19 jul. 2014

EL PEZ


“Pescado al Pacharán”

Reemplazo 2º/ 83

“Así de tenue susurraba, entre la bruma de los reemplazos, la saga de unos veteranos esquiadores. Inadaptados al sedentarismo, peleones, si bien cumplidores y fieles  a sus pares. Borrachos y pendencieros,  los sentirás a tu vera cuando el viento role; porque esta estirpe JAMÁS te abandonará.”

Crónica narrada en  la “Epopeya del esquiador”.

¡Hace tanto tiempo!

Recuerdo y sonrío.

Inadaptados al sedentarismo

¡La de veces que la liamos! Sobre todo en días de soldada, (por cierto, de ahí viene el empleo).

La paga, seiscientas pesetas de la época, (unos tres euros y pico actuales) no llegaba para mucho, aunque juntando un fondo común, podíamos comprar cerveza. Incluso en ocasiones, probamos el  típico caldo navarro, el rojizo y cabezón Pacharán.

Nuestros jóvenes cuerpos, físicamente estaban en su plenitud. El programa de ejercicios y prácticas, acompañado del escaso rancho cuartelero, curtía los músculos. Por eso cuando consumíamos alguna bebida alcohólica, era extremadamente tóxica para nosotros. Además en el cuartel nos sentíamos desubicados, nuestro elemento natural era el monte. Y claro, a veces, muchas veces, se organizaba la marimorena.



Peleones

Esta vez ocurrió, debido a un suceso sin importancia para nosotros, como fue quitarles la mesa a unos "pistolos".

Por una razón u otra, llegamos tarde a la cantina. Quiero decir mucho después de su apertura y claro, todas las mesas ocupadas. Tampoco teníamos sillas y no era cuestión de quedarse de pie después de la zurra diaria. Mientras esos "soldaditos", sin habérselo ganado a nuestro entender, mantenían sus viles posaderas en “nuestras” sillas.

Con este tipo de comentarios se puede hacer una idea del concepto que teníamos de nuestros vecinos de acuartelamiento. Todo aquel que no llevara una boina en la cabeza era para nosotros un “pistolo”, un ser pre-humano y al que  todavía le faltaba un grado en la evolución.

Había que mantener un control sobre nuestras acciones, ya que al menor desliz éramos  “premiados” con el odiado pelote. En el pelotón de castigo te cambiaban la botella por el pico o la pala;  y no era cuestión…

El "Pelote", Pelotón de Castigo
Los mandos ajenos a nuestra unidad nos tenían ganas. Aprovechan cualquier excusa para martirizarnos y ejemplarizar al resto de la tropa.

Viéndolas venir, solíamos enviar a un “conejo”, (un novato) a conseguir suministros, evitando cualquier contacto indeseado y así esquivar el posible castigo.

En esta ocasión la situación desembocó en una pelea multitudinaria en el Hogar del Soldado.
Resultado: pelote para una veintena.

Sólo los advertidos y rápidos de reflejos, pudimos escapar. Y en eso éramos buenos.

Abandonamos la cantina del Regimiento como alma seducida por el Ángel Caído.

Nuestro agujero: la barbería de la Compañía. Más de una vez nos había servido de refugio para hibernar cuando era necesario. Allí pensábamos disfrutar de las diferentes bebidas alcohólicas obtenidas por nuestros conejos. Doy fe que lo conseguimos.


De pronto:

— ¿dónde están Rober, Ricardo y Rafa? ¿No habían salido con nosotros?— pregunto.

— Seguro que estarán cavando en el monte, Chus. Los habrán pillado.

Podía ser, porque yendo con Ricardo todo era posible. Tenía un “don” especial para liarla en cualquier situación. Aunque pillarle…era otro cantar.

Oímos pasos. ¡Nos habían encontrado!

Los siguientes sonidos, tranquilizadores.

Entre escandalosas risas y sonoras carcajadas, abren la puerta. Traspasan el umbral.  ¿Quién podía ser? Inequívocamente los tres ausentes.

— ¡¡¡JA,JA,JA,JA!!!— no pueden parar.

 Cruzamos miradas y les preguntamos:

— ¿Se puede saber dónde habéis estado?, nos teníais preocupados. Casi os quedáis a dos velas— por su embriagado estado parece no hacerles falta nada más. Tienen suficiente.

