8 jul. 2014

La prueba de la BOINA.



"La boina no la tiene cualquiera.
Ni se compra, ni se regala.
Se gana cuando se merece".

Por eso es llevada con orgullo, sabedor de que ha vivido experiencias extremas y diferentes, que marcarán el resto de su vida. Cosas que poca gente habrá tenido la oportunidad de sufrir… y de creer.

Verano de 1987.

Desde nuestra entrada en la Compañía de Esquiadores Escaladores 51, esa era una máxima repetida por Mandos y veteranos. Todos ellos la portaban como señal inequívoca e indiscutible, diferenciadora de los “pistolos ”. Cualquier soldado o Mando de Infantería que como prenda de cabeza llevara una gorra, era indefectiblemente tachado de “pistolo”. Ese apelativo no iba exento de un cierto menosprecio, alentado por nuestros superiores.

La boina, era vestida con chulería e inclinada hacia un lado, en una licencia extrañamente permitida. Sólo las Coes. (Compañías de Operaciones Especiales, por cierto de las que fuimos germen) la compartían.

Nosotros la usamos como única prenda de faena y paseo, convirtiéndose en un importante hecho diferenciador.

La obtención de la gracia de portarla, consistía en la superación de una prueba límite a la que seríamos sometidos cuando fuéramos dignos y capaces de enfrentarnos a ella.

Éramos novatos, conejos en el argot militar y cualquier cosa nos dejaba alucinados, aunque ya habíamos aprendido a tener la boca cerrada, pero los ojos y oídos bien abiertos.

Por ahora usábamos la gorra común en Infantería, con el cuidado de no dejarla olvidada ni descuidada. La aversión hacia ella, hacía que si un veterano la pillara, lo más seguro fuera que no la volvieras a ver o la recuperaras a pedazos. Daba igual el nombre o matrícula que tuviera escrito dentro.

Nuestra preparación física y técnica se había intensificado en las semanas previas y eso era decir mucho en una Unidad donde se vivía tan intensamente.

Tras unas maniobras, que consistieron en ejercicios con helicópteros en Logroño, regresamos al Cuartel, a Aizoaín. Todas las prácticas fueron completadas con el nivel requerido a tropas de tal especialización. Volvíamos a la rutina, si se puede llamar así, al ritmo de vida habitual.



PRIMER CONTACTO.

El lunes por la mañana, comenzó como siempre, aunque después del desayuno, nos ordenaron que vistiéramos el uniforme de combate. El de camuflaje, que estaba hecho en tela con motivos de hojarasca, para mimetizarse en el bosque.
Parece que nos libramos del ejercicio matutino.

—¡Cinco minutos para cambiarse y a formar!—gritaba el Cabo Cuartel—¡venga a la PUTA CARRERA!.



Por anteriores charlas con los veteranos, sabíamos que cuando te pones esa ropa no puedes esperar nada bueno—pues a bregar con lo que venga. Aquí nunca sabes que es lo peor, piensas que lo que has vivido, es lo más fuerte que te puede pasar—. Error de novato.

—Cualquier circunstancia es susceptible de empeorar, siempre se puede estar mucho peor, romanos— como suele advertirnos sin levantar un ápice la voz, el Teniente Gil.

Formamos delante del barracón. Una vez recogidas las novedades de la tropa, el Teniente Ortiz, como eventual Jefe de la Compañía tomó la palabra:

—¡Soldados! ¡Hoy comienza una parte crucial de vuestro adiestramiento!. Lo que empieza ahora será algo que jamás olvidareis, y de eso os garantizo que nos ocuparemos a conciencia!— bramaba.

El Capitán al mando de la Unidad, D. Javier Solabre se encontraba realizando un curso, creo de ascenso a Comandante y estaba ausente en ese momento, debido a ello el Teniente Ortiz era, por antigüedad, el primer esquiador-escalador de nuestra Compañía.

29 de Junio de 1987, lunes.



DÍA UNO, LA CARRERA.

Como siempre fuimos a paso ligero hasta la zona de entrenamiento, donde se ubica la pista americana y varios búnkeres, en el perímetro del cuartel.

Una vez llegada nuestra Sección, la novata es ordenada en una fila. El objetivo es completar un recorrido de unos diez Km. con la totalidad del equipo. Tiempo límite una hora y media aprox. De uno en uno, en solitario. Saliendo el siguiente con varios minutos de diferencia.


Todo es todo. Incluidos mochila “Altus”, la grande, saco de dormir, esterilla, chaquetón, armamento, munición de combate y cantimplora llena. No sabría concretar el peso pero mucho, demasiado para correr.

Aunque se inició temprano, las condiciones climatológicas nos machacaron. Un calor sofocante se cierne sobre nosotros. En la soledad de la carrera, se convirtió en compañero indeseado y mutó una prueba deportiva a priori, en algo diferente. Más acorde con el espíritu castrense, y el gusto de nuestros Superiores.

—¿”Lo qué” es esto?, ¡es un “devoro”!— como diría mi amigo Chusbi, en su dialecto de la Ribera del Arga. Eso sí, con “la boca pequeña”, si le quedara resuello para ello.

Correr con las botas “Kamet” no es plato de buen gusto, y menos con ese clima. La verdad es que no estaban diseñadas para semejante carrera.

Una extrema temperatura se encargó de agotar nuestras reservas físicas, poniéndonos en bandeja para un devenir nada halagüeño.

Al protagonista, en la soledad del corredor, le arriban numerosos pensamientos, y ninguno esperanzador, al menos a partir del kilómetro cinco — ¿por qué narices me habré apuntado?, ¿quién me ha mandado a mí?, si no espabilo así… ¡Y esto debe de ser el principio…!.

El Sargento Herranz marca el límite de la ida. Hay que volver hacia el cuartel.

— Media vuelta, soldado! Has llegado a la mitad. ¡Sigue así, vas en el tiempo adecuado! nos animaba con un cronómetro en sus manos.

La temperatura dentro del casco comienza a ser insoportable. Menos mal que ya tenemos una amplia experiencia en su uso y sabemos fijarlo para que no se mueva, aunque con la transpiración empieza a oscilar.  Llega un momento en el que ya no molesta casi nada, ni las botas, ni la mochila ni el puñetero casco. Un río de sudor irrita los ojos y es secado con la manga. Vano intento, en breves instantes rebrota en el rostro.




Vamos llegando uno a uno. Algunos han doblado al de delante, pero todos entramos en el tiempo. Exhaustos.

— ¡Saca la cantimplora, soldado!— el Sargento Segura la vuelca y el preciado líquido se derrama en el polvo. No tarda en desaparecer, la sedienta y ardiente tierra lo hace evaporarse. Su misión es cerciorarse de que no la has llevado vacía. Ni un gramo de menos. 

En caso contrario, no quiero ni pensarlo...

Cuando acabamos, era la hora de almorzar. Volvimos al Cuartel, ni que decir tiene a paso ligero cantando. Agotados comimos.

A la tarde, se impartió una clase teórica de orientación e interpretación de mapas, con manejo de brújula: latitud, longitud, curvas de nivel…— ¡qué pereza! — Los Sargentos Segura y Callado se encargaron  de ello.

Hubo compañeros que debido al cansancio, estuvieron mentalmente ausentes de la clase, aunque roncaban a nuestra vera. No solían permitir ese tipo de excesos.

Pronto se arrepentirán.

Daba la sensación de que corrían mucho, demasiado en tan poco tiempo…

Acabó la jornada habitual después de cenar, y cansados, nos metimos en la “piltra”.

Terminó el día.

¿O no?....

30 de Junio de 1987, martes.

Vídeo de la carrera



DÍA DOS.

Empieza lo bueno.

