21 oct 2013

24 de Octubre


El día 24 de Octubre de 1964 la entonces Compañía de Esquiadores Escaladores Paracaidistas de la División de Montaña Navarra nº 62 sufrió un trágico accidente mientras realizaban una marcha a Pico de Orhi.

Sorprendidos por una fuerte tormenta de nieve lograron, con gran esfuerzo, refugiarse en Francia. En un intento de regresar a territorio español sufrieron, de nuevo, el viento y la nieve, dispersando a la unidad y produciéndose la trágica muerte de 4 soldados y un gran numero de heridos con graves congelaciones. Servicios de rescate franceses y la población de la zona acudió en su auxilio lo que impidió que la tragedia fuese mayor.

Este suceso quedo marcado en la memoria de los que lo sufrieron, soldados y mandos.

Todos los años un grupo de veteranos, mandos y soldados, protagonistas de la tragedia, junto a familiares, acuden a honrar a los compañeros fallecidos en aquel trágico día.

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Del mismo modo, cada año, durante las maniobras que realizaba la Cia. de Esquiadores, uno de los días era dedicado a honrar a estos compañeros caídos en acto de servicio. La Compañía, al completo, realizaba una marcha hasta el puerto de Larrau para realizar una ofrenda y rezar por los compañeros de otros tiempos.

En 1995 nuestra unidad militar fue disuelta, pero el recuerdo de esta tragedia sigue presente en todos los que servimos en la unidad.

Nunca olvidaremos el primer día que llegamos al cuartel, recibidos por la lapida que recordaba y honraba a los compañeros.


Nunca olvidaremos aquella fotografía,que presidia la entrada al salón de actos de la Compañía.


Nunca serán olvidados



Señor Dios de las montañas,

Señor Dios de los azules cielos,

Señor Dios de las nieves y los hielos.

Protege a los que guardan

la paz de España en solitarias cumbres.

Y acoge en tu seno

a los mandos y soldados de estas tropas

que en el servicio murieron

por cumplir el juramento

que un día, ante Ti

y la Bandera, hicieron.

Señor:

no pudieron querer otra bandera,

no quisieron andar otro camino;

no supieron morir de otra manera.






Desde esta pagina queremos agradecer la labor de ese pequeño grupo de veteranos que año tras año acude a la montaña a honrar a su compañeros. Queremos expresar nuestra admiración  y orgullo de haber servido en su misma unidad.

Algunas de las fotografías son de la colección particular de D. Joaquin Calvo Basaran, publicadas en su perfil de facebook.





16 oct 2013

Cuchillo FNT



Este es el cuchillo de dotación de la Cia. de Esquidores Escaladores de la División de Montaña "Navarra". Fue diseñado a principios de los años 40 y entrado en uso reglamentario a partir de 1945 en las compañías de esquiadores y unidades de montaña. Fue fabricado por la Fabrica Nacional de Toledo.

Con posterioridad, cuando se crearon las primeras Compañías de Operaciones Especiales, estas adoptaron también este cuchillo.


En esta fotografía se puede apreciar la zona superior de la hoja que servia para quitar el hielo y la nieve de los esquís. 


Como todo material de uso militar tenían numero de serie.






12 oct 2013

Día de la Fiesta Nacional

"Soldados esquiadores - escaladores,

 feliz día de la fiesta nacional de España,

 aquella a la que jurasteis defender

 por encima de credos, ideologías y origen.

 Felices aquellos que aún conservan su juramento intacto."




8 oct 2013

SERECO Montejurra II/66


El Ejército en la alta montaña
Gustavo Galarreta Perez
Revista Fuerzas de Defensa y Seguridad, Septiembre de 2013

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La mayoría de las personas cuando vemos caer la nieve pensamos en el frío y las complicaciones que tiene en nuestro día a día si el elemento blanco hace su aparición y buscamos el calor del hogar para aislarnos del frío.

Mientras, una unidad navarra desarrolla su trabajo diario entre las nevadas cumbres, el Regimiento de Cazadores de Montaña “América 66”, con base en Aizoain, dentro del cual se encuentra, diferenciada por su formación y el trabajo que desarrolla, la SERECO (Sección de Reconocimiento). Acompañamos durante varias jornadas en el Pirineo a esa componente, que tiene el más alto nivel técnico y táctico.