— Venimos de Artillería— es nombrar el Arma y comenzar de nuevo a reír incontroladamente

— ¡¡¡JA, JA, JA, JA!!!— Los tres al unísono. -¡¡¡JA, JA, JA, JA!!!

Nosotros con un puntillo etílico, pero el trío borracho hasta las trancas. Carcajadas sin sentido, contagian su cachondeo. Hacen que nos unamos al despropósito. Les repartimos vasos y continuamos libando el precioso néctar del Viejo Reino.



Cumplidores y fieles a sus pares

Unas firmes voces se escuchan:

- ¡No se puede pasar! ¡Sin permiso de nuestro Capitán no entraréis! — Era el Cabo Cuartel con su vozarrón. Al lado su otra sombra, el “cuartelero”.

Al parecer, un grupo de Policías Militares quieren violar el sacrosanto espacio de nuestra Compañía.  Intentan intimidar a nuestros  compañeros:

— ¡Quitad de en medio! ¡Tenemos que registrar vuestra camareta!— chillando y de muy malos modos.

— ¡Vamos Chus!—me incitan mis amigos.

En pocos minutos nos presentamos allí todo el personal disponible, ¡y con ganas de marcha!.

Puerta de la Compañía, a la derecha el Soldado Roberto
¡Para qué queremos más!

Comenzamos a concentrarnos en el acceso. Esquiadores de nadie sabía donde, brotaron. La barrera humana comienza a ser importante, como para ser tenida en cuenta.  Nadie queda al margen.

El Cabo de la P.M. amenazando, intenta arrimar el ascua su sardina.

- ¡Cómo no entremos haremos un parte y estaréis todos arrestados! ¡Cavaréis sin descanso hasta el final de vuestros días! ¡Y eso si lográis la “blanca”!

- ¡Quitad de en medio!—

Se refería al documento que acreditaba la licencia como militar del soldado de reemplazo.

Allí nos plantamos todos los compañeros.

El responsable de la patrulla policial, al escuchar silbidos se pone flamenco:

- ¿quién ha silbado?¡¡A ver, nombre!!

Si pensaba que así iba a amedrentar a un grupo de esta calaña, se equivocó. Había  echado gasolina al fuego.

Ahora aparte de los estridentes silbidos, unos gritos los increpan:

- ¡fuera pistolos, a la p… calle. ¡No merecéis pisar con vuestras botas el suelo de esta Compañía!

— ¡¡¡FUERA, FUERA, FUERA, FUERA!!!

El cálculo del policía militar, ni salía a su favor, ni le convencía. Eran legendarios los enfrentamientos de esquiadores, sus peleas. Y si en una cosa coincidían era que ganen o pierdan, las ostias siempre de campeonato.

La media docena de policías que habían venido, miran suplicantes a su superior. 

— “¡Menuda ayuda!", “¡Y la mitad de esos, borrachos!” “No, no voy a ser el tonto que desencadene la de San Quintín”. Debió pensar

Gira su cabeza y ve otros Mandos, Oficiales y Suboficiales que tras sus hombres se mantienen al margen sonriendo esperando un previsible desenlace.

Era lo último que le faltaba para claudicar.

- ¡Volveremos, me he quedado con vuestras caras! ¡Lo pagareis caro!

— ¡¡¡FUERA, FUERA, FUERA, FUERA!!!— Los gritos arrecian y camuflan algún que otro insulto:

- ¡Tontos, cobardes, volved, volved luego, os esperamos!

El rojo indignación del Cabo, contrasta con la palidez de sus subordinados. Como buenos soldados de Infantería optan por dar media vuelta y seguir avanzando, aunque ahora con el rabo entre las piernas.

Nosotros emulamos la maniobra y nos retiramos a nuestro cubil. Intentamos acabar lo que dejamos a medias.



Pendencieros

Roberto había conseguido varias botellas de licor en el economato de Suboficiales, ¡y no íbamos a permitir que caducaran!

Nuestros tres compañeros cruzan miradas intrigantes hasta que:

— Rober, enséñales la “pesca”. — dice Rafa.

— Eso, eso. Sácalo de una vez— le anima Ricardo.

Pensábamos que nos iban a obsequiar con otro regalo en estado líquido, pero flipamos.