Tras una hora en la que caímos vencidos por el sueño, se encienden todas las luces del pabellón. Varios Mandos inmediatos se ponen a gritar desaforadamente, ordenando levantarnos. Otros, subidos a las barras metálicas de las literas, recitan una serie de objetos imprescindibles para portar en este ejercicio que da comienzo. Todo ello, sin parar de repetir— ¡debéis de meter dentro de la mochila los siguientes útiles: saco de dormir, poncho, chaquetón tres cuartos, cantimplora llena…!— vociferaba el Cabo Abdul. A su lado el Cabo Primero Cortés — ¡ARRIBA, RÁPIDO!— “invita” a levantarnos

No contestaban preguntas, sin parar de recitar la letanía de cosas necesarias. Como un bucle sin fin.

Desde sus pedestales encima de las camas seres oscuros, de edad imposible de calcular nos analizan. Desaliñados y umbríos. Debajo de la boina, su tez cetrina con el ceño fruncido impone respeto. Callan y observan. Veo a  Pachu y Jose Angel, astures, gente montaraz.

Su actitud al margen, queda en evidencia al ver en su mirada un brillo de complicidad. Veteranos en un conato de empatía, se mezclan entre nosotros para aconsejarnos y supervisar la impedimenta. — ¡No olvidéis el poncho ni el saco, si no lo tendréis jodido!—casi entre susurros y con su cantarina “fabla”. —¡ni el cacillo de la cantimplora!— con la autoridad que les da la experiencia. 




A más de uno lo ayudaron cuando algo le sobrepasaba. No hay lugar para el bloqueo.

Por norma, se nos inculcó la necesidad de portar varias cosas más, imprescindibles para la supervivencia en medio hostil. Como no tardamos en comprobar…

Casco, armamento, munición, cantimplora, saco de dormir, esterilla y chaquetón dos cuartos. Punto y aparte merecen la navaja multiusos y el machete.

De ello dependerá nuestra vida en agónicas circunstancias.

Para la preparación de las mochilas y revista posterior, nos dieron quince minutos. En todo momento fuimos jaleados e impelidos a formar como siempre:

-“¡A LA PUTA CARRERA!”.

Formamos a la entrada de la Compañía. Empezaron a dividirnos por grupos. Yo estaba con Chusbi, Merino y Errikarta.

El primero de un pequeño pueblo de la Ribera, llamado Miranda de Arga y el segundo de Pamplona capital. Ambos navarros y con la carrera de magisterio acabada, esto es maestros. Involuntariamente reclutados para la Compañía. El tercero creo que era ingeniero agrónomo de Vitoria, montañero, con experiencia en escalada y esquí. Lo pidió como destino. Un servidor sin estudios tras el instituto, y chico para todo en una afamada zapatería de Bilbao. Era futbolista y practicaba judo.

Aunque pienso que nos eligieron desde la UNIN-13 en Aizoaín. Había dos Compañías de Instrucción; la nº4 y la nº5. Nosotros pertenecíamos a esta última. La segunda parecía predestinada.

Y digo eso porque ya siendo reclutas, nos dieron el emblema de la Unidad para coserlo en el brazo. Incluso destacaron a un Sargento, Segura de esquiadores, para que nos fuera forjando.  Al menos así nos lo pareció.

Decidí dar un paso al frente y elegir mi propio destino.

A dedo nombraron responsable de cada escuadra. En el mío a mí. Desconozco el criterio, pero se nos inculcó que éramos los Cabos (aunque no oficialmente nombrados); deberíamos hacernos obedecer y respetar por nuestros compañeros. A ellos se les informó en la misma medida:

—Estos compañeros serán los responsables. Deberéis obedecerles como si hubieran sido nombrados oficialmente Cabos. Cualquier insubordinación o falta será castigada con arreglo al Código Militar, o… al nuestro — informó el Teniente Gil. No se cual será peor. Tenía la facultad de, sin alzar la voz, hacerse escuchar. Provocaba inquietud.

Parecía que la cosa iba en serio.

Entonces nos distribuyeron una brújula y un juego de planos, así como una radio de campaña, de unos doce kilos de peso, por pelotón.

Creo recordar que nos hicieron subir en primer lugar al monte San Cristóbal, y una vez allí, dieron las órdenes. Consistían en un sobre con unas coordenadas geográficas, donde decían que si llegábamos en el tiempo estipulado, podríamos recoger comida, agua y descansar. Comprenderéis que los plazos eran bastante ajustados. Nos advertían constantemente de que si no lo hacíamos, no veríamos los víveres.

Conforme íbamos acercándonos a nuestro destino, empezamos a verlas venir. Las coordenadas nos llevaban a la cima de otro monte Navarro, —¿no podrían mandarnos a un sitio más cómodo? ¿No hay un lugar llano por aquí?.

Pues a subir, que para eso los “pingüinos” somos  primos hermanos de las cabras.

Sabemos que es el inicio de unas jornadas inolvidables para nosotros. Desde luego, todo aquel que ha pasado por una experiencia similar, le marca para toda la vida. De ello dan fe nuestros veteranos y Mandos que la habían sufrido. Sí,  he dicho sufrido.

Reparten unas cajas de cartón marrón, con la inscripción “Ejército Español”. Nos comentan que son nuestras raciones de previsión, así llamadas a las suministradas a los soldados en maniobras y situaciones en las que la manutención de las tropas queda comprometida por las circunstancias. Contienen latas de caballa, atún, sardinas y carne de caballo argentina. A cada uno le toca algo diferente. Bueno, aparte de imprescindibles pliegos de papel higiénico “el elefante”, (famoso por su “suavidad”), del que no te acuerdas hasta que te urge. Un hornillo de emergencia, sopa en sobre, pastillas potabilizadoras del agua… Pone en las instrucciones que contiene las calorías suficientes para un soldado en un día de campaña. Nos comentan que son para hoy y más adelante nos darán otra comida.

Todavía no ha amanecido. Caminamos en silencio, abrumados por la responsabilidad de encontrarnos en semejante situación, y asustados por lo que nos depare el porvenir. No sabemos lo que padeceremos, pero sí su precio: hasta el último aliento.

Miro la brújula y consulto el mapa. Estamos en la dirección adecuada. Mis compañeros me observan e intento intercambiar alguna palabra— vamos bien por aquí. Tendremos que estar pendientes por si encontramos alguna sorpresa.



Me miran como si estuviera loco. Les resulta difícil asumir mi actitud. A sus ojos complaciente o al menos colaboradora con el ejercicio. ¡Y siendo un soldado de reemplazo!.

Me miran raro. No digieren mi elección. Tampoco el motivo, ellos sabrán.

—“Bueno, ya que estamos aquí y tenemos que pasarlo, no nos quedan más narices que echarle “huevos” a la cosa e intentar lidiar con lo que nos echen”. Quizás es una actitud desconocida entre unos reclutas al fin y al cabo todavía semiciviles, pero aquí se aprende rápido. Ya que hay que hacerlo, al menos hacerlo bien.

Esa noche no dormimos.

Por fin la alborada. Los primeros rayos de sol acarician nuestro rostro, aunque tímidamente: las hojas de los árboles bloquean su trayectoria. No acaban de calentar nuestros maltrechos cuerpos. Continuamos hasta el punto de encuentro.

—El enemigo anda cerca. Los helicópteros encargados de los suministros no han podido llegar. Debéis apañaros con lo que os quede en las cajas— comenta el Sgto. Segura.

Nuevas órdenes. Nuevo destino. Esto empieza a mosquearnos. Da la sensación de que aunque lleguemos a la hora establecida existirá una excusa para negarnos el sustento.
Hoy no habrá comida ni reposo hasta la llegada a la zona vespertina de descanso.

Pasamos el día caminando, subiendo y bajando montes de paso obligado hacia nuestro final. Controles en las cimas se encargan de supervisar nuestro paso.

