro polar que adquirimos para ir todos iguales a los eventos planificados, y nuestra sagrada boina, nos distinguíamos, motivando la pregunta:  "y vosotros, ¿quienes sois?"

Entonces alguno les susurraba al oído quienes éramos, y se acercaban sorprendidos.

Y quedó constancia, una vez más, de la capacidad de los "esquiatas" para conservar su antiguo poder de atracción para con el otro sexo...

Bueno,  tras muchas fotos, presentaciones y canapés, abandonamos el comedor, y al otro lado del patio, en el monumento a los Caídos , donde reposa la placa conmemorativa con los nombres de los fallecidos en Larrau, decidimos hacernos una foto de grupo. 



Muchas más fotos después, apareció un Mando que antes de decirnos quien era, nos comentó que había estado en la Compañía. Le miro con detenimiento. Había cambiado como todos, pero... ¡joder! esa mirada la reconocí: aún quedaba en sus ojos reminiscencias del cañero Teniente de Esquiadores que fue, nuestro antiguo Teniente Mesa, que cuando nos vio, no lo pudo evitar y quiso  fotografiarse con nosotros. ¡Cómo pasa el tiempo!

Nos despedimos de nuestro "Sargento" Lara y algunos más, y dimos por finalizada la visita.

Montamos en los coches y salimos del acuartelamiento con un grato recuerdo por el trato recibido hacia nosotros y nuestras familias. Luego buscamos una cafetería, ya sabéis, para hablar de nuestras cosas, contar batallitas y preguntar por los que no han venido, pero eso ya es otra historia.

Posdata: Antes de acabar, me gustaría mencionar  varias cosas: 

En primer lugar, agradecer de corazón el trato recibido para con nosotros y nuestras familias en dicho acto. El Coronel Jefe del Regimiento y toda su tropa lograron que nos sintiéramos en casa, tiempo después. La deferencia que tuvieron al invitarnos, intentamos corresponderla con nuestra presencia y predisposición para cualquier colaboración.

En segundo lugar queremos agradecer al Coronel Jefe del Regimiento América 66, permitir despedirnos de nuestro último Capitán, el General Dn. Ángel Atares, en tan importante acontecimiento, habiendo significado mucho, para nosotros, el invitarnos a participar.

Y finalmente, como no podía ser de otra manera, haber dado la oportunidad de participar activamente en el acto a mi personalmente y representando a todos mis compañeros, un honor que no olvidaremos  y transmitiremos con orgullo al que nos quiera oír.

Muchas gracias por todo y un fuerte abrazo.


¡LA MONTAÑA NOS UNE!





General D. Ángel Atarés Ayuso.

In memoriam.







2 dic. 2017

Fallecimiento de D. Ángel Atarés Ayuso


Don Ángel Atarés Ayuso, General de Brigada, DEM, y nuestro ultimo Capitán,
ha fallecido el día 2 de Diciembre de 2017 a la edad de 56 años.

Desde aquí, los veteranos de la Compañía de Esquiadores-Escaladores
de la División de Montaña "Navarra",
 queremos expresar nuestra gran tristeza y pesar por su perdida.

También queremos consolar a la familia en estos difíciles momentos.

Ha muerto un gran militar y mejor persona.

Los veteranos nunca olvidaremos lo que hizo por nuestra Compañía.













Alocución del entonces Coronel Átarés
a los asistentes al acto de Larrau,
el 24 de Octubre de 2014

Mi General:

El once de noviembre de 1994, pronto hará veinte años, finalizaba la Compañía de Esquiadores Escaladores 51 la última actividad en montaña de su historia, con un acto de Homenaje a los Caídos en este mismo lugar. Aquí, frente a la placa que recuerda el supremo sacrificio de un Cabo y tres Soldados de nuestra Unidad, apenas medio centenar de hombres y un solitario corneta, recitábamos la Oración del Montañero.

Ese día, me dirigí a aquellos emocionados soldados de reemplazo para hacerles ver que allí estábamos todos, los mismos de siempre: Un puñado de hombres jóvenes e ilusionados, perdidos del mundo entre el frío y la niebla, pero con el corazón ardiendo de amor a España y a la montaña. Los amantes del riesgo y la fatiga; los de ojos alegres abiertos al abismo y el pecho ensanchado al aire helado de las cumbres; los del “no importa” siempre en los labios, porque la ruindad de nuestro mundo se quedaba abajo, en el valle.

También les dije que terminaba la andadura de una Unidad, que desaparecía un nombre y un número en el organigrama de nuestro Ejército, pero que nuestro espíritu no desaparecería jamás.

