13 abr. 2014

El Rescate


...o, lo que nunca debió ocurrir

¿Papá , qué es esto?. Dice mi hija cogiendo un paquete oculto en el fondo de la caja de cartón.

Aquel que disfrute de una familia es consciente que tiene que hacer sitio en su hogar.

Renunciar a espacio vital para ser llenado por seres pequeños, egoístas y maravillosos.

Seguro que puedes tirar algo, esas cosas inútiles que guardas tanto tiempo. Maquina mi mujer. Una vez más mi mirada, en erupción, hace medir sus palabras.

La cuidadosa forma en que está envuelto, en una bonita tela, despierta expectativas. Dentro otra caja, esta vez de latón,  llama la atención más  todavía. La niña no puede resistirse. Yo me arrimo.



Cuando la abre doy un respingo. ¡Mi Boina!.  No me explico como la ha encontrado. Desde que entré en ese grupo de locos nostálgicos, de compañeros de armas y de experiencias, veteranos necesitados de compartir, he intentado localizarla, pero ha sido imposible. ¡Y mira que he revuelto!.

Estamos limpiando el trastero.

Es una boina, mira me la pongo.

¡Qué chula!. ¡Déjame a mí!. Sin concesiones a la veneración que me impone,  la viste como un  juguete más.

Miro a mi hija con ella puesta y no puedo más que pensar ¡cómo pasa el tiempo!. Se queman etapas, nos consumen.

¿Qué tiene ahí?. Algo se le cae. El distintivo de Esquiadores. ¿Qué es esto?. Se refiere a lo que llamábamos el cangrejo. Ni me acuerdo cuando lo envolví en ella.

 ¡PARA!, ¡qué lo vas a romper!!. Intento impedir el sacrilegio.

Aún teniéndolo yo en la mano, pierde todo interés cuando ve otra cosa que parece reconocer.

Mira, como lo que tengo para ir al cole. No veo lo que ha cogido hasta que no se gira con ello.

¡Ves, otra porquería! ¿Para qué quieres eso?

Cuando advierto  lo que es se lo quito rápidamente.

 Tíralo de una vez, ¿no ves que se va a llenar de suciedad la niña?

Es de lana, y parece bastante ajado. De color verde. ¿Verde militar?. Espera...

Entonces lo reconozco.

La niña parece estar ocupada entre los embalajes, donde ha descubierto una muñeca vieja. 

Se queda mirándola y la adopta. Tiene para rato.








Mientras tanto miro la prenda y afloran los recuerdos. Absorto, no presto atención a mi mujer que me llama varias veces, al final se acerca.

Me conoce demasiado para no advertir que algo me ha sucedido.

¿Qué te pasa? Levanto la cabeza y la miro. No puedo creerlo. ¡Está aquí, en mis manos!

¿Qué tienes?, ¿qué es ese trapo? Mantengo mi vista en sus ojos. Creo que la asusto.

Viene hacia mí y me agarra del brazo. Empieza a apreciar que la razón del cambio en mi actitud está frente a ella, en mis manos.

No se atreve a quitármelo, ni quiere romper el silencio.  Sus ojos me interrogan.

Finalmente vuelvo al presente y la informo :

Es un pasamontañas. De mi época en la "mili". No recuerdo quién me lo dio. Parece más aliviada, pero no suficiente para calmarla. Demasiado numerito para un trapo viejo de aquellos tiempos tan lejanos.

Cree acertadamente, que debe de haber algo más.



¿Así llevabas, con esa raya blanca?

No, no era mio, era de algún...Guardia Civil.

¿Ehhh?, ¿Y como llegó a ti?

Es una triste y larga historia. Ya te la contaré luego. Ahora no me apetece. 

Error. Si pensaba que así iba a apartar a mi mujer de la huella, no he podido estimular su curiosidad mejor. El subconsciente ha desmentido mi primera elección. Pensaba que era mejor dejarlo correr. Demasiado dolor. Los recuerdos, algunas veces me vienen y cuesta olvidar.

Ella, mostrando el tacto que algunas veces me falta, aguanta. Aunque  su rostro  expresa :

No te preocupes, en otro momento. Ya me lo contarás, pero...¡lo harás!