El Regimiento América 66, perteneciente a la Jefatura de Tropas de Montaña, se encuentra entre las  unidades mejor preparadas del Ejército. Sin estridencias y alharacas, las Tropas de Montaña han marcado hitos en el ámbito militar y su espíritu austero les ha acompañado en todas las misiones.

Entre los hitos más recientes de esa Jefatura citamos, en enero de 2002, el que fuera la primera agrupación española de la ISAF (International Security Assitance Force) que partía hacia Afganistán, teniendo su base en Kabul. En mayo de 2005 esos montañeros fueron los primeros soldados españoles en abrir las provincias de Badghis y Herat, siendo la punta de lanza formando la QRF (Quick Reaction Force) I, con todo lo que ello conlleva, abriendo el camino de las agrupaciones que posteriormente rotarían hasta nuestros días. Las unidades de montaña, por su especial carácter sobrio y sereno, son poco dadas a homenajes y por eso me gustaría que este reportaje fuera un reconocimiento a ese sordo trabajo...


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1 oct 2013

El Espíritu de las Unidades de Montaña

"Los cazadores de montaña
 cuentan con la ventaja
 de tener que luchar y vencer
 ya en tiempo de paz".


«La pérdida de la esperanza, en vez de la pérdida de la vida, es el factor que realmente decide las guerras, las batallas y hasta los combates más pequeños. Toda la experiencia adquirida de la guerra nos demuestra que cuando el hombre llega al punto donde ve, o siente, que cualquier esfuerzo o sacrificio adicional no hace más que retardar el final, comúnmente pierde la voluntad de continuar y se doblega ante lo inevitable»

Con tal reflexión, el renombrado estudioso de la táctica Basil Liddell Hart, no hacía sino reafirmar lo que ha sido, y continúa siendo, una constante en el desarrollo de los conflictos armados  Sin embargo, a lo largo de la historia, desde individuos aislados hasta unidades enteras, han mantenido la esperanza y con ella la voluntad de continuar luchando y venciendo, en circunstancias que, objetivamente, hubieran debido llevarles a «doblegarse ante lo inevitable». 

¿Qué marca pues la diferencia? ¿Por qué cuando unos consideran llegado el límite, otros, en la misma situación, continúan batiéndose inasequibles al desaliento? La razón se encuentra hoy, como siempre, en el triunfo de la voluntad y su reflejo, la moral, como elemento trascendental y condicionante de la capacidad de combate.


Son varios los factores en los que, de acuerdo con nuestra Doctrina, se basa la moral. Junto a la legitimidad de la acción, el bienestar de la unidad y la comprensión de la finalidad de las acciones a emprender (aspectos independientes del carácter de las propias operaciones y del tipo de Unidad que se considere) adquieren especial valor la confianza en el mando, la confianza en sí mismo, la experiencia adquirida en situaciones en las que las fatigas, los riesgos y las penalidades sean similares a las del combate y, por último, la cohesión de la unidad.

Pero:
  • ¿Cómo practicar aquellas virtudes que raramente han de manifestarse sino en los momentos intensos y decisivos del combate?
  • ¿Cómo experimentar el sentimiento de enfrentarse a situaciones imprevistas y voluntades encontradas  que escapan a nuestro control sorprendiéndonos siempre y, pese a todo, ser capaces de vencerlas?
  • ¿Cómo reproducir los riesgos, las fa­tigas y las penalidades del combate?
Y en cuanto a los cuadros de mando ¿Cómo saber cuál será su manera de actuar cuando de las decisiones adoptadas, aún de las más simples, dependa no ya el cumplimiento de una misión, sino simple y llanamente la integridad y la vida de sus subordinados y la suya propia?

Sofisticados sistemas de simulación pueden reproducir hasta en sus más nimios detalles distintas situaciones del combate. Inofensivos y seguros materiales permiten llegar, incluso, a experimentar el enfrentamiento directo. Todo ello, es cierto, inculca  desarrolla y practica, técnicas y procedimientos  destrezas y aptitudes en suma, pero no dan respuesta a los interrogantes planteados.