El calor sobre todo al mediodía, era sofocante. Va mermando nuestras exiguas reservas.

— ¿Es este nuestro punto final?— Merino. Los demás pendientes, anhelan respuesta afirmativa.

Una centenaria ermita domina el lugar. Al llegar vemos varios grupos como el nuestro que están recuperando fuerzas o arribando a la zona. Y lo llamo así porque sólo nosotros marcamos la diferencia entre ese sitio y cualquier otro.

Nada. Ni tiendas de campaña ni infraestructura alguna señala ni amuebla el área de vivaqueo. Sólo un minúsculo y vetusto templo vigila el entorno.

Hacen formar y dar novedades. Se nos explica que tendremos descanso y podremos comer lo que tengamos. Una vez rompemos filas, la mayoría de la gente se desploma en el suelo agotada. Sacamos lo poco que nos queda y lo acabamos. No tardamos más que unos minutos en rendirnos al sueño.

Uno de Julio de 1987, miércoles.





DÍA TRES.

No sería capaz de calcular el tiempo que nos permitieron dormir. Ni recuerdo haber llevado reloj, seguro que nos lo quitaron. Igual hubiera imaginado que descansamos más, aunque mi maltrecho cuerpo lo hubiera negado.

Llegamos a perder cualquier noción.

El cansancio hace que relativices muchas cosas.

Un estridente silbato se encarga de expulsarnos de nuestras yacijas. Debemos abandonar la zona urgentemente, con todo el material personal.

— ¡Arriba romanos, el enemigo está cerca y ha localizado el campamento!. En breve estarán aquí y se harán con todo lo que dejéis, incluidos los lentos o perezosos. ¡Os prometo que no os gustará!— urgía el Teniente Gil.

Completamente desorientados empezamos a desperezarnos y preparar la huida.

Fue más o menos una hora de descanso. Insuficiente a todas luces después de las palizas precedentes, que se habían encargado de machacarnos.

Nota del narrador: al cabo de un tiempo, el silbato insistente se había fundido y clavado en nuestro cerebro. Nunca hubiera pensado que un silbo pudiera tener el efecto de un sacacorchos. Algunos como yo, que había jugado a fútbol toda la vida, cuando en un partido volvía a oírlo, mientras el árbitro señalaba una infracción de forma ruidosa, tenía que hacer verdaderos esfuerzos. Debía de controlarme para no coger al tío del silbo y estrangularlo. Creo que se llama reflejo condicionado. Yo lo llamaría — ¡cómo vuelvas a tocar el pito te mato!—.

Somos obligados a abandonar el lugar y nos escondemos en la espesura del bosque.

Anochece. Aquí en el monte la oscuridad es total. Daría lo mismo que fueran las diez de la noche que las tres de la madrugada. Veríamos lo mismo.

Nuevas coordenadas. Somos advertidos de que una Sección de veteranos anda tras nuestros pasos y si nos capturan lo pasaremos mal. ¡Con esa pinta! Hay que verlos. Además tienen carta blanca.

Bueno, pues al loro. Ojos abiertos, oídos alerta y bocas cerradas. Pies ligeros. Parecemos cualquier animal.

Ahora llevar la radio es casi un castigo. Nos relevamos para portarla pero ya estamos cansados física y mentalmente. Al principio nos ofrecíamos para ayudar, ahora esos detalles son casi inexistentes. Debemos imponer rígidos turnos. Avanzamos, procuramos evitar la descubierta y los claros. Huimos de la divisoria. La cuestión: no ponérselo fácil.

Pronto asimilamos que intentar atravesar la floresta en la penumbra, fuera de los caminos establecidos es un suicidio.

Compañeros vencidos por el peso de sus mochilas y el cansancio acumulado ruedan hacia profundas simas vegetales. Cuando tras ayudarles a salir y caer nosotros también, les recuperamos, están llenos de arañazos y sangrantes cortes. Magullados y todo lo cabreado que puede estar un pobre soldado agotado, muerto de sed. Hambriento y que se siente abandonado a su suerte, Dios sabe dónde y porqué.

El pensamiento que me viene a la cabeza es desesperanza. El primer paso, el siguiente — ¡me cagüen todo lo que se menea y ...

Existe una palabra que se llama resiliencia. Su significado tiene mucho en común con el embrutecimiento, al que sometidos, intentábamos superar sacando la cabeza del agujero. Viene a ser como la propiedad de algunos materiales, para responder a los estímulos, de manera efectiva para sus intereses. Por ejemplo, la manera de retorcerse de algunas materias al exponerlas a altas temperaturas. Parecería que intentan escapar del fuego.

En las personas se trata de la facultad de adaptación, contestar a situaciones de extrema dificultad y encararlas de manera si no positiva, al menos de forma constructiva para superarlas.

¿Pero qué es positivo o negativo, en semejantes circunstancias?. Ya lo dije antes, todo se relativiza.

El pobre Merino está como todos, desaliñado y lleno de mugre, pero es el último en tropezar, dolorido e indignado. Es un hombre educado y lógico. No acaba de comprender la movida en la que andamos metidos —¡no hay razón para pasar por esto!. ¿Porqué nos tratan así?.— Chusbi dentro de una calculada resignación intenta hacer piña con cualquiera que proponga un alto.—¡”Lo qué” es esto!. Paremos a descansar...— su acento más que marcado, provoca mi sonrisa. Errikarta no dice ni mu. Prefiere callar para no desperdiciar fuerzas. Aunque empieza a tener la mirada perdida...

Me giro y miro a los tres. Somos un triste grupo. Necesitamos cualquier cosa. Todo nos vendría bien. No hay comida, ni agua. Ahora sólo les puedo ofrecer un pequeño respiro.

Decidimos por unanimidad hacer un alto. Descansar antes de volver a caer en algún profundo agujero, acabar de rompernos la crisma y lo que queda del uniforme. Escogemos cuidadosamente el lugar. Un bosque desde el que se divisa el camino, aunque el que transite por él no nos puede advertir.

Camuflados entre la espesura, invisibles entre la hojarasca, vamos cayendo inexorablemente uno a uno.

Dos de Julio de 1987, jueves.



DÍA CUATRO.

El trino de los pájaros me despierta. La humedad estremece. El olor a sudor impregna nuestras ropas y empezamos a no percibirlo.

Ya es de día. Voy espabilando a los demás. Tras recoger lo poco que llevamos, y echar un vistazo al lugar para asegurarnos que no hemos olvidado nada, reemprendemos el camino.

En un pequeño riachuelo que circula paralelo al sendero hacemos la aguada. Añadimos la pastilla potabilizadora al agua para evitar intoxicaciones. Hasta ahora no hemos tenido problemas digestivos, es más, con semejante dieta ni siquiera hemos cagado. No es cuestión de arriesgarse. Precipitarse y beber, antes de que pase media hora, es temerario. Debe hacer  efecto la química en las cantimploras.

Pasamos la mañana caminando. Por la noche frío y humedad, por la mañana fresco y a mediodía un calor agobiante.

El sol llega a su cenit. Arribamos al lugar de la cita. El Sgto. Segura nos espera:

—llegáis tarde. Los helicópteros no han podido contactar con vosotros y se han vuelto. Os habéis quedado sin comida—cruzamos miradas entre el odio y el desprecio. —Aquí tenéis las nuevas coordenadas. Una cosa más, se me olvidaba, ¡ojito, el enemigo anda muy cerca!—.

Lo tendremos en cuenta. Menos mal que decidimos racionar la comida, al menos algunos a nivel personal. Eso es lo que nos queda. Porque me parece que lo que nos van a dar...

Una vez más emprendemos camino. Cada vez más cansados, más desesperados. Comienzan a aflorar conflictos inexistentes e innecesarios en otras circunstancias:

—podemos ir por aquí— dice Chusbi.

—A mí no me parece bien, es demasiado arriesgado y si nos atrapan...