Decidimos acabar la saca de zarrios y volvemos al piso. Mientras organiza los futuros inquilinos del desván, hago la cena. Apila libros, ropa y enseres para cambiarlos de sitio. Serán retirados de la vida cotidiana, para intentar colocárselos a alguien a quien le sirvan mejor.

Mientras comemos, apenas intercambiamos palabras.

¡No la cojas con la mano!.Reprendo.

¡Pero es que la patatita no sabe igual!, argumenta la criatura. ¡Cuántas veces he hecho lo mismo!. No para, y yo sin ánimo de impedírselo.

¡Ha dicho papá que así no!. Mamá intenta imponer un poco de disciplina. Lo hace pero  me mira interrogante. No está acostumbrada a que ceda tan rápido ante la pequeña tirana.

Acabamos. Ayudo a recoger. Entre todos es mejor, más fácil y rápido. Así nos da tiempo a sentarnos un poco en el salón. Igual hasta podemos ver una película después de encamar a la niña

Un beso, papá. ¡Amaa , otro beso!.  Aparece hasta con el vaso de agua de rigor.

¡Venga enana, a dormir que mañana tienes que ir al colegio con tus amiguitos!

Otro beso!. Intenta cogernos la sobaquera, pero la experiencia es un grado.

¡Se acabó!, hasta mañana. Luz apagada, puerta entornada.

Nos sentamos delante de la televisión, entonces me fusila con esos ojos y pregunta:

¿Me vas a contar lo del pasamontañas?. ¡Cuéntame!

Sabe que algo extraordinario sucedió para que después de tantos años todavía me haga reflexionar.

Rompo a hablar.

Estábamos en Belagua, Navarra, en el nuevo refugio. Los días pasaban monótonos. Las marchas "foqueando" a las mañanas servían para liberarnos de la mordaza que suponían las odiosas guardias. Por lo demás era bastante llevadero.




¿Qué es "foqueando"?  Empieza a sentir curiosidad.

Es pegar  unas pieles de foca en la parte abajo de los esquís e ir haciendo como esquí de fondo.

¿Usabais pieles de foca? Imaginad la cara...

Eran sintéticas. Tienen pelo que al estar orientado hacia un lado permite el deslizamiento, pero en sentido contrario agarran en la nieve como un velcro. Permiten llegar casi a cualquier lugar sin bajarte de las tablas.  Después puedes descender esquiando.  Se adhieren con un pegamento que llevan incorporado al dorso. Es importante que  estén secos tanto el adhesivo como la superficie donde se pega, si no se desprenden y no sirven.

Parecía satisfecha y ... ¡aliviada!

Continué:

Toda  la semana habíamos tenido un tiempo de perros.  Dura en lo climatológico y en lo físico. Nada fuera de lo habitual en Belagua:  patrullas, servicios  y frío, pero mucho frío.

Estábamos estrenando alojamiento y a mi reemplazo le quedaba un telediario, así que lo llevábamos bien.

Los "conejos" ya eran muy veteranos y los “bisagras” habíamos aprendido a "volar bajo el radar".  Antes de acabar el edificio, dormimos en los establos primitivos mientras hacíamos custodia. Pero ahora, comparado con las anteriores estancias en la cuadra del refugio...estábamos de cine.

Ese día amaneció con un sol de justicia. Pegó fuerte hasta media tarde. Salimos por la mañana con el Teniente De Turiso y el Sargento Arguisjuela e hicimos una marcha suave, en plan relax.

Esquiamos y volvimos a comer.



Recuerdo que acabábamos de llegar. Dejamos el material en el guarda esquís y la ropa en los secaderos.

El potaje hervía en las marmitas invitando a saborear un rancho conseguido. El sabroso aroma entra por la nariz y hace gruñir las tripas. Nos damos prisa, el hambre espabila. Al sentarnos empieza a haber movimiento en el comedor de oficiales. Idas y venidas.

Seriedad. Se respira inquietud.

Salieron  el Teniente De Turiso y el Sargento Arguisjuela. Vinieron hacia nosotros . ¡Ni dieron tiempo a meter las cucharas en el plato!.