¿Cómo alcanzar entonces ese grado de instrucción realista que preconiza nuestra Doctrina como elemento esencial de la moral?

Dos elementos fundamentales marcan la diferencia entre la instrucción y el combate:

En primer lugar, la presencia, en ocasiones sutil, en otras directa y descarnada, pero siempre permanente, del riesgo que lo preside todo.

En segundo lugar y como consecuencia de la amenaza sentida, el sentimiento de temor, innato y propio de la naturaleza humana, simple mecanismo y reflejo de nuestro instinto de supervivencia y que ha de ser vencido.

Ambos elementos se hallan presentes en la actividad desarrollada en el ámbito de la alta montaña. Presencia permanente del riesgo como combinación de terreno y de ambiente, ambos multiplicadores de amenazas procedentes de la naturaleza, siempre incontrolada y frecuentemente imprevisible y, como consecuencia, auténtico sentimiento de temor, que exige un compromiso moral directo para ser vencido.

Pero, además, otros muchos elementos aproximan a los mandos y tropas de montaña a la realidad misma del combate.

La dependencia de las propias capacidades, de la propia técnica y, al mismo tiempo, la dependencia de los demás. La necesidad imperiosa del compañero, de su apoyo, de su protección  de su simple presencia, a veces simplemente intuida al extremo de una cuerda, siempre tensa pero nunca tirante.


Las limitaciones de la tecnología, aún de las más avanzadas, que hacen que, frecuentemente  sea en última instancia el hombre, sin más herramienta que su propia voluntad, el que deba superar los obstáculos. El valor del equipo bien conservado, garantía de la propia supervivencia. La capacidad de distinguir entre lo esencial y lo superfluo, porque, es bien sabido, lo superfluo pesa y ocupa espacio. La tiranía del detalle, la trascendencia de lo más simple.

El aislamiento y la soledad del mando, sin que los sofisticados medios de enlace permitan asegurar que se dispondrá en todo momento de comunicaciones a distancia, incrementando la responsabilidad de los que han de adoptar decisiones, frecuentemente en los niveles más elementales  sin contar con la proximidad y las instrucciones claras del mando superior.

La importancia de la disciplina  la profunda, la que se asume individualmente y la que se busca colectivamente, basada en el convencimiento y en la competencia demostrada del Jefe. 

Los ojos del soldado vueltos hacia su mando, clavados en su espalda, siguiendo y pi­sando, literalmente, sus mismas huellas.

El prestigio ganado en medio de la tormenta y sonriendo cara al vacío, a base de técnica pero sobre todo de serenidad y temple.

La responsabilidad impues­ta.

La sanción enorme, incluso definitiva, con la que la propia montaña castiga el menor descuido.

El compromiso asumido con cada decisión, conscientes de su trascendencia para la propia vida de sus subordinados.

La mejor recompensa en las vidas que se salvaron, mejor si ni siquiera llegaron a saber que estuvieron en peligro.


Y junto a todos estos elementos, la convicción primero y la certeza después, de que donde hay una voluntad, hay un camino; de que la dificultad  como el enemigo, puede vencerse. La satisfacción de sentir la vida en la punta de los dedos  El sabor de la victoria y la certeza de que no son cumbres lo que se conquistan, sino las propias limitaciones y los propios miedos. El compromiso individual y la empresa colectiva.

Curiosa e insondable la naturaleza humana y sus pasiones. Tal vez es, simplemente, que la montaña constituye la excusa para volver a encontrarse con nuestra propia esencia, que da lo mejor de sí mismo frente a la dificultad. Por ello, el «a dónde», termina cediendo su puesto a los «por dónde, cómo y cuándo»: Por el itinerario más difícil; con el menor número de apoyos  en las condiciones más duras.

Este conjunto de sentimientos, de actitudes, configuran el espíritu de las Unidades de Montaña, calladas y poco dadas al elogio y la autocomplaciente  con una humildad no siempre bien comprendida, fruto quizá de la conciencia clara, por la grandiosidad del medio en el que desarrollan su actividad, de sus propias limitaciones.