—Claro, habló el Cabo, “muetico” con eso de que te han nombrado “General” quieres tener razón en todo. — No contesto. Ya se sabe la ley del mínimo esfuerzo.

Sus banales argumentos ni me convencen ni me obligan a rectificar. Considerándome en posesión de la razón pregunto a los demás — ¿qué os parece?,¿atravesamos ese claro o rodeamos la zona?. Así evitaremos si hay alguien, que nos detecte. — Todavía queda un ápice de sentido común en la patrulla. Errikarta y Merino se ponen de mi lado. Tácitamente, sin hablar para no cansarse más y con un gesto afirmativo de la cabeza.

Al final hacemos lo que había pensado en un principio: a nadie le agrada quedar en manos de unos veteranos con las manos libres para quien sabe qué...

Esta vez se han aliado conmigo, pero en la siguiente —me imagino— tendré que pelearlo más.

Tras llegar a un nuevo puesto de control, diferente excusa para la misma consecuencia. Resultado: nada que llevarnos a la boca.

—Descansad el tiempo que podáis— advertía el Sargento Callado.

No sabemos cuanto, pero es una orden incontestable. Rápidamente se hace el silencio en el lugar. No se menean ni los perros. Parece que saben lo que tenemos entre manos y, o están tan cansados como nosotros, o no quieren molestar. Incluso hay compañeros a los que les hemos oído hablar en sueños. ¡Cómo tiene que estar su cuerpo!.

—PPPÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ, PÍÍÍÍÍÍÍÍÍ, PÍÍÍÍÍÍÍÍI

—¡Joder, me cagüen su...!.

—¡Ataque aéreo , el enemigo nos ha descubierto y va a eliminarnos!. ¡Venga a cubierto, no dejéis nada, corred al bosque! — esta vez es el Sgto. Segura el que se encarga de torturarnos.

Una vez repartidos los sobres, vamos de camino hacia una nueva aventura. Caminamos en la penumbra, con la cabeza gacha. El abatimiento es palpable. No hablamos o evitamos hacerlo. El silencio domina el monte. Sólo algunos insectos y el ruido de la impedimenta floja, golpea nuestros oídos.

— ¡Chiiiisss!— susurro a mis compañeros. Mi dedo índice autoritario en los labios, indica que algo no va como debiera. Estamos tan cansados, con los nervios a flor de piel, que cualquier imprevisto nos  puede sacar de nuestras casillas. Extiendo un brazo y con la mano impido que continúen.  Conocedores del riesgo que puede deparar me miran, callan y escuchan. Tras una caminata de una hora aprox. hemos llegado a una  intersección. Un cruce cercano a nuestro destino, un pequeño pueblo marcado en el mapa como algo insignificante. Al fondo del valle, en el caserío se observan luces fugaces. Parecen vehículos. Está muy lejos todavía, pero me ha parecido oír algo anormal

En la noche y a esa distancia es casi imposible distinguir nada, pero debe de ser el hambre que ha agudizado nuestros sentidos. No me atrevo a decir lo que creo que he oído, pero me ha preocupado. Con un gesto Chusbi, situado en la cola de nuestro grupo, indica que alguien transita por el camino que converge con el nuestro. Parecen ir hablando, aunque distendidos, en tono bastante más bajo del normal.

—“Mal rollo”— pienso y señalo la cuneta del camino. Casualidad, en esta zona el bosque está alejado del borde del camino. No nos queda más remedio que tumbarnos en un canal de desagüe, que va paralelo a la vía. Ocultarnos en la oscuridad. Cuerpo a tierra tras unos raídos arbustos. Congelados.

Escondidos vemos como otro pelotón similar al nuestro avanza. Sus medidas de seguridad no han sido suficientes, para hacerlos pasar inadvertidos a nuestra vera. Las nuestras sí.  Esta vez el corcho quemado ha funcionado. Somos uno con la noche.

Cuando nos rebasan y tras un prudencial espacio de tiempo — vamos tras ellos, si somos más tendremos mayores oportunidades— murmura Merino.

—Prefiero esperar un poco. Ya irán ellos delante. Como encuentren algo o ese algo les encuentre a ellos, tendremos tiempo para reaccionar. — Los tres camaradas de fatigas cruzan miradas entre ellos, seguro que piensan que soy un “películas”. —Ya, y si llegan los primeros se quedarán con toda la comida y a nosotros por llegar los últimos no nos dejarán nada, aparte del paquete que nos meterán— expone Merino con su aplastante lógica. Silencio. Miran interrogantes.

Entonces, me veo obligado a comentarles lo que creo que he escuchado antes —cuando os he hecho parar era porque creía haber oído unos tiros, ¿no habéis oído?, — sus caras exigen más explicaciones —creo que en ese pueblo hay demasiado ambiente a esta hora. Además no pienso que pase nada por ir un poquito detrás de ellos, tampoco habrá tanta diferencia.

Por algún motivo incomprensible a una persona normal, no sometida a este nivel de presión, advierto que a diferencia de otras situaciones similares, vamos todos los pelotones por el mismo camino.  Hacia un único destino: el pueblo.

— ¿No os parece extraño que después de ir deambulando cada grupo, por la mitad de Navarra no nos hayamos encontrado, salvo en circunstancias concretas?— los rostros serios albergan una inquietud patente en los soldados. Coinciden sus miradas en mí. Esperan algo más —¿os dais cuenta que quieren tenernos a todos juntos?, ¿para qué?.

Al final, Errikarta asiente con la cabeza —decidido, esperaremos un tiempo aquí hasta que la otra patrulla entre en la población. Y si hay algo, que se coman ellos el “marrón”. — Tras la aclaración parecen más conformes. Hasta ahora, creo que  mis órdenes se cumplen sin rechistar demasiado.

En el  grupo precedente iba de responsable Motilva, un navarro con la carrera, creo que de ingeniería, acabada. Ya entrado en años para hacer el servicio militar. Prórroga tras prorroga al fin ha caído en la recluta. Tampoco ha pedido este destino y parece que no es muy de su gusto.

Les perdemos de vista en la oscuridad y poco después dejamos de oírlos.

Chusbi me mira interrogante, cada vez más seguro de mi error, cuando de repente:

—¡¡PUMM!!.

Un inequívoco y estridente sonido en la noche eriza el vello de nuestra espina dorsal. — ¡Un tiro!— murmura Errikarta. El susto nos hace fundirnos con la tierra en un gesto reflejo, de seguridad engañosa,

Al cabo de un  rato empezamos a oír otro ruido familiar —¡”pato cuatro”, “pato cuatro” indique posición!. Repito “pato cuatro” indique posición!.— la radio canta.

— ¡Joder, es nuestro indicativo!— se le escapa a Merino. Le miro y pienso — ¡habrá que contestar!, digo yo. — Cojo el micrófono y respondo —adelante para “pato cuatro”.

— ¿Su posición, “pato cuatro”?— la voz del Sargento Callado claramente irritada inquiere.

—Estamos en el camino que va hacia el punto de destino, cerca del pueblo— intento ganar tiempo para pensar lo  quieren y qué  podemos hacer.

—¡Y qué hace que no se acerca de una vez!.

—No podemos, mi Sargento.

—¿Cómo que no pueden?¿les ha pasado algo?.

—No, mi Sgto.

—¡Entonces explíquese de una vez!.

—No podemos entrar en el pueblo porque el enemigo lo ha tomado. Si lo hacemos caeremos prisioneros.

La pastilla del micrófono pinchada en un descuido, nos relata parte del diálogo entre los Sgtos. Callado, Segura y el Teniente Gil :

—Estos se han enterado del pastel— dice Callado.

—Algo habrá que hacer...— insinúa Segura.

—Traiga— ordena el superior.