Comenzaron a nombrar  los agraciados. La lista estaba cogida con pinzas. Una semana  muy dura, había bastantes rebajados. Paco Aragón tenía unos boquetes en los pies que asustaban. Terribles rozaduras en los talones imponían las chancletas como calzado obligatorio para poder cicatrizar. ¡Las malditas botas San Marko! ¡Cómo mordían las fijaciones en la carne!.

Ordenaron bajar al guarda esquís...ya sabemos…¡¡A LA  PUTA CARRERA!!

Empezábamos a reconocer que algo extraordinario estaba  en curso. Aunque en la Compañía….



No tuvimos opción, ni duda. Pusimos la indumentaria mojada y a toda velocidad. Botines y guantes volvieron a empapar nuestras extremidades. Se dieron órdenes de no llevar armamento, sólo en cabeza y cola del destacamento. Algo insólito.

A  mi se me olvidaron las gafas de sol; cogí una conjuntivitis de elefante y ,desde entonces, las uso aunque no haga demasiado sol. Ahora ya sabes porque tengo la vista delicada. Me molesta aunque casi no brille. Es un peaje que tuve que pagar. Y he tenido suerte. En circunstancias tan extremas podía haber sido peor.

Continué con el relato:

Hasta que no estuvimos formados con el equipo frente a las dependencias, bajo la Bandera, no supimos el alcance de la alarma:

¡Un alud! Parece una cosa rara, pero con las nevadas que habían caído.... No había sitio para el bloqueo ni el shock. 

Sabíamos que el tiempo cobra en vidas.

Una gigantesca  avalancha había atrapado a un grupo de excursionistas. Uno de ellos había escapado hasta el refugio civil y fue trasladado hasta el destacamento de la Guardia Civil de Isaba. Allí puso en conocimiento los hechos. Algo más de una hora había tardado en dar la voz de alarma.

Toneladas de nieve habían cubierto a la agrupación  haciendo desaparecer a casi la totalidad de sus miembros.

Mi mujer empezaba a quedarse sin palabras (cosa rara en ella). Miraba como si no me conociera.

Seguí narrando:

Acabábamos de llegar y ya estábamos enfilando la montaña a toda velocidad. Nadie abrió la boca para decir nada. Habíamos recibido unas instrucciones y sabíamos que podíamos ser la única esperanza de las víctimas. Ya vendrá después la incertidumbre.

Lo primero es lo urgente, y estábamos fuertemente entrenados para ello.

Salimos dos pelotones (creo que no completábamos una Sección). Al mando iba el Teniente De Turiso y el Sargento. Arguisjuela.

¡Hacia lo desconocido, en manos de unos Mandos que no disponían, por la desorientación de la única víctima que logró salir  por su propio pie, de datos imprescindibles para no acabar mal!.

Al  principio nos mandaron hacia el Noroeste. Por lo visto uno de los chavales salió andando y llegó al refugio civil y de allí lo bajaron al pueblo. No tenía muy claro donde había sido así que íbamos un poco a ciegas. Avanzábamos  "foqueando".  A cada poco parada y radio.

El superviviente estaba describiendo a los Guardias la ubicación del accidente. Ellos, a través de nuestros equipos de comunicación, guiaban.

La cara de mi pareja empezaba a expresar incertidumbre:.

Al principio nos mandaron en dirección a Lakartxela y el portillo de Binbalet.  Demasiado al Norte...  al quinto pino.  Allí nos comunicaron que íbamos mal. Cuando llegamos a donde se suponía que tenían que estar, no encontramos nada. Más radio, cabreo de oficiales.

Estábamos desviadísimos.

El chaval había dado nuevos datos e hicimos más de dos horas de marcha forzada.



Continuamos hasta el collado de Ginbeleta. Para nada.

Entramos por arriba del todo, con el Sargento. Arguisjuela. Iba cabreado porque nos habían obligado a hacer un montón de kilómetros de más y decía: No vamos a perder altura, porque como se hayan equivocado otra vez nos va a tocar subir todo lo que bajamos.  Nosotros por si acaso...pegaditos a él...



Finalmente el Sargento cogió el mapa y marcó un punto bastante al Sur:

Tiene que ser aquí mi Teniente. Y  como profesional de la montaña, acertó.