— Mirad lo que hemos pescado. — Y saca de debajo de su chupita un objeto. Parece  de piedra.  Al principio no lo reconocemos.

— ¿Pero qué narices es eso?

— ¿Qué nos has traído?

— ¿No os suena?— su risa y las de los comparsas empiezan a subir de volumen.

— Pues no. Bueno, ahora que lo dices parece un pez — un destello en los ojos y una pícara sonrisa me reafirma en mis suposiciones — ¡parece el pez que hay encima de la fuente de Artillería!

— ¡Que había! — me corrige Rafa.

Lugar de los hechos
— ¡Joder!, ¿y habéis destrozado la fuente? ¡De esta no nos licenciamos en la vida!

— ¡Tranqui, tranqui, que va a rosca!— y nos enseña en la parte de abajo, el tornillo macho que copulará en la fémina fuente.

— Después de volver de compras, hemos hecho una paradita en el jardín de Artillería. Trago tras trago, llego a la conclusión de que… ¿quiénes son esos pistolos de Artillería para tener su propio jardín?, ¡y con fuente y todo!

La calenturienta mente de Rober empieza a desvariar dentro de su propia fantasía.

— Creo que nosotros sí, que nos merecemos algo así. Por eso he cogido lo que me ha gustado: el pez que corona la fuente.

Sin palabras nos ha dejado. Los ojos como platos. Encima sonríe orgulloso de la proeza.

— Bueno, pues seguiremos la fiesta— comento—al parecer la Policía Militar se ha olvidado del asunto .—“mejor para nosotros”.



Borrachos

Pasó la tarde y llegó la retreta. Los efectos del alcohol, más que patentes, impiden a algunos, mantener la verticalidad en la formación.

Fue demasiado para Chus.

— ¡PUMM!— aguantó como un león hasta el “¡rompan filas!”, pero no pudo más.

Varios compañeros lo levantan del suelo y suben las escaleras de acceso a la Compañía. Al pasar a la altura del Teniente De Turiso:

— ¡¡Estrada, eres un montón de carne borracha!!, ¡¡eres una mierda!!.

Sólo pudo acceder al interior de su dolorida cabeza cuando le condenó: 

— ¡¡una semanita de imaginaria de cuadra!!— entre la bruma del alcohol fue penado: el Mando sabía lo que le jodía.

Varios compañeros más, cayeron como cubas. Colmenarejo, después de la ingestión de una botella de Martini blanco de un trago, se derrumbó como un árbol talado.

El Cabo Cuartel estaba recién nombrado, un tal Bule, y sucedió que aún siendo más nuevo que sus veteranos, al tener un grado superior, tuvo que bregar con ellos para conseguir meterlos en el catre. ¿Cómo? Utilizando mucha mano izquierda; y… un poco más de mano izquierda.

Esa noche “Doc”, el médico, con la inestimable ayuda de un asistente, tuvo que emplearse a fondo y pincharnos varias dosis de B-12, vitaminas para revivir a los borrachos.

Al día siguiente diana.

—¿Dónde están mis botas?—Me agacho y miro debajo de la cama —¡aahhgg!—palpo mi dolorido brazo y reacciono al dolor con sorpresa —¿pero qué cojones..?

Lo veo. Un sucio tatuaje luce en mi extremidad. Parece una calavera, aunque hace falta  imaginación…

Busco con mis ojos al responsable en esas lides: un conejo de Baleares, creo que de Mahón. 

En ese momento viene a mi embotada memoria la imagen de las herramientas que utiliza: tres agujas atadas entre dos palillos. — ¡Horror! ¡Menudas carnicerías monta con esa mierda!

— Así es, artesanal cien por cien.

— Enano, ¿a ti también?— si tuviera fuerzas reiría, pero no es el caso. Ricardo luce otro, casi irreconocible graffiti.

— ¡Pues mira yo!— dice Roberto. Muestra la mitad de no sé que tatuaje. No puedo reconocer el dibujo, pero sí estoy en condiciones de afirmar que estaba inacabado, que era parte de algo.

¡Han aprovechado nuestra nocturna indefensión para tatuarnos, Dios sabe qué!, ¡han tenido mucho trabajo estos cabrones!