A continuación se escucha la autoritaria voz del Teniente:

— ¡Pato cuatro vengan al pueblo!

— ¡Pero mi Teniente, si vamos nos atraparán!— no sé ni cómo repliqué.

¡Entren inmediatamente en el pueblo!. El ejercicio ha acabado, no se preocupen.

Después de haber gastado mis últimos restos de arrojo en mantener la posición, no nos queda más remedio que enfilar el camino de entrada a  la aldea.

Andamos contentos de librar la emboscada, de esquivar la trampa. Nadie puede dudar de la palabra de un Oficial del Ejército Español y nosotros menos que nadie. Hemos sido listos. Aunque no las tenemos todas con nosotros doblamos la última esquina antes de entrar y...



LA CAPTURA



Vemos grupos de veteranos que, a toda velocidad, salen de entre las casas y se dividen capturándonos. A cada uno del pelotón por separado. Nos prenden sin contemplaciones y agarran de forma que no podamos resistirnos. Intento bracear en una muestra de indignación a duras penas contenida. Mi mirada se cruza con la del Teniente Gil:

—¿Pero….?.

—¡Ya lo saben romanos: EL ENEMIGO NO DESCANSA!.

—¡Me cagüen…!.

—Tira p´alante, o te sacudo— soy obligado a colaborar e ir donde ellos me digan. Van armados y con evidentes ganas de golpearnos. Nos separan y cada uno es aislado.  Con su cara pintada, no soy capaz de reconocer a los cuatro veteranos que se han hecho cargo de mí. Intento identificar alguno al menos, hacerlo responsable en un futuro de los desmanes a los que vamos a ser sometidos. Y de alguna forma, que lo pague…

Nuevo tirón, y esta vez acabo en el suelo. Me vendan los ojos. Ya la indefensión es total. De uno en uno somos arrastrados hasta una especie de cuadra con paredes pero que no  llegan al techo. Los muretes de un metro de altura, permiten a nuestros captores vigilarnos desde otro  nivel, mientras algunos de ellos nos atan de pies y manos en el suelo, Nunca había visto atar a nadie así: se enlazan las manos y dedos a la espalda. Luego las piernas a la altura de los tobillos de donde sale un cabo que se enrolla en el cuello. Cada vez que intento moverme, la cuerda atada al cuello me estrangula —¡Cabrones!.

Me quitan las botas.

—¡Hijos de..!— alguien no puede reprimir su genio y le cuesta un golpe —¡zzass!.

—¡Aayy!

—.¡Cállate!. ¡Cómo te vuelva a oír te meto una…— le ordena uno de los captores .

— ¡Dale hombre , dale que cierre el pico!— le jalea uno de sus compañeros.

—¡¡Estate quieto, cabronazo, para, no te muevas!!!.— uno de los veteranos al menos parece encontrarse en situación comprometida —¡¡quieto ostia! El acento no soy capaz de diferenciarlo, parece gallego o asturiano.

 De repente:

—¡¡Cógelo, cógelo que se escapa!!— alguno de los nuestros debe de haber logrado liberarse al menos.

Se oye un barullo como de algo que huye a través de los matorrales.

—¡¡¡NNOO!!. ¡¡NO LE DISPARES!!!.

—¡¡PUMM!!.— Inconscientemente aún tirado boca abajo en el suelo, encojo mi cabeza pretendiendo esquivar lo que he escuchado.

—¡¡Ostia!, ¿pero qué has hecho?. ¡Llamad a una ambulancia!. ¡Rápido!.

—No creo que le haga falta, además así aprenderán.

Bueno, bueno, bueno…



La verdad era que, en la situación en la que nos encontrábamos, cualquiera podía haber sucumbido al pánico. La actuación que nos habían proporcionado nuestros aprehensores igual había sido excesiva. Es difícil caer en el terror con un argumento semejante. Pero con los ojos inútiles, los oídos bien abiertos y  nervios a flor de piel…

Con los pantalones abajo, literal y metafóricamente, puedes llegar a “comértelo con patatas”. No volvió a oírse otro conato de fuga. Ni protesta alguna.

—Cchhiiissss...— Intento identificar el suave susurro que percibo —cchhiiissss...— Me es familiar aunque no lo reconozco. Un chorro de líquido comienza a mojar nuestros pies.

—¡¡Tomad, tomad. Vamos a mear a estos mierdas, “ye” lo que se merecen por dejarse coger!.

¡No valen para nada!!. — Empiezan a escucharse varios chorros que salpican a todos los que estamos en el suelo. —“¡Joder, hasta el Sargento !”

—”¡No me lo puedo creer, nos están meando estos…!”— ya poco puede sorprenderme de tales salvajes. En sus manos no sé cómo acabará esto. Espero que al Teniente Gil no se le vaya de las manos, además alguno parece “mamado”. Hay que empezar a tomarse en serio a estos “alicates”.

Sentimos un silencio prolongado. Nadie quiere profanarlo. Han debido de acabar, — ¡se habrán quedado a gusto…!— al menos así lo espero...

Aunque no lo parezca, un tiempo sin estímulos audiovisuales provoca un estado de sobre alerta que hace trabajar al cerebro a mil por hora. Cientos de variables y análisis se entrecruzan en, tu hasta hace bien poco, lógica mente. Quizás la espera, y la falta de sonidos sea lo peor: el no saber lo que vendrá y no poder prepararse para ello.

El encanto es roto por la voz del Teniente Gil:

—Romanos, por vuestra incapacidad habéis sido hechos prisioneros. En una situación real estaríais muertos. Varios de vosotros han sido mal atados, con el fin de que se suelten y liberen a los demás. Una vez libres deberéis dirigiros al cuartel. Allí acabarán vuestras penalidades. Eso, si la Sección de Veteranos os lo permite. ¡Ay del que lo vuelvan a coger!. No tendrá segunda oportunidad y se encontrará en sus manos para que hagan con él lo que les apetezca.

Ni una mosca corta el aire —una cosa más, vuestras botas han sido tiradas a un agujero como a un kilómetro de distancia. Se os facilitará el punto. Yo no perdería el tiempo, romanos.

Desaparece de nuestro  lado con su guardia de corps. Cuando pensamos que estamos solos:

—esperad chicos, creo que me puedo soltar.

— ¡Y yo!— comenta otro.

El primero cuando lo logra, ayuda al segundo. Entre ambos desatan a varios que se encargan a su vez de liberar a todos. Quitan las vendas de los ojos.

— ¡Por fin!— suspiran.

—Venga Chusbi, Merino, Errikarta, vamos rápido!— animo a mis camaradas de fatigas y salimos pitando tras otros.

— ¿Tenéis el sitio de las botas?— pregunto.

—Sí, nos ha dicho el Sgto. que estarán en un agujero, cerca de la cuneta como a un kilómetro.

—Ya, pero  con esta luz, así de noche igual “flipamos “para encontrarlas. Además estarán cerca los veteranos. — El silencio vuelve a  aparecer. A ninguno le apetece pasar por lo mismo. Creo que se me ha notado el acojono al nombrarlos.

Cogemos las mochilas y en silencio caminamos descalzos, con más precaución si cabe. Hasta  hace un momento la cabeza iba mirando al suelo. Ahora y debido al miedo en el cuerpo, mira al frente de soslayo, afinando los oídos. No quiere sorpresas.

Llevamos un rato en marcha y no aparece el lugar.

— ¡Encima un cruce!, ¡menuda putada!

—venga chicos, hay que dividirse y encontrarlas como sea. Vosotros por ahí. Chusbi  conmigo.

—¡A la orden!

— ¡No me vaciles, que no estoy para cachondeos…!

Un par de minutos después — ¡Kepa, aquí están!— vocifera por si alguna alimaña se había quedado sin enterarse.