Tuvimos que cortar por el barranco de Arrakagoiti, hacia el sur  ¿Y cómo?, pues por el medio, fuera de cualquier invisible senda, ¡el tiempo corría en contra!.



Nos enriscamos. Tuvimos que poner crampones y bajar una pala mixta de roca y hielo que…¡te los ponía de corbata! ¡Con las tablas y los bastones atrás!

Creo que fue el día mas duro de toda la "mili"...y puede que de mi vida.

Tardamos casi dos horas más en llegar por una ruta endiablada, umbría. Como suele ser habitual en esas condiciones, traicionero hielo en abundancia limitaba nuestra progresión.

Entramos desde la parte derecha del bosque, nos desplegamos a distintas alturas, algunos hasta se perdieron. íbamos entre árboles foqueando y, casi sin darnos cuenta tras un bosque, lo vimos.

Apareció entre las coníferas, por la parte alta del monte. Estaba la nieve manchada de ¿rojo?. Parecía... Y lo era. Abundante sangre. Nunca hubiera pensado ver eso en un teatro similar. Imaginas blancura infinita, un maremagnum. Pierdes la perspectiva y tienes que reponerte para volver a enfocar tu objetivo. Olvidamos el aturdimiento provocado por semejante contraste.

En ese tramo final nos habíamos dividido por patrullas, nosotros íbamos muy arriba. El tubo de alud era como un cortafuegos.  De unos quince metros de anchura y  medio kilómetro de longitud aprox. No se veían apenas árboles. Y con un gran fondo en forma de saco abajo, donde se desbordaba y detenía.

Habíamos llegado los primeros. Y los únicos. Iniciamos las labores de rescate por arriba. Aplicamos mecánicamente lo aprendido y entrenado. 



Localicé al primero de ellos. El rastro de sangre lo ubicaba en la nieve.

¡Ahí estaba el pobre hombre!. Semienterrado, semiinconsciente y adormilado,  tirando a azul. No hacía falta ser un lince para reconocer la gravedad. Estaba en la parte alta del tubo, a unos 20 o 30 m del corte en la placa que se veía bastante claro.

Estaba muy superficial, y aparentemente había bajado golpeándose con los árboles (seguramente eso le salvó ya que no se vió arrastrado hacia el fondo). Se veía mucha sangre. 

Lo sacamos. La fractura no era abierta aunque la pierna formaba un ángulo inverosímil. Tenía varios cortes, uno profundo en la cabeza, y no había hemorragia arterial aparente

Yo había recibido un curso de primeros auxilios con Doc así que llevaba la camilla.

¿Doc? Pregunta mi mujer.

Así llamábamos a  un compañero que había hecho medicina. Bueno, no sé si la había acabado. Me parece que no.

Seguí contando:

Mientras  armaba las parihuelas, con las tablas y bastones (la de tres bastidores), dos compañeros se ocuparon de vendarlo e introducirlo en mi saco de dormir. Cuando lo metieron gritó como si lo estuvieran matando. Lo subimos a ellas. En aquella época no llevábamos férulas hinchables en el equipo de la patrulla. Fue a raíz de ese día que se incorporaron, creo. 

Una vez tumbado, lo inmovilizamos con varios anillos convirtiéndolo en un bloque. Hablamos poco, solo lo necesario para el rescate. Ellos equiparon el descenso y yo lo aseguré a la camilla, la anclé y me anillé con el herido.

Ahí quedó tranquilo y ya no se quejó más, de hecho mientras bajaba con él tenía miedo de que muriese porque se iba adormilando. Le daba en la cara y me parece que lo llamé de todo para espabilarlo cada pocos metros.

Varias manchas. Miro a mi alrededor y los demás buscan desesperadamente supervivientes.

Lo que más nos preocupa era evacuar rápido porque el tiempo empeora de manera brusca. Aquí puede desequilibrar la balanza hacia la parca.

Es increíble en esos momentos lo rodado que sale todo, ni una voz sobre otra, rapidez y eficacia...supongo que nos habían entrenado bien.

La bajada fue un poco accidentada, Dimos varias vueltas. Cada poco le volvía a pegar un sopapo si veía que se quedaba frito. Me lo inculcó el Doc en las soporíferas tardes del cursillo, (por lo menos algo quedó).

