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| Vista Parque Natural de Urkiola, desde subida Mugarra (964m) |
Era el camino al primer
encuentro. Truje compartía anécdotas mientras yo conducía. Nos habíamos
conocido minutos antes, cuando le había recogido en su pueblo, Durango, junto
al Parque Natural de Urkiola; aunque
manteníamos contacto casi desde que se inauguró el grupo en Facebook de
Veteranos.
Comentamos numerosas andanzas,
pero hubo una que se quedó grabada en mi mente.
Era breve, pero resumía las
características inherentes a todo esquiador que hubiera tenido el honor de
portar la boina con el emblema de la unidad: el anhelado «cangrejo».
Esa cuasi sagrada prenda, que
lucíamos con orgullo.
—«Si una de las motivaciones que
empujó a alistarme en la Compañía fue el
gusto por la Naturaleza, la montaña y los espacios abiertos, cuando me
licencié, y debido en parte a las experiencias en la «mili», esa querencia se
mantuvo, y me atrevería a decir que se acrecentó̱»—comentaba Truje.
—«Cuando tenía algo de tiempo libre, acudía a la llamada de los
bosques, que todos los días, y desde la ventana de mi dormitorio, oía cada amanecer.
—«A veces iba con mi familia, pero en otras ocasiones,
salía con mi amigo Constan. Constan había sido Regular, y su paso por la
exigente unidad (recordemos la más laureada del Ejército Español) le daba un
plus de comprensión en cuanto a mis vivencias. Nos conocíamos desde niños, y
éramos buenos amigos».
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Cartel prohibiendo escalada entre Enero y Agosto, por nidificación de aves
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El privilegio que supone vivir
junto a un entorno natural como el P. Natural de Urkiola, hacía que sin grandes
desplazamientos, pudiéramos acceder
a un importante número de montañas y
singulares parajes naturales. Una de las que más nos gusta
subir es el Mugarra.
No tiene grandes dificultades, posee paredes por las que
transitan numerosas vías de escalada.
Para
acrecentar el valor natural que atesora, y debido a lo escarpado de alguna de
sus paredes, los buitres lo aprovechan para anidar.
Se trata de un ascenso cómodo y
vistoso, por eso repetimos muchas veces.
Tras una hora de camino aprox.,
llegamos a la cima. Una vez allí, abrimos las mochilas y cogemos la ropa de
abrigo. También algunos frutos secos y chocolatinas para recuperarnos del
esfuerzo
Llámame raro o nostálgico, pero
algo que nunca falta en mi mochila es la boina de esquiadores, con su
inseparable «cangrejo».
Me la puse, como mandan los
cánones establecidos en décadas de reemplazos: un poco «torcida» en un amago de
cierta, chulería.
Estábamos sentados, comiendo,
cuando llegó otra pareja de jóvenes. Su indumentaria, corte de pelo, y demás complementos,
bramaban pertenencia a la tribu: el Clan de los intolerantes.
El que acostumbra a subir montes,
y el Mugarra es un buen ejemplo de ello, sabe que el espacio en la cima es muy
reducido. Eso provocó que las dos parejas de montañeros estuviéramos una junto
a la otra.
Los recién llegados, cuchicheaban
entre sí en voz baja, en euskera. En un momento dado, se dirige a mí:
—« ¡QUÍTATE ESO DE LA CABEZA!
»—vociferó el personaje. Llevo desde que nací en Euskadi, y desgraciadamente,
semejantes personajes abundaban en la época oscura.
Aparenté no oírle y seguí
comiendo.
—« ¡QUÍTATE ESO DE LA CABEZA, O
TE LO QUITARÉ YO A LA FUERZA!».
Mi compañero, conociendo la
importancia de la prenda para mí, intentó interceder con la amenazante figura:
—«Por mucho que le grites, no lo
va a hacer. No tienes ni idea lo que ha tenido que sufrir para tenerla»—le
contestó.
Lejos de amilanarse, y con la
osadía del ignorante, el individuo exigió:
—« ¡QUÍTATE ESO DE UNA PUTA VEZ!»
Truje levantó la mirada y la fijó
en el imprudente sujeto; sin un atisbo de duda o miedo. Los nudillos blancos.
Juan le avisó:
—«Si quieres puedes intentar
quitársela tú mismo. Eso sí, te advierto que para cogerla tendrás que matarlo,
no tienes ni puta idea de lo que significa para él».
Quizás, en un error de cálculo,
sus cartas no le permitían seguir la jugada, y antes de hacer algo de lo que
pudiera arrepentirse largo tiempo, tuvo un momento de lucidez.
Quizás pudo comprobar que su
amigo no le aguantaba el «farol» y percibía claros indicios de perder semejante
apuesta.
Dicho esto, el imprudente apartó
la mirada de Truje.
Los dos «presuntos montañeros»
recogieron sus cosas e iniciaron el descenso, no sin, cuando ya estaban a
distancia prudencial, girarse y lanzar una de esas miradas de cobardes «perdona
vidas».
Mi amigo y yo nos miramos y
rompimos a carcajadas.
—«Creo que se han dado cuenta de
lo que les esperaba si se atrevían a hacer algo».
Cualquiera que haya vivido en el
País Vasco sabe del ambiente enrarecido, presionante y amenazador impuesto por
una minoría de violentos. Hoy en día, gracias a Dios, esto ha cambiado en gran
medida, aunque todavía sufrimos algunas reminiscencias de ese tipo de
actitudes.
En este caso, semejantes
personajes, quizás hubieran acabado de una forma menos satisfactoria, y más
justa.
Como dice el refrán chino:
—«Nunca bailes delante del Dragón
porque pienses que está dormido».
Un afectuoso saludo
Autor: Kepa San Blas, veterano de
la Cía. EE.EE LI/51 «Abriendo huella…»