— ¡Chisss, calla!, ¿quieres que nos la líen de nuevo?— esta vez me toma en serio, por iniciativa propia y porque aprecia demasiado su pescuezo. La verdad es que cuando quiere…

La Segunda Sección al completo, comienza a revolver entre el montón de botas. Tres años trabajando en una zapatería, me demuestran que no es posible distinguir el calzado propio en estas circunstancias.

—¡No podemos seguir así, estamos tardando demasiado!— con la luz de la luna no podemos ver los números y eso nos está retrasando en exceso.

—¡Hay que coger cada uno algo que le valga, más o menos! Cuando tengamos tiempo y en lugar seguro se pueden cambiar al que lo necesite.

Por lo menos creo que encontré mi bota derecha. La izquierda no es su pareja, pero me vale. Todos no tuvieron la misma suerte.

Con la precipitación, algunos cogieron la primera que encontraron y salieron zumbando. Debido a ello, y un rato más tarde, podemos apreciar dislates en las tallas como el de Koldo, un compañero de Llodio que jugaba a baloncesto con su altura de casi dos metros. El tamaño de sus pies en consonancia, un cuarenta y mucho, no recuerdo pero era el de mayor talla de zapato.

El hombre confió en que le dejaran sus botas. Pensaba que no le iban a valer a nadie y cuando intentó ponerse las que le quedaban le cambió hasta la cara.

—¿Quién habrá sido el tonto, tonto, tonto que se ha llevado las mías?. Ahora, ¿cómo voy a ir con esto?.

—Tu mismo,  pero ya puedes espabilar si quieres seguir vivito y coleando…

Al final se pone lo que queda y no puedo más que compadecerle al ver las que lleva. Desaparece con su escuadra en la oscuridad, con un andar forzado y acordándose del dueño de sus botas.

Nuestro pelotón va, más o menos, en condiciones. Lo más rápidamente que podemos nos alejamos del grupo con la esperanza de que se olviden de nosotros. Tras un rato de caminar en la oscuridad:

—Con esta luz, no vemos nada. Como esté alguien agazapado en la oscuridad, al borde del camino, nos va a pegar un susto de tres pares de narices— comenta Errikarta. Tiene razón. Ahora todos los gatos son pardos, estamos en desventaja si nos están esperando.

—Podemos descansar— opina Chusbi.

—¿Qué os parece si paramos un poco?. Escondidos y con cuidado.

Todos de acuerdo. Nos salimos de la senda y buscamos un sitio adecuado. En la fronda. Debajo de un roble, en la zona de claro que ocultan los jaros que lo rodean nos quedamos quietos. Desde aquí dominamos una parte importante de la vereda. En un instante,  han caído…

Tres de Julio de 1987, viernes.




DÍA CINCO.

¡Pio, pio, pio, pio….!.

La luz y el trino de los pájaros me espabilan. El que no pasado la noche en el monte, al raso, no puede imaginarse el escándalo que se monta al amanecer. Los animales saludan al sol y agradecen estar vivos un día más. Multitud de cantos y   aves. 

Un olor nauseabundo vuelve a castigar mi nariz —“cuanto daría por un buen baño…bueno, por casi cualquier cosa”.

Veo a los demás tirados de cualquier manera y completamente descuidados.

—“¡Menos mal que no nos han localizado!”— soy consciente de que hasta hace un momento yo también era un cuerpo inerte e indefenso. Y seguramente con la boca abierta como ellos… Por lo menos elegimos bien el sitio.

— ¡Arriba chicos!, ¡venga, vamos!— intento despertar a los otros tres. Van desperezándose— ¡cuánto antes lleguemos antes acabamos!— no me lo creo ni yo.

Lentamente, como corresponde a quien sabe que no va a llevarse nada a la boca, ni para desayunar, ni puede decir hasta cuando, van alzándose.

No se molestan en contestar, ni en iniciar conversación alguna. Tampoco intercambian palabras.

El hambre hace aligerar, la sed crea premura.

La suciedad cría parásitos que nos devoran dentro del uniforme. Nos arrascamos como posesos, todo el cuerpo, hasta manar sangre. Reconocemos, cuando nos empiezan a doler y escocer, heridas que no sabíamos ni que teníamos. Desgarros  por las plantas con sus pinchos y espinas, la noche anterior —“¿o fue la otra?”— ni idea.

Echamos un trago de agua. Compartimos con el que le falta —hay que encontrar un arroyo para llenar las cantimploras. — El líquido engaña los estómagos, aunque inicia el concierto de nuestras tripas.

Por fin nos ponemos en marcha. Consultamos el mapa y la brújula. Estamos cerca de un camino principal. Desembocará en otro que, rodeando todo el perímetro del monte San Cristóbal por su base, nos pondrá en la recta final hacia nuestro cuartel, nuestro hogar.

Oímos un tintineo. Es un regato. Mientras unos se acercan con cuidado, otros  vigilamos los alrededores. Es un lugar de paso casi obligado e ideal para prepararnos un emboscada. No es cuestión de que nos cacen, como a ñúes en el abrevadero.

Aunque estamos exhaustos, todavía queda un ápice de cordura —no bebáis todavía. ¿Le queda a alguien alguna pastilla potabilizadora?— la callada por respuesta me acerca a la realidad.

Entonces cojo un calcetín que llevaba entre mis cosas y lo pongo taponando la entrada de la cantimplora. De este modo la sumerjo en un remanso hasta llenarla. Luego bebo con ansia.

— ¿Todavía te quedaba algún calcetín limpio?— en primer lugar mi sonrisa, y luego la carcajada que la acompaña, producen una sensación de incredulidad. Luego de asco. La respuesta evidente. Al final usan el mismo método para filtrar el agua.

No hay señal del enemigo.

Es mediodía. Una temperatura elevada evapora nuestras últimas fuerzas. Sacude con saña. El astro rey, con su autoridad, hace entornar los ojos.

El agotamiento comienza a hacer mella en nuestra integridad, no sólo en lo físico. La mente está más que tocada.

—Parece que no estamos tan lejos. Calculo que al acabar el día habremos llegado.— Nadie contesta.

No me he dado cuenta, pero a pesar de no responder, llevan su propia conversación:

Chusbi va lamentándose de su desdicha, de la que no cree que escapemos — ¿pero, “lo qué” es esto?¿cuándo saldremos de este “devoro”?¿qué he hecho para merecer esto?¡ay mi pobre madre, mi padre!, ¿”lo qué” estarán haciendo?¡mi casa, mi camita…! —l o hace en voz baja. No tiene fuerzas ni para quejarse, el pobre. Ni para soñar con lo que carecemos.

—¡Es imposible seguir así, no podemos más, estáis destrozados, mirad si estáis sangrando...llenos de ampollas!— Merino dialoga con sus pies—necesitáis lavaros y una cura

— incluso gesticula con las manos para que le entiendan mejor.

Él se llevó la peor parte cuando intentamos atravesar la maraña del bosque y caímos ladera abajo un buen trecho. En la oscuridad de la noche se llevó más de un fuerte golpe en su ajado cuerpo. Los tajos y arañazos, incontables. El uniforme destrozado con numerosos “sietes”, no pasaría ni la revista de un ciego. Parece que se ha recuperado bien, aunque a este ritmo, ¡quién sabe lo que duraremos!.

Yo voy riéndome. En un amago de locura inconsciente. Sonrío y de vez en cuando se me escapa una carcajada.

 Motivado por ello, Errikarta me cree culpable de “su” desgracia”:

—¡Cómo sigas riendo te mato!— me advierte con un hilo de vocecilla —¡cállate, no soporto más tus risas!, ¡silencio, cállate de una vez!, ¡no te rías de mí!.

¡Quién lo hubiera pensado, el más razonable de los cuatro, medio pacifista, (todo lo que le permitía el Ejército desde que portaba sus emblemas) creo que agnóstico, frío y calculador. Incluso vegetariano!. ¡Amenazándome!—“¡pues va a ser casi humano…!”