Uno de los recuerdos más nítidos es que una vez sacado el herido, asegurado y montado el descenso (iba en camilla sobre mis tablas), fuimos bajando por el mismo desprendimiento.

Creo que era la excitación o el miedo, da igual, pero a voz en grito:

¡TENSA...CUERDA...TENSA...CUERDA!...y de pronto veo a mi lado al Sargento. Arguisjuela que me mira con cara de pegarme un tiro y me dice:

¡¡¡Estrada...tonto de los cojones!!!...¡¡cómo sigas gritando vamos a acabar todos como ese!!... El riesgo de avalancha no había pasado y ni siquiera era consciente de ello.

Así que de ahí para abajo susurraba:

Tensa...cuerda, tensa...Arriba ni me oían y bajamos dando más vueltas de campana que un Simca 1000 con el freno de mano trabado en la autopista.

Más abajo vimos otra patrulla con camilla haciendo lo mismo. Después llegaron civiles (supongo que desde el refugio) a la parte de abajo. Ayudaron con las sondas.

Antes de que me pregunte se lo explico:

Las sondas son unas varas largas y finas utilizadas para localizar personas enterradas bajo la nieve.

Asiente agradecida.

La línea de sondeo  avanzaba simultáneamente. Clavan despacio, hasta el fondo. Miran a un lado y al otro, esperan que acaben los otros rescatadores. En silencio, con la esperanza de escuchar o sentir un gesto de la víctima. Un instante. Otro pasito. Al unísono. Clavada y sentidos alerta.  No se puede dejar ni un centímetro sin revisar. Una tarea ingente, gigantesca y sin denuedo. Casi desesperada.

El Sargento Arguisjuela subió a recoger las nuestras para los de abajo. Y a fe que funcionó:

Alfonso de Mesa junto con varios compañeros encontraron y sacaron a otro herido.

Los últimos  en llegar fueron los de la Guardia Civil y sin equipo. Bueno, con una pala y una soga.  ¡Menos mal.

Desde el la base del alud llaneamos como 1 km. Al otro lado de un riachuelo estaban los Guardias. Me tuve que meter en el agua con las botas de esquiar, y hacer de puente para las camillas. Ni se movieron. Una vez al otro lado pasamos los heridos y muertos a las de mano. El mío se lo entregamos a tres o cuatro km de la carretera, a otra camilla ¡de mano! que traían y desde ahí ya evacuaron ellos.

Y es en ese momento cuando parece que te viene todo el cansancio encima. Al "acabar" el rescate.



Vi a algunos compañeros intentando poner las pieles de foca, secándolas con un mechero.



¡Misión imposible!.

Ya era de noche, empezaba a nevar fuerte. Me puse a desmontar la camilla, quité las lonas, los bastones. Había apretado tanto los bastidores que fuí incapaz de soltarlos, (estaban tan helados, como nuestras manos).

Así que me eché las dos tablas con camilla incluida al hombro, metiendo la cabeza entre los dos bastidores y comencé a andar detrás de la Guardia Civil. Hora y pico hasta la carretera, en subida y con nevada ya intensa.



Medianoche en la carretera de Isaba. Evacúan a los heridos, se llevan a los muertos. La Guardia Civil y los paisanos desaparecen hacia el pueblo.

Quedamos los de siempre: los primeros en llegar y los últimos en abandonar el lugar.

Esperamos los camiones. Ruido de comunicaciones. Radio. A la pastilla el Teniente DeTuriso.

¡¡¡JODER!!! Suelta el primer taco del día.  Desde las entrañas.




Arriba nieva muy fuerte desde hace rato y el Capitán no arriesga los camiones.

Echamos a andar carretera arriba. Reventados por dentro y por fuera. Muy lentos. En silencio. Triste senda.

Hacia la una de la madrugada, más adelante oímos gritos:

¡¡Ehh!!¡¡Traed, ya lo llevamos nosotros!! Eran los compañeros. Habían estado esperando en el refugio mirando por la ventana hasta que nos vieron aparecer. Bajaron como medio km. a recibirnos.