Tatuaje de Roberto

Tatuaje de Chus
— ¡No me lo puedo creer, voy a llegar tarde a formación porque no encuentro los gayumbos!— Roberto comienza a desvariar.

—Los tienes colgados del cuello, idiota— le humilla Ricardo.

Una vez todos formados, aparece un Capitán de Artillería. Se presenta ante el Teniente De Turiso:

— ¿Dónde está el soldado Roberto?, ¡lo quiero ante mí inmediatamente!— queda comprobado que los estuvieron vigilando en el parque. ¡Estos artilleros...!No tuvieron redaños de acercarse entonces.¡Y encima se chivan!

— ¡A sus órdenes, mi Capitán!— contesta.

El Teniente escucha al superior. Su contención impide mostrar gestos de sorpresa. 

Aguanta. Miran a Rober. Seguro que le pitan los oídos. No les oigo, pero apostaría mí soldada a que sé de qué hablan...

.Entonces De Turiso se le acerca y  pregunta:

— ¡Soldado!, ¿dónde está el pez?

— ¡En mi taquilla, mi Teniente!

— ¡Suba rápido a por él!

— ¡A la orden, mi Teniente!

 —“No lo encuentro” “¿.no lo habrán cambiado de sitio para putearme?”— comienza a sudar a mares— estos cab…..—debió de pensar nuestro pescador.

— ¡Ufff..! ¡Menos mal!. Aquí está el "campanu"— con el pedo de ayer, no sabía ni donde lo había dejado. Ha sido acunado entre botellas de noble licor navarro. ¡No me extraña que no quiera salir!— razonaba.

Finalmente lo entrega al Teniente, el cual siguiendo el conducto reglamentario, lo deposita en las manos del Capitán.

Sus últimas palabras tras la recuperación de la pieza:

— Teniente, métale tres días de arresto por lo que ha hecho. Y ya hablaré yo con su Capitán : ¡se merecen todos sus soldados un castigo!

— ¡A la orden, mi Capitán!

¡Tres días!, podía haber sido peor; ya  puestos…”— debió de pensar el compañero.

— ¡Soldado, acompáñeme!— entramos en la oficina.

El Capitán desaparece.

Más tarde nos contó lo que sucedió en la habitación:

— por mi no te arrestaba, Roberto, pero… ¡es Capitán!— se confesaba entre risas el Teniente, mientras me apuntaba en el libro de arrestos. 

— Además ya   sabes, si hay que robar un pez, mejor la Segunda Sección que la Tercera — comentaba guiñándome un ojo, el omnipresente Sargento Arguisjuela.

Se refería a previas y gloriosas experiencias fluviales ya relatadas

Ni que decir tiene que después de la pelea en la cantina, y lo del pez fuimos arrestados toda la Compañía, porque cuando hacemos algo, lo pagamos todos. Nadie se libra porque somos una piña para lo bueno y para lo malo.

Un poco más tarde y tras retornar a la normalidad fuimos convidados a subir corriendo al monte San Cristóbal.

— ¡No hay nada como empezar el día echándolo todo!—  literal y metafóricamente.

                                
FIN




Epilogo

Este texto, uno más, ha aparecido del intercambio de experiencias en el grupo de Facebook por parte de los veteranos que lo integramos. Especialmente Chus, Rober, Rafa, Ricardo…

Son los protagonistas reales de esta aventura y por ello testigos directos de los hechos. La prodigiosa memoria de Chus ha motivado a sus compañeros, haciendo aflorar recuerdos perdidos.

Así otros, hemos podido añadir nuestro granito de arena. Esta vez Rober ha sido el que más datos ha aportado. Fue el autor material en el tejemaneje del pez. Todo fue real. Tan solo he utilizado algunas estratagemas literarias para enlazar.

Seguimos recopilando anécdotas, evitando que desaparezcan de la experiencia individual, para volcarlas en la memoria colectiva.

Para ello necesitamos tu ayuda, veterano esquiador.

Un abrazo muy fuerte a todos los compañeros que compartimos un deber, y hoy en día disfrutamos de aquel privilegio.

¡Pobre de mí! ¡Pobre de mí! ¡Se acaba la fiesta de San Fermín!

En Bilbao a quince de julio de 2014

Fdo: Kepa San Blas, veterano de la Compañía de Esquiadores Escaladores LI de Pamplona.


“Abriendo huella…”





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