Cuanto mayor es el enfado de mi compañero, más gracia me hace. Mi descojono es mayúsculo. Lo siento, en otras circunstancias, seguro que por respeto, callaría. Ahora no puedo. No sé porqué, pero me es imposible.

La senda abandona esta categoría y se transforma en un camino ya más practicable. Al perder altura poco a poco, nuestra vista ya alcanza una distancia considerable

Llegamos a una bifurcación —tenemos que coger el de la izquierda— nadie discute ya nada. Como reses al matadero me siguen sin plantearse siquiera dudar de mi cordura.

Desembocamos en una zona conocida. Una vasta planicie de campos cultivados de cereal ya recolectados. A la izquierda la ladera del monte San Cristóbal nos indica que vamos por el buen camino —¡Bien!

Balas de paja apiladas en las tierras de labranza, levantan del suelo enmarcando un bucólico paisaje.

No tan idílico — ¡parece que hay algo tras un montón de pacas!.. ¡Se mueve!,¡Hay varios!— doy la voz de alarma y el grupo calla. Valoramos la situación. Parecen tres soldados.

—Seguro que son veteranos. Nos estaban esperando. — sentencia Merino.

—Nos han visto. Nosotros por nuestro camino. A ver que pasa…— mi comentario provoca una inyección, cuando menos de decisión. Tenemos un fin común y continuaremos juntos hasta el final.

Llegamos a su altura. Un Cabo nos da el alto mientras se desperezan los otros dos.

—¡Alto, quietos!. ¡Ni moveros!. Acabáis de ser capturados. Tenéis que retroceder diez kilómetros hacia atrás. Ahora os indico el punto. ¿Quién lleva el plano?¿quién es el responsable?.— Su decisión nos condena.

Se les nota bien alimentados y descansados. Con su cara pintada creen intimidarnos.

Doy un paso al frente —¿quién eres tú?, ¿quién manda eso?.

—Es una orden del Teniente.

—Lo siento, pero mi grupo y yo no estamos en condiciones de cumplir esa orden. ¡Cómo nos obligues a hacer lo que me dices, seguramente acabaremos con vosotros, de una forma u otra. ¡No podéis hacernos retroceder!. Tú no sabes como vamos. ¡Ni lo intentes!.

El Cabo mira a sus adormilados compañeros y valora la situación. Sus soldados no parecen por la labor. Desde su punto de vista no debemos de parecer unos contrincantes nada despreciables. Con la pinta que llevamos, desaliñados y con la mirada perdida de los dementes.

El que ha estado sujeto a esta manipulación física y mental es posible que haya desplazado sus límites más allá de lo razonable. Seguro que no quiere pelear con unos locos desesperanzados, y  encima sin reglas de juego.

—“Quizá sea tarde para convencerlos”— debió de pensar. Da la vuelta. Coge el micrófono de la emisora y se pone en contacto con los Superiores. Me pasa el micro:

— ¿Quién es?— pregunto.

—Es el Sargento Callado. Quiere hablar contigo.

—Aquí “pato” cuatro, adelante.

—¿Qué es lo que pasa ahí?. ¿No sabe hacer cumplir una orden?.

—Mi Sargento, no estamos en condiciones de retirarnos esa distancia. Estamos agotados y psicológicamente muy mal, pero que muy mal.

—¡Cumplan las órdenes o tendrán que responder por ello!.

—¡Si intento obligar a mi grupo a cumplir esa orden, no me hago responsable de lo que pueda pasarle al pelotón que nos ha mandado, mi Sargento!.¡La van a tomar con ellos!. ¡Mi gente está fatal, se nos ha ido la cabeza hace tiempo!. ¡No sabe cómo vamos…!

Los veteranos a la expectativa, lo mismo que mis compañeros.

Suena de nuevo la emisora:

—¡”Pato cuatro” indíqueme sus circunstancias— esta vez la voz ha cambiado. Es el Teniente Gil.

Comienzo a exponer la situación. Intento que entienda nuestras razones.

—No respondo de lo que pueda pasarle a los soldados del control, mi Teniente. Hace tiempo que se nos fue la cabeza.

 Al final decide:

—Continúen la marcha hacia el cuartel. Ya hablaremos. Póngame con el Cabo.

Le da las órdenes pertinentes y tenemos vía libre. Hemos triunfado en nuestra pequeña batalla. Veremos las represalias…

Comenzamos a ver referencias conocidas en el paisaje. Algún pueblo, torre de iglesia, pabellón industrial…

Cuando vemos los  búnkeres que rodean el cuartel, nos miramos felices.  Llegamos  a la pista americana emocionados, y atravesar el acceso al cuartel es una experiencia casi mística. Inconscientemente nos enderezamos en un hálito de dignidad. Al final cruzamos el patio de armas y llegamos a nuestro pabellón. El cuartelero avisa al Suboficial de Guardia.

Mando formar. Somos un lamentable pelotón:

—¡Firmes, ARR!.— no llevaba ya ni gorra —¡Sin novedad, mi Sargento!— creo que era Callado. Me devuelve el saludo —¡Descanso, ARR!.

Informa de las nuevas órdenes:

—Deberéis estar preparados para revista de bonito en media hora. — Eso incluía ducha, aseo completo. Un correcto afeitado y vestir el uniforme de paseo en condiciones perfectas. Zapatos impolutos y corbata con el nudo correctamente hecho. Así como emblema de Infantería, el conocido como Pepito. ¡Cuántos lo olvidaron otras veces, y fue motivo de denegación del permiso!.

—Se os darán los pases cuando estéis formados y al que lo merezca.

¡Rompan… filas!.

Corremos como alma que lleva el diablo. El ajetreo es total. La alegría y entusiasmo por haber concluido semejante tortura es contagiosa. Estamos felices como niños. Es fácil que nos sobrara tiempo.

Una vez más y a la “puta carrera” formamos en la entrada.

Se mantiene el protocolo habitual. Son transmitidas las novedades de escala en escala, de abajo arriba. El Teniente Ortiz guarda silencio. Nos felicita por haber acabado el periodo de prácticas y deja en manos de sus Subalternos la tarea de repartir los papeles. Se retira al interior.

Van nombrando a uno y recoge el documento, luego a otro, y así sucesivamente…

—¡QUIETOS TODOS!. ¿Qué  pensaban romanos, que esto había acabado?.— es el Teniente Gil condenándonos de nuevo:

—¡EL ENEMIGO NO DESCANSA, ROMANOS!. Tienen cinco minutos para volver a ponerse el uniforme. Vuelven al monte. ¡QUIERO NOVEDADES INMEDIATAMENTE!. ¡ROMPAN… FILAS!.

Los Sargentos y Cabos Primeros nos jalean e incitan a correr. Una inicial estupefacción deja paso a la indignación más profunda. Subimos las escaleras a toda velocidad y abrimos las taquillas a golpes.

—¡Hijos de…! qué manera de torturarnos!, ¡y ahora otra vez de faena!.

No sabemos si reír o llorar, aunque el agotamiento hace que no desperdiciemos ni una pizca de energía en ello.

En el tiempo requerido formamos de nuevo y nos entregan otro sobre con las nuevas órdenes y coordenadas precisas para completar nuestra misión. La única instrucción es que no lo abramos hasta que no salgamos del cuartel y estemos en la pista americana.

Ahora nadie quiere llevar la radio. Pesa demasiado para nuestras exiguas fuerzas. Miro a Chusbi, a Merino y a Errikarta, ninguno está por la labor de portar tamaño regalito —bueno, ya me echaréis una mano cuando la lleve un tiempo.— Al final la cojo yo.