¡Ven!Paco Aragón me cogió prácticamente en volandas y me llevó al guarda esquís. Sí, el mismo que estaba rebajado de botas había salido a buscarme en chancletas por la nieve,  ¡¡con dos cojones!!.

Roberto recogió la mochila del Teniente De Turiso que no tenía fuerzas ni para entregarla.
Cuando llegamos al refugio la sensación era de no poder dar un paso más.

Por el camino nos iban retirando el equipo. Me siento en el banco, me quitan las botas (literal) y...sale de ellas un río de agua. ¡No las había vaciado!. ¡Me hice todo el tramo final con kilo y pico en cada pié!.

Al llegar nos dieron una especie de desayuno: un bocata, un colacao y galletas.
El Teniente. De Turiso me dijo:

Hoy te lo has currado Estrada.

El Sargento Arguisjuela nos felicitó a todos, el Capitán ni mu. Paco Aragón que estaba sirviendo a los Mandos mientras rendían cuentas al Superior (y tomaban sus colacaos), salió a informarnos:

¡Os están poniendo por las nubes!.


Alguno fue el fin de semana siguiente al hospital a ver los heridos. Incluso quince días después, un compañero se fracturó la pierna, y coincidió con alguno de ellos en el Centro Hospitalario. Los padres, cuando se enteraron de que estaba allí un participante en el rescate, agradecidos de corazón,  fueron  a verlo a la habitación y compartiendo unos dulces comentaron:

¡Si no llega a ser por vosotros…!




Al cabo de unos días fuimos conscientes de la realidad. No negaré el cabreo. Lo único que mencionaron después, sobre nuestra participación en el rescate, fue media línea al pié de un artículo del ABC y nada  más.

¡Cómo si no hubiéramos estado allí!

Pero la prensa ya se sabe, cuenta lo que le parece. Además en aquellos años el Ejército no era muy popular, y en esa zona menos.

Como anécdota te diré que mi saco nunca volvió... Me lo cobró el Brigada Carmona, de Plana  Mayor, cuando me licencié. Así son aquí las cosas.

Tras  la narración, ella se mantiene en silencio:

Sinceramente, el pasamontañas de la Guardia Civil, no sé cómo llegó a mis manos.

Tumbada en el sofá en posición fetal, con su cabeza recostada en mis piernas. Escuchando atentamente mi confesión.

Cuando acabo, sin decirme nada, se alza, me da un beso en los labios y abraza durante un largo rato.

Después, noto el calor de su aliento en mi cuello. Me susurra al oído:

No sabía nada. Nunca me lo habías contado, ni que lo hubieras  pasado tan mal.

Respecto al pasamontañas, espero que el Brigada Carmona, si se entera de esto, no venga a buscarte de nuevo y te lo cobre también.

Epílogo:

El accidente se produjo cuando una expedición de siete jóvenes del colegio La Salle de San Sebastián iniciaron la subida al pico Lakartxela. de 1982 m, desde el refugio civil, casi en  la frontera con Francia.







Sobre las 10h 30´ aprox. un formidable alud se tragó al grupo. A unos seis kilómetros aprox. de Isaba, más concretamente en un barranco del paraje denominado Arrakogoiti.

Parece ser que atravesaron una lengua de nieve. Con su paso la fracturaron provocando el desprendimiento y consecuente avalancha. Uno, prácticamente ileso, dio la voz de alarma en el refugio civil de Isaba.


Las condiciones climatológicas le impidieron llegar antes al socorro. Después, la desorientación del auxiliado, impidió acelerar las labores de búsqueda y rescate con la premura idónea para poder haber evitado algún fallecimiento. No fue capaz de ubicar correctamente el lugar y los equipos anduvieron largo rato sin encontrar el alud.

Finalmente hubo dos muertos y un desaparecido. Un perro adiestrado, pastor alemán, lo señaló en un lugar de imposible acceso. Fue encontrado al día siguiente  a una profundidad de seis metros bajo la nieve y engrosó la lista de muertos. Los otros cuatro tuvieron heridas de diversa gravedad, como fracturas de cadera, fémur, etc...Traumatismos varios.

En total tres fallecidos y cuatro heridos.

Nunca debió ocurrir.