Sensaciones similares, vivencias parecidas a las expuestas, pueden encontrarse en los relatos y en las experiencias transmitidas por aquellos que han entrado en combate, en cualquier tipo de escenario, sea o no, montañoso. Es cierto y, por eso, las cualidades que adornan al combatiente en montaña, no son sino la expresión genuina de las virtudes tradicionales del soldado español. Simplemente, los cazadores de montaña cuentan con la ventaja de tener que luchar y vencer ya en tiempo de paz. Por ello, más allá de sus capacidades operativas, de su evidente eficacia en el espacio de batalla moderno, frente a ese enemigo que buscará el escenario complejo en el que la superioridad tecnológica ceda su lugar al combatiente individual, y de la aplicación que sus técnicas específicas y su manera de actuar tienen en el ámbito urbano, el espíritu de las Unidades de Montaña, considerado como su principio generador  su esencia misma, les confiere, hoy y mañana  una especial capacidad de combate.


Hoy más que nunca, el componente moral de la capacidad de combate tiene una importancia capital. En las operaciones actuales y en las que se proyectan en el futuro, los tradicionales intereses vitales de las naciones, población, territorio, soberanía e independencia, no están en juego o, al menos, esta es la percepción de la opinión pública.

La defensa de otros intereses esenciales no se lleva a cabo sobre el territorio nacional sino que implica actuar en escenarios alejados de las propias fronteras. Por otra parte, el elevado grado de desarrollo económico y la auténtica revolución tecnológica de los últimos años, han producido cambios importantes en los valores sociales. En este sentido, ha ido ganando terreno en las sociedades occidentales una percepción materialista, en la que priman la búsqueda del bienestar individual y la consecución del éxito personal con el mínimo esfuerzo necesario, lo que provoca, en definitiva, una menor aceptación de los sacrificios de cualquier índole.

La voluntad nacional, materializada en el apoyo de la opinión pública, es hoy más que nunca el centro de gravedad estratégico de los países de nuestro entorno  Pero, no hay que engañarse, las Fuerzas Armadas, reflejo de virtudes y defectos de la sociedad  también pueden contagiarse de esta percepción  por lo que la voluntad de combate, la moral de las unidades, es hoy una vulnerabilidad crítica a todos los niveles.


Conscientes de esta realidad, el verdadero reto que tiene planteado el sistema moderno de enseñanza militar de formación, es el de proporcionar a quienes han de engrosar las filas del Ejército, particularmente a los futuros cuadros de mando, no solo los conocimientos, las destrezas y aptitudes necesarios para el desempeño de sus cometidos sino, además y fundamentalmente, el conjunto de actitudes que les conviertan en algo más que simples técnicos del combate, adquiriendo la cualidad de combatiente en toda la amplitud y grandeza del término.

Pues bien, estas actitudes no son sino el reflejo de una serie de valores y creencias que, en su conjunto, constituyen eso que llamamos moral y que, más que inculcados, deben ser redescubiertos en el alma misma del futuro soldado, cuánto más en los que han de ejercer el mando. Las virtudes no se aprenden, simplemente, se practican.

En este sentido, la montaña se presenta como un excelente campo de instrucción, facilitando la preparación física y moral para el combate. Implica el esfuerzo personal incrementando la resistencia  el endurecimiento y la capacidad de vivir sobre el propio terreno. Impone un compromiso moral y el desarrollo de la capacidad de decisión. Refuerza el espíritu de equipo, forjado en situaciones difíciles y es, en definitiva, una excelente escuela de mando.

En línea con este esfuerzo y como un elemento más de formación, los planes de estudios de los cuadros de mando en nuestras Academias Generales siguen concediendo una importancia específica a las actividades realizadas en montaña, explotando sus similitudes con el combate. No es un criterio trasnochado ni particular. Varios son los países de nuestro entorno que explotan las enseñanzas que proporciona la montaña, no solo para formar a sus alumnos, sino que las hacen extensivas al conjunto de las unidades de combate que de forma periódica realizan etapas de instrucción y adiestramiento en este medio.

El camino está marcado. 
Solo falta seguirlo con alegría, con decisión, con fe en el triunfo.
 Con espíritu montañero.



Ángel Atarés Ayuso. Teniente Coronel. Infantería. DEM.


25 sept 2013

La Unidad Indígena de Montaña

Reproducción de un valioso documento histórico publicado originalmente en la revista Ejercito en 2011.


La Unidad Indígena de Montaña del Protectorado Español en Marruecos (1927-31).

Breve semblanza de una pequeña y desconocida unidad, pionera de las unidades de Montaña en el Rif y del uso de esquíes y de raquetas en el Ejército español.

La región del Rif Central del protectorado español de Marruecos y concretamente la zona de Ketama y Beni Urriagel presenta un relieve muy quebrado, con profundas barrancas  y cimas que sobrepasan altitudes de 2.000 metros, cuyas sendas discurren salvando altos collados y donde en las estaciones más frías se producen importantes nevadas y heladas  Debido a dicha orografía y estando próxima a la frontera con el Protectorado francés, era dificultoso realizar tareas de vigilancia y policía en dicha área.

Después de la guerra y una vez ocupada la zona, se empieza a reestructurar la administración del Protectorado en el Rif Central, dependiente de la Intervención Militar de Villa San­jurjo (Alhucemas). Entre los años 1927 y 1928, estas intervenciones sufren distintas reorganizaciones dentro de las reformas de la administración del Protectorado español, para intentar encauzar una política colonial un tanto dispar y desorganizada, que siguió así hasta su independencia en 1956.



Dichas intervenciones tenían amplias funciones tanto administrativas, políticas, económicas como policiales y militares  gestionadas por los interventores militares que eran las máximas autoridades en sus jurisdicciones  Las iniciativas relativas a la vigilancia y conocimiento de las distintas cabilas marroquíes por medio principalmente de la Policía o Mehaznía Armada, creada en 1925 por la Inspección General de Intervención y tropas jalifianas dentro del Mazjén (administración jal ifiana del Protectorado), eran gestionadas por los interventores militares en sus circunscripciones.

En estas circunstancias, es en una pequeña extensión de terreno de la zona de Ketama, con altitudes que oscilan entre los 1.200 y los 2.453 metros donde nace la Sección Indígena de Montaña. Por orden del General en Jefe del Ejército en África en el verano de 1927, se nombra al comandante de Estado Mayor Ma­nuel Estad y al capitán de interventores militares Emilio Blanco Izaga, para estudiar la organización y equipamiento de una sección de 30 indígenas como máximo provistos de esquíes y raquetas de nieve. En octubre de 1927 se le encomienda a este capitán la organización de dicha unidad «a título de ensayo», nombrándole inspector de su funcionamiento.

Por orden de 19 de diciembre de 1927, se designa al teniente de Infantería Carlos Blond Mesa para marchar al sector del Rif a organizar dicha sección; este oficial, que obtuvo en 1925 el título de Profesor de Gimnasia en la Escuela Central de Toledo, era un experto montañero.



Ese mismo mes el capitán Blanco Izaga se presenta en la Comandancia General en Meli­Ila con el fin de pertrechar la unidad, paralelamente  se anuncia el concurso para proveer de material a la sección, y semanas después viaja en comisión de servicio a la Península para adquirir los equipos necesarios. El 28 de diciembre de 1927, se crea oficialmente la Unidad Indígena de Montaña para servicios de nieve «con el fin de aliviar a las tropas estacionadas en la alta montaña de cuantos servicios sanitarios  de convoyes y de enlace sea posible en los crudos días del invierno, y en la medida y alcance que a dicha unidad sea posible exigir».

El mando de la unidad queda a cargo de un oficial español, el Teniente Blond, junto a otro Caíd (Oficial indígena) con su ordenanza  un soldado europeo y dos acemileros indígenas  a su vez la unidad estaba constituida por dos equipos, integrado cada uno por trece soldados, mandados por un jefe de equipo, y tres patrullas de cuatro individuos cada una: un maunin, un enlace, un sanitario y un zapador. Su zona de actuación es la circunscripción del Rif y a efectos administrativos, están agregados al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla Nº 2. Todo el personal percibe iguales devengos que los de Regulares, a los que el Ca­íd suma una gratificación mensual de 60 pese­tas, y una peseta diaria a cada uno de las demás clases e individuos de tropa. En el poblado de Targuist, entre diciembre de 1927 y marzo de 1928, se organiza, encuadra e instruye al personal indígena.

Ese mismo mes de marzo, pasa con éxito la primera revista oficial del general Dalla; posteriormente se traslada a la aldea de Imasinen donde queda establecidos el campamento y la plana mayor. En abril se trasladan al cercano poblado de Azila para preparar los alojamientos invernales de la sección y para su instrucción en nieve; en verano se desplazan a Villa Sanjurjo donde les pasa revista el Alto Comisario de España en Marruecos.



En el invierno de 1928-1929, actúan en los duros temporales, recogiendo en su refugio y base de Imasinen a numerosas personas, lo que motiva que el Inspector de las Intervenciones felicite a la unidad. Se perfilan sus actuaciones: aunque se trata de una unidad combatiente de Infantería, instruida en la misión que la orden de organización le señala, presta servicios de correo, estafeta en las montañas del Rif Central  reparación de líneas telefónicas, mantenimiento de pistas, guías, seguridad, etc. Igualmente, y a propuesta del teniente, se construyen varios refugios de montaña, así como caminos y sendas.

En junio de 1929 se reorganiza la unidad y la «Sección Indígena de Montaña (para servicios en nieve) se convierte en compañía». De los 178 integrantes de la compañía hay dos oficiales europeos (un Capitán y un Teniente) y tres Caídes con cuatro ordenanzas, diez suboficiales y soldados europeos, en su mayor parte carpinteros, escribientes, pagadores y practicantes; nueve mokademin y 28 maunin junto a 108 áscaris o soldados marroquíes. Completan la plantilla once acemileros con sus correspondientes mulas de carga y ocho caballos para los oficiales y suboficiales. El grupo de mando está formado por catorce individuos: los dos oficiales españoles junto a la gran parte de la tropa europea con cinco caballos, los ordenanzas dos acemileros con sus mulas y un maunin. El resto del personal se distribuye en tres secciones, cada una con tres equipos, a su vez de tres patrullas.

En julio de 1929 son destinados a la compañía el capitán de Infantería Carlos Letamendía Maure, quien releva al teniente Blond, y el teniente de Infantería Epifanio Loperena de An­drés; el Capitán, queda dedicado a reclutar, organizar e instruir la citada compañía. 

En noviembre de 1929 se compran en la Península los equipos necesarios para la compañía. El siguiente año, el capitán de Infantería Antera Goñi Rivero se hace cargo de la compañía el 21 de agosto. Su hermano, el teniente de Infantería Luis Goñi Rivero, es destinado a la compañía en mayo de 1931.


En la prensa de la época, encontramos reportajes fotográficos y periodísticos, uno de ellos en la revista Estampa, cuyo texto no es de gran ayuda para rellenar el hueco documental que existe sobre la unidad, pero incorpora unas fotografías de miembros rifeños de la compañía y del teniente Loperena. En otro reportaje realizado para la revista África se habla sobre la unidad:

«La Compañía Indígena de Montaña tiene un débil encuadramiento europeo: un suboficial  un sargento, tres cabos escribientes, uno practicante, dos soldados albañiles y otros dos carpinteros. El resto de la tropa, tres caídes, nueve sargentos, 25 cabos, y 125 soldados proceden de la recluta directa y voluntaria entre las cabilas del Rif alto, y sirven un periodo de tiempo de tres años. El mando de la unidad recae en un capitán de nuestro Ejército, quien tiene a sus órdenes un segundo, de la categoría de teniente, y que es a la vez ayudante y pagador [ ... ]

El equipo es muy ligero; lo forma el correaje  la cantimplora y la "skeres". El material que se emplea para la nieve es el esquí, las raquetas,  las grapas y las cuerdas Toledano y como deporte el trineo. Cada escuadra está dotada de un piolet. La instrucción y el ejercicio de estas fuerzas son intensos [ ... ] El armamento es el reglamentario: mosquetón Máuser, machete y dos fusiles Hotchkiss ligeros por sección. Las clases indígenas llevan pistola y "gumie". Y sobre todo ha construido en ellas refugios que emergen salvadores cuando la sábana blanca todo lo iguala. El refugio es una construcción sencilla, de mampostería y cubierta de cinc. En su interior hay una chimenea de leña, con combustible ... He aquí la importancia de estas fuerzas en la singular guerra de montaña. La aptitud extraordinaria del marroquí para esa guerra ... ».


A pesar de esta difusión y la admiración mostrada por parte de la prensa, la unidad no dura mucho tiempo. Con la llegada de la Segunda República, se realizan amplias reformas y reorganizaciones en el Ejército español en Marruecos como la disolución de unidades, una de ellas la Compañía Indígena de Montaña. Concretamente, el 18 de septiembre de 1931, se disuelve la unidad «quedando su personal agregado por partes iguales y hasta su amortización, a los Grupos de Regulares de Melilfa y Alhucemas, y entregándose el material a las Intervenciones Militares, las cuales se encargarán, para lo sucesivo, de sustituirlas en el servicio que venía prestando». Todavía en 1935, podemos comprobar en las plantillas de ambos grupos de Regulares el personal procedente de dicha compañía que quedó agregado a dichas unidades.

Más de una década después, ya en los años 40 del siglo XX, en el Regimiento de Regulares Llano Amarillo Nº 2, se forma una compañía de esquiadores compuesta por marroquíes englobados en dicha unidad.

Respecto a los uniformes que usaron en esta sección, en 1928 encontramos una breve pero muy interesante descripción donde indican que visten uniforme de paño de lana verde, con vivos y franja en los pantalones color verde claro. Otra referencia al uniforme la encontramos en 1929, en el mencionado diario África  cuando al hablar de esta compañía cita: «El vestuario de estas tropas recuerda al de los soldados regulares indígenas [ ... ] En invierno, turbante de franela, jersey gris, medias sin pie y calcetines de lana, y bota noruega. La gala consiste en un pantalón y una guerrera corta de paño verde oscuro. La prenda de abrigo la constituye una chilaba de paño también. En los temporales se abrigan con otra chilaba perfectamente  impermeabilizada. Usa, además, la tropa guantes de lana, manoplas y gafas de talco ... ».

Igualmente destaca que el personal español, en el uniforme de servicio y maniobras lleva un rombo, posiblemente verde, cosido en el jersey, así como las divisas de su empleo. Aunque algún autor ha identificado erróneamente los distintivos con los de las mehalIas jalifia­nas, realmente son los correspondientes a las intervenciones militares cuyo diseño se publicó en abril de 1926. Esta misma insignia, metálica, puede verse en los cuellos del uniforme de gala o en las diversas prendas de cabeza bien bajo corona, bien sin ella.

Por la carencia de material documental, es difícil aventurar cuáles fueron los motivos que llevaron a la disolución de esta unidad, pionera en el Rif las unidades de Montaña y en el uso de esquíes y de raquetas en el Ejército español. Pero de la breve historia de la sección y de la compañía conocemos varias de sus actividades y actuaciones, que en ocasiones fueron merecedoras de felicitaciones del mando para la propia unidad o para su oficial. 

Experimentaron técnicas de montaña y esquí, cuando no existían aún este tipo de unidades en el Ejército peninsular. Se probaron materiales de esquí y montaña, así como prendas y equipos para este clima y ambiente. Algunos de los refugios construidos han sobrevivido, al menos hasta hace unos años. En cualquier caso, la experiencia extraída por estos oficiales pioneros en las montañas del Rif, fue transmitida a los cuadros de mando que, a partir de 1944 se formaron en los cursos de montaña impartidos en la recién creada Escuela Militar de Montaña.

Francisco Javier Hernández Navarro. Licenciado en Historia
Antonio Prieto Barrio. Capitán. Ingenieros.