En esta ocasión el trayecto hasta nuestro destino se hace una eternidad. Es más, diría que no queremos llegar. Nos hacemos los remolones. Al entrar en el campo de prácticas vemos a los Sargentos Callado y Segura que nos esperan. Su cometido comprobar que no abrimos las instrucciones antes del momento ordenado.

—¡Venga, abre el sobre de una vez, a ver lo que nos toca!.

Rasgo el papel y encuentro una media cuartilla doblada, como cualquier otra que nos hayan dado antes: 

—“Deberán estar en media hora formados en el lugar habitual para recoger los permisos. Esta vez sí ha finalizado el ejercicio. Enhorabuena por haber superado satisfactoriamente la prueba de la Boina.

Firmado el Teniente Gil. Oficial Jefe de la Segunda Sección de la Cía EE.EE. 51

Leo una y otra vez las palabras, creo que de puño y letra del propio firmante. Me rodean y debo leerla en alto. No puedo, no me salen las palabras. Me la quita Merino y lee para que lo oigan los demás. El pliego pasa de mano en mano, incrédulo y emocionado.

No hay tiempo para más tonterías. Como siempre aquí, en lo bueno y en lo malo a toda  velocidad, retornamos. Y esta vez sí, apuesto a que nos sobró la mitad del plazo.

Una vez formados nos repartieron los pases y anunciaron que nos darían un pequeño ágape en la cantina. Allí los veteranos nos harían entrega de la preciada prenda.

Dicho y hecho, en el Hogar del Soldado habían puesto unas mesas corridas con abundante comida y un caldero en el medio.

El Capitán Solabre presente esta vez para la ocasión nos dirigió unas palabras de enaltecimiento y felicitación. Instó a brindar por la Compañía con el ponche contenido en el gran recipiente. Al parecer su composición era un secreto guardado por el Brigada, de reemplazo en reemplazo. Era el encargado de destilarlo y nos recomendaba que no nos excediéramos puesto que era bastante fuerte. — ¡A nuestra medida!

Tras el discurso nuestros veteranos nos entregaron uno a uno la ansiada boina. Era la primera vez que la vestiríamos , ¡y encima nos la llevábamos de permiso!.

Poco a poco se va acabando la fiesta.

Varios compañeros reunidos por la cercanía de sus domicilios nos juntamos y abandonamos el cuartel.

Cogemos el autobús con destino a casa.

Voy con otros recién nombrados: Koldo, Benja, Salas, Josean, Tajes y Rojo. Ellos también han completado la prueba, aunque en otros pelotones. Han pasado por lo mismo que yo. Pertenecemos a la misma hermandad.

Ya estamos sentados en el autocar.

—Menos mal que esto ha acabado— me confiesa Koldo — no sé cuanto más hubiéramos aguantado.

—Cualquiera sabe…

Nos han soltado en las fiestas de San Fermín, pero no creo que acuda ninguno. Tenemos otras urgencias.

Miro por la ventana y soy feliz. Por salir,  por acabar, por volver a casa.

Cuando giro mi cabeza, todos mis compañeros han caído dormidos, no es para menos. ¡Qué satisfacción!.

Aunque, hasta que no esté muy, muy, pero que muy lejos de aquí, no acabaré de creérmelo, porque algo al menos, he aprendido:

— ¡ROMANOS, EL ENEMIGO NO DESCANSA!
                                                        
                                                               FIN.




EPÍLOGO:

Esta semana se cumple el veintisiete aniversario de mi prueba de la boina. Bueno, la mía y la de toda la Segunda Sección del reemplazo 2º/1987, de la Compañía de Esquiadores Escaladores n º 51 de la División de Navarra.

Hace tiempo intenté escribir algo al respecto, pero varias veces lo desestimé. El motivo era que había sido para mí algo tan vital, tan trascendente que no me consideraba capaz. Podía haberlo hecho, pero su relevancia no me parecía que hubiera sido la justa.

Ahora, y tras hablar con numerosos compañeros que pasaron por lo mismo, he decidido hacerlo. Experiencias compartidas y expuestas entre todos, en el grupo de Facebook, me han obligado a dar el paso. Sobre todo el encontrar a mis veteranos José Ángel y Pachu, mis queridos carapintadas, con los que compartí estas vivencias. Contrastamos nuestra historia, la misma desde dos puntos de vista diferentes.

Siento haberles hecho esperar tanto a la entrada del pueblo…,y gracias por explicarme que las meadas eran refresco de naranja caliente.

Juan Florencio, Chus, Sebastián, Roberto, Antonio, etc. Todos tuvieron algo que decir y añadir, dado que poseemos el mismo bagaje.

Entre nosotros no parábamos de comentar:

—el que no ha vivido algo similar no puede imaginarse lo que era esa prueba.

Fue otra de las razones para intentar  transcribirlo.

He planteado lo que yo viví, junto con mis camaradas. Las sensaciones físicas son comúnmente recreadas en otros desafíos. Pero la programación psicológica a la que fuimos sometidos  es algo excepcional.

 El Sgto. Segura en una ocasión nos comentó:

—Para que la manipulación mental funcione es necesario destrozar físicamente al sujeto.

Tiene razón, el sistemático plan de agotamiento, la falta de alimento y privación de sueño, consiguió ponernos en manos de nuestros Mandos y veteranos para doblegar nuestras mentes.

Incluso esos métodos, son utilizados actualmente, para someter a las más fuertes y equilibradas voluntades. Hoy en día ese tipo de trato quizás entra dentro de otras categorías

Su finalidad era la representación más creíble y fehaciente de la realidad, en caso de una situación de guerra. Prepararnos para la peor de las hipótesis.

Y damos fe que lo lograron.

Fuimos "formateados" y se nos instaló un potente y duradero "sistema operativo". De tal manera que todavía funciona. Su "software", aún rige nuestro comportamiento, una implantación  diría en estos tiempos,  cada vez más vigente. Sus valores son intemporales. La fuerza de voluntad, la resistencia, el empeño, el compañerismo, la amistad, el sacrificio... 

Hablando en el grupo de Facebook, hemos constatado, que todos y cada uno de los que fuimos sometidos a esta prueba, la seguimos manteniendo en nuestro corazón, y lo aprendido en el "disco duro". En caso de necesidad seguimos tirando de aquellas experiencias. Para ejemplo la reverencia por nuestra boina.

Las anécdotas contadas sobre las marchas, los desvaríos mentales y la captura son reales; las viví en su momento.

El largo periodo transcurrido puede haberme hecho errar en algún dato o apreciación, no importa, seguro que lo podemos corregir. También utilicé algunas licencias literarias para poder enlazar la historia.

Este texto es para todos los que lo vivimos, en una época u otra, como “romanos” o como Mandos; recordar al Capitán Solabre, Tenientes Gil y Ortiz, Sgtos. Segura, Callado, Pascual, Lara, Herranz, etc. sin olvidar al Cabo 1º Cortés .Espero no olvidar a nadie, si no que me perdone. Cada uno cumplió su rol con profesionalidad y entereza.



Aunque entonces pensáramos diferente…

Si alguien que lo lea es capaz de hacerse una idea aproximada; de lo que sufrimos los soldados adscritos a nuestra querida Unidad, me doy por satisfecho. Y  si a algún otro le sirve para recordar con nostalgia, que lo disfrute.

Todavía nos sentimos orgullosos de nuestro paso por la Compañía. Creo hablar tal y como pensamos la mayoría.

Por último un cariñoso recuerdo a mis camaradas de pelotón:

—Chusbi, Merino y Errikarta. Donde estéis espero que tengáis noticia de esto, y me lo comentéis personalmente.

Un fuerte abrazo a todos los compañeros veteranos.

En Bilbao a siete de julio de 2014, ¡Viva San Fermín!.

Autor: Kepa San Blas, veterano de la Compañía de Esquiadores Escaladores 51.                                  


"Abriendo huella..."









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