Con las nevadas de los días anteriores y el sol de aquel día, el riesgo de aludes era muy alto. En este caso los chavales, de unos veintidós años aproximadamente, pecaron de inexperiencia o imprudencia. La mala suerte tiene poca cabida a este nivel. Cortaron por el tubo y se deslizó toda la placa superior sobre la de abajo (más dura).

Recuerdo que nos insistían mucho en los riesgos de ese tipo de días soleados, y horas inadecuadas. Debido a las diferencias de temperatura la nieve se compactaba en profundidad, haciéndose hielo prácticamente. Luego nevaba.

El calor afectaba a la capa superior comportándose de diferente manera, resbalando sobre la superficie interior helada. La misma situación se creaba cuando desprendía o cortaba una cornisa.

En primer lugar, comentar que todo lo contado en esta historia es rigurosamente cierto.

Solamente nos hemos permitido algunas licencias literarias para poder enlazar y situar en la historia los hechos.

Este relato emana de la necesidad de exorcizar el recuerdo de un participante en el rescate.

Hablando entre los veteranos del grupo, detectamos que uno de los nuestros estaba recopilando información para explicar lo ocurrido. Intentaba dejar constancia escrita del hecho y vimos que existía un vacío.

Mediante un diálogo entre distintos partícipes directos y veteranos colaboradores hemos intentado reflejar la realidad de unos Soldados de Reemplazo, arropados por sus Mandos naturales y  ubicados en unas circunstancias extraordinarias.

Su  preparación y sacrificio hicieron posible el rescatar con vida a varias personas.

Recordemos que ni siquiera habían comido y no tuvieron oportunidad de meter algo en el estómago hasta cuando llegaron sobre la una de la madrugada. Tras una mañana de trabajo  se acumuló un rescate “in extremis” a la tarde, poniendo en jaque las posibilidades de encontrar supervivientes y su propia resistencia física y mental. Una gesta, que en otros lares hubiera tenido diferente consideración.

Luego como siempre, otros se llevan la gloria. Pero no importa. Sabemos que la discreción es parte innata de nuestra labor. Nunca nos hemos ocultado, y donde era requerida nuestra presencia íbamos, aún a pesar de las dificultades que entrañaba nuestra tarea. Jamás preguntamos. Aquel que ha necesitado de nuestra ayuda, no hemos dudado.

Por otra parte sabemos de la ingratitud que supone este empleo. Lo asumimos con resignación pero con la cabeza alta y el orgullo intacto.

Que no se nos reconozcan algunos méritos nos duele, pero sólo se soporta, porque estamos seguros de que habrá gente, como los supervivientes del hecho y sus familias que saben que su Ángel de la Guarda viste de verde y lleva ... BOINA.

Un fuerte abrazo a todos los compañeros.

Especialmente a los que nos han hecho partícipes de una actuación destacada de nuestra Compañía que desconocíamos al detalle. Ellos son:

Enrique Tamargo, hoy dueño del pasamontañas mencionado.

Alfonso de Mesa uno de los que encontraron algún superviviente.

Rafa Copete que  coincidió en el Hospital con varios heridos, entre ellos del que se relata el rescate.

Roberto uno de los que junto a Paco Aragón bajaron desde el refugio a ayudar sus camaradas.

Debo recordar al Teniente De Turiso y el Sargento Arguisjuela, que con su comprobada profesionalidad y ejemplo hicieron que estos Soldados junto con sus Mandos fueran más allá del deber. No podemos ignorar que faltan compañeros no nombrados. También para ellos nuestro recuerdo y admiración.

También  queda un hueco en nuestra memoria para los profesionales del Ejército Español, herederos de nuestra labor, que siguen trabajando en situaciones similares a las descritas, aún en remotos parajes (Mali, Afganistán, etc.) y otras condiciones, pero siempre con valor, ejemplaridad y orgullo.

Y dejo para el final al compañero Chus Estrada, uno de los que sacaron con vida al herido descrito. Es de sus declaraciones de dónde ha aflorado este relato, el responsable de que todo esto haya salido adelante por su memoria y empeño.

Gracias de parte de todos.

En Bilbao, a trece de Abril de 2014.

Firmado : Kepa San Blas

Veterano de la Compañía de Esquiadores Escaladores 51/LI



Abriendo huella…

 Cualquier cosa que necesite ser modificada a vuestro entender, lo decís. Haremos lo posible para arreglarlo. Espero que os guste. Un abrazo.

No existen documentos gráficos del rescate, las fotografías que se muestran, la gran mayoría corresponden a ese Invierno de 1984 y muestran la zona de Belagua, tal como estaba en ese momento. Otras corresponden a otros lugares y épocas, pero sirven para ilustrar el trabajo y dureza en una unidad de esquiadores-escaladores.





4 comentarios:

  1. kepa.felicidades,se lee d un tiron..ameno.y lleno d emocion..gracias,por d alguna manera ayudarme a revivivr esos agradables..tiempos.un abrazo compañero..juan morgade

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    1. Muchas gracias, compañero. Me alegro que te haya estimulado sensaciones casi olvidadas.
      Un abrazo.

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  2. He leído tu relato y mis recuerdos han ido hacia atrás 33 años. Siempre quise hacer la mili en montaña. Ya que era algo obligatorio y una pérdida de tiempo, lo mejor era hacer algo que te gustase, pero cuando me toco en Vitoria, en Araca, pensé que iba a ser una mili como la de los demás, aburrida y contando los días que faltaban para terminar. Un día se presentó la compañía de esquiadores escaladores para captar voluntarios. No me podía creer la suerte que había tenido y no me lo pensé dos veces.
    Recuerdo esa etapa como de lo mejor de mi vida, las experiencias, la camaradería, los entornos naturales extraordinarios del valle del Roncal, el esquí en Valdezcaray, la escalada en el carrascal. También la dureza de los entrenamientos, (el primer día, de 80 nuevos, la mitad rebajados), todo el día corriendo, las heridas en los pies, debido a las ampollas, en las que se podían contar hasta siete pieles, una debajo de otra…. Aun así, la mili se me pasó volando.
    He estado está Semana Santa en Navarra y han venido a mi mente todos estos recuerdos. La verdad es que cuando uno vuelve de la mili, intenta incorporarse a la vida normal, y te ves envuelto en la vorágine de la supervivencia en la sociedad y vas olvidando aquella etapa, aunque es una experiencia que nunca se olvida. Cuando el vuelto, he estado buscando en internet intentado recordar donde estaba el campamento del Carrascal, y me he encontrado con el blog cia-escaladores y han vuelto a mis recuerdos todos esos lugares y nombres y me he encontrado con tu relato, que viví en primera persona. No te pongo cara, pero recuerdo ese rescate tal y como lo cuentas. El momento en el que el teniente entro en el comedor, casi sin habernos sentado, contando lo que había ocurrido y pidiendo voluntarios, la dureza física, las vueltas que dimos antes de encontrar el punto del alud, los rastros de sangre que bajaban por el tubo y el traslado de las víctimas en unas condiciones muy duras, calados por el paso de los arroyos y con una patrulla abre huellas, que iba casi a la carrera, a relevos, para evacuarles lo antes posible y llegar al cuartel extenuados pero con la satisfacción de haber hecho algo importante.
    De la gente de la mili no he mantenido ningún contacto, ya que no soy una persona muy abierta, pero después de muchos años y de no muy buena memoria, todavía tengo algunos retazos de esos momentos.
    Recuerdo al teniente Aranguren, al que tire muchas veces esquiando. ¡Joder Vázquez, otra vez tú!, a De Turiso, a Arjisjuela, a doc, que siempre era una persona tranquila y prudente, con el que podía mantener una buena conversación, al Ciri, que era de Vallecas, a Oriol que era de Vallbona de les Monges, y a Enrique Tamargo, que era técnico de copiadoras en Málaga y le gustaba escalar en Los Chorros, No recuerdo muchos nombres, pero todavía veo las caras de todos aquellos con los que tuve más relación, en esa experiencia tan importante e inolvidable que fue la compañía de Esquiadores y Escaladores.
    Si tienes fotos, te agradecería que me las enviases a vazismi@gmail.com
    Miguel Ángel Vázquez

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    1. Muchas gracias por tu carta, y en breve nos pondremos en contacto contigo. Un abrazo, compañero.

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