3 oct. 2011

MI PRUEBA DE LA BOINA

Todos los miembros de la Cia. EE. EE., tras un periodo inicial de instrucción, debían de pasar por una prueba de gran dureza. Dicha prueba no siempre era igual. En estos relatos, los veteranos nos cuentan como fue su prueba.






Relato de Juan Florencio, 2º/84
Ya llevábamos varias semanas con la instrucción, más dura de lo que imaginaba antes de llegar. Faltaba un día para la prueba, y esa mañana, me levante con una ampolla gigante en la planta del pie derecho. A pesar de ello hice la instrucción de aquel día y me apunte a botiquín para que me la curaran, por la tarde.
Estábamos formados para botiquín. Había más gente de lo normal. Llego el Teniente Clares y nos hecho una bronca de campeonato, “Si os creéis que vais a libraros de la prueba, estáis equivocados…”, más o menos. Mi pretensión no era escaquearme.
En botiquín me reventaron la ampolla y me vendaron el pie. Veremos si mañana  podre andar.
La Prueba:
Estuvimos toda la mañana de marcha, subimos al San Cristóbal y bajamos por la otra ladera. Llegamos a una pequeña  población, varios caseríos, en medio de prados y campos. Paramos en uno de los prados y allí comimos.
Ya me barruntaba que aquí seria donde empezaría la prueba. Y así fue. Empezó con un trato de prisionero, todos detenidos y amordazados por nuestros veteranos. Botas y calcetines fuera, pantalones bajados, boca abajo y atadura del cerdo. La atadura del cerdo se hace uniendo las piernas, manos y el cuello, con nudo corredizo, si intentas forcejear, te ahogas. A mí me la hicieron mal y me desate casi al instante. Intente disimular, aunque debería haberme escapado en ese momento. Al final se dieron  cuenta de la deficiente atadura.
Volvieron a realizar la atadura, y empezaron:  golpes, patadas, culatazos, interrogatorio puro y duro. Me puse a mil, y “algo” les dije a los veteranos y al teniente que estaba cerca de mí, aunque no puedo escribirlo. El teniente les dijo a los veteranos que me dejaran ya. Se fueron a por otro.
Pasada esta fase, teníamos que escaparnos y no dejar que nos volvieran a coger, pues entonces seria peor. Los veteranos estaban a la expectativa, deseando cogernos pues no habría mandos delante. Estarían a sus anchas.
Conseguí desatarme y tres compañeros salimos a la vez. Primer problema, buscar la botas en el montón. A final cogí una que era mía, pero la otra no. Todo esto a la carrera y con los veteranos siguiéndonos, nos dividimos, uno fue para un lado y dos nos fuimos para otro.
En un recodo del camino nos lanzamos bajos unos matorrales, a medio metro de la pista forestal. Llegaron los veteranos, pero no podían vernos. Estuvieron junto a nosotros un rato a ver si oían algo. Nada. Creo que del miedo que teníamos, ni respirábamos.
Se dieron por vencidos y se marcharon a otro sitio, pero nosotros no salimos del escondite. Estuvimos allí  (agazapados, sin movernos)  hasta el crepúsculo, cuando es más difícil distinguir algo. Dio resultado. Nos ajustamos mejor la ropa, calzado y equipo. Guarde el casco en la mochila. Emprendimos una marcha a través de un bosque. Por la pista era más fácil que nos cogieran.
Nunca más me meteré en un bosque a oscuras.
Fue un infierno. El suelo no se veía, los matorrales y zarzas nos dificultaban el paso (que bien hubiera venido un machete de esos para la jungla), arañazos por  brazos y manos. Así estuvimos andando bastante tiempo, hasta que nos caímos por un terraplén.
Ya dije que no se veía nada. Yo iba delante y el otro compañero detrás. De pronto caí como unos 2 metros, solo me dio tiempo a decir párate, pero el compañero también cayo; sobre mí. Menudo golpe. Intentamos seguir, pero no había forma, no se distinguía nada. Decidimos acampar hasta que fuera clareando. Así lo hicimos.
Nuestro único equipo para la acampada era el chaquetón 2/4 y el poncho de nylon. Que frío pasamos. Fue la noche de mas frío  de mi vida, ni en la alta montaña. Juntamos los dos ponchos e intentamos dormir “abrazados” para darnos calor, pero ni por esas.
Clareaba, aproximadamente las 6:00 se distinguía mejor. Resulta  que estábamos solo  a unos 50 metros de la salida del bosque, que tontos fuimos. Cogimos la primera vereda que vimos y estuvimos cruzando campos de labor hasta llegar a una carretera. Nos encontramos con más compañeros desperdigados. Aun teníamos que llegar al cuartel y pasar la pista con fuego real, menudo panorama después de la noche pasada.
Seguimos la carretera, sabíamos que por ella llegaríamos al cuartel, rodear la falda del San Cristóbal, más o menos estábamos cerca de la cota 565. Algunos coches se cruzaban con nosotros y los conductores se sorprendían, tan de mañana y estos tirados por aquí. Antes de llegar al cuartel, volví a ponerme el casco. Lo tenía guardado en la mochila de combate. Si lo perdías te caía una buena.
Por fin llegamos, estaban esperándonos, éramos de los últimos en llegar y ya empezaban a preocuparse. La tropa se había desperdigado mucho y estuvieron llegando poco a poco. Gracias a Dios, la prueba de la pista fue suspendida. Yo estaba rendido de tanta marcha y del frío, que fue lo peor. El pie en carne viva.
No recuerdo si esa misma tarde fue cuando nos entregaron la boina y el cangrejo. Todos formados en una de las pistas de deportes, con nuestros trajes de “bonito”, recogiendo la boina que nos entregaban, que ahora tampoco recuerdo si fue por parte de los veteranos o de los mandos. Al fin era miembro de la Compañía de Esquiadores y Escaladores.
Aun se me distinguen varias cicatrices, pequeñas, en los brazos, producidas por los arañazos de los matorrales y zarzas. Las botas quedaron con  toda la puntera, hasta los cordones, llenas de arañazos. Cuando recupere mi autentica bota izquierda, me encontré con dos botas diferentes. Una impoluta, la otra toda arañada.


Entrega de Boinas y "Cangrejos" en 1985



Vídeo que muestra la fase final de la prueba de la boina de uno de los reemplazos de 1986.