Y hoy, emocionado por el privilegio que se me otorga como último Capitán de la Compañía, os repito lo mismo a vosotros, antiguos componentes de la Compañía de Esquiadores Escaladores Paracaidistas de la División de Montaña Navarra 62 del viejo cuartel de Pamplona, a los de la Compañía de Esquiadores Escaladores de Estella y a los más jóvenes de la Compañía de Esquiadores Escaladores 51 de Aizoaín. Ese espíritu forjado en la dificultad, es el que os ha traído hoy aquí y es el que anima a los muchos que nos dejaron y a los que el desconocimiento de este acto, el trabajo, la enfermedad o la lejanía, han impedido estar con nosotros.

Por pequeña que haya sido nuestra Unidad, el Ejército no podía dejar en el olvido el esfuerzo y sacrificio, incluso la propia vida, de los que sirvieron en nuestras filas. Por ello el Mando dispuso que fuera nuestra Compañía gemela, la entonces Compañía de Esquiadores Escaladores 41 de Viella la que recogiera y guardara nuestro Historial.

Ninguna otra unidad mejor. Nacidas el mismo día, con idénticas misiones, una desaparecía pero se abría un prometedor futuro para la otra.

Esa Compañía es la misma que hoy, con el número 1 e integrada en el legendario Regimiento de Cazadores de Montaña Galicia 64, conserva y aumenta el prestigio de las unidades de esquiadores escaladores del Ejército Español.

Hoy forman aquí, con nosotros, trayendo consigo nuestro histórico Banderín. Junto a ellos, la Sección de Reconocimiento, esquiadores escaladores del Batallón Montejurra, con la que tantos años compartimos cuartel y sana rivalidad.

Reunidos de nuevo en este simbólico lugar, vamos a rendir homenaje a nuestros cuatro compañeros que justo hoy hace cincuenta años, entregaron aquí sus vidas en el cumplimiento del deber. Nos acompañan algunos de sus jefes y compañeros en aquella dura jornada. También están aquí con nosotros, familiares de uno de ellos, el soldado Manuel Pérez Pérez, a los que junto a nuestro agradecimiento por el esfuerzo realizado, queremos testimoniar todo nuestro cariño y reconocimiento.

Mi General: No podíamos haber imaginado un escenario mejor para recordar nuestra inolvidable pequeña gran unidad, ni para homenajear a nuestros caídos. Por ello este puñado de veteranos, y sé que hablo por todos ellos, quiere manifestar su más profundo agradecimiento a la Jefatura de Tropas de Montaña “Aragón” número 1, por hacer posible este acto. Sólo esperamos que por el bien de España, el acierto del Mando siga manteniendo en el futuro unidades de montaña en nuestro Ejército. Si hace falta, aquí hay un puñado de voluntarios. Muchas gracias.














Algunas de las  publicaciónes de "nuestro Capitán" cuando era Tnt. Coronel:





In memoriam de Ángel Atarés Ayuso

Hace pocos días, bajo el cielo limpio y frío de Jaca (Huesca), despedimos a Ángel Atarés Ayuso, General de Brigada del arma de Infantería, cuya patrona, la Virgen Inmaculada, honramos en estas fechas. Falleció el 2 de diciembre en Madrid, a los 56 años de edad, cuando la muerte, sin previo aviso, vino a llamar a su puerta.

Los que le conocimos sabemos que Ángel hizo del amor a su familia y al servicio a España los motivos principales de su vida. No en vano, tuvo en la figura de sus padres dos magníficos ejemplos de vocación de servicio a los demás.

Ninguna imagen tan sobrecogedora como la de María Luisa Ayuso, su madre, arrodillada junto al cadáver de Juan Atarés, su padre, general retirado de la Guardia Civil, al que los sicarios de ETA acababan de rematar en el suelo del parque de la Ciudadela, en Pamplona, un 23 de diciembre. Pero esa imagen también nos mostró la propia cara de las almas buenas, esas que son incapaces de transmitir odio porque la fuerza de su fe se lo impide. Así, con esa valiosa herencia recibida, Ángel sintió y vivió su vocación militar, ejercida durante un buen número de años en tierras de Navarra y los Pirineos.

Como soldado de Infantería destacó por su sencillez, su alegría y su firmeza; así se hizo querer y respetar en todos sus destinos. Ganó su prestigio a base de esfuerzo, honestidad y buen trato, haciendo buenos aquellos versos de Calderón sobre la milicia: … “porque aquí a la sangre excede el lugar que uno se hace, y sin mirar cómo nace se mira cómo procede”... Así, con el deber cumplido y
dejándonos entre nosotros el consuelo de su memoria, descanse en paz, mi general.

Manuel Sierra Martín, Coronel de